Opinión

La corrección del tipo real de cambio también queda para el próximo gobierno

En mi anterior columna mostré cómo el nivel del tipo de cambio real (TCR) en el primer trimestre de este año, pese a la devaluación de nuestra moneda, no había cambiado respecto a la región. Es decir, estaba tan atrasado como lo estuvo en los últimos tiempos. 

Banco Central del Uruguay. Foto: El País
Banco Central del Uruguay. Foto: El País

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​También mostré que la situación incomparablemente mejor (básicamente porque los precios de exportación, tanto los nuestros, como los de la región, son hoy el doble que en aquel entonces) y que ello, nos conduce a un momento donde las dificultades no deberían ser grandes. Sin embargo, todo indica que lo problemas sí son importantes. En un par de semanas se conocerá el dato del PIB del primer trimestre; su resultado, pese a la buena zafra de soja, todo indica que será malo. La recesión está instalada. El empleo continuó cayendo, la demanda laboral que releva alguna consultora especializada está en niveles que podríamos llamar “insignificantes”, el ingreso de los hogares cae en el orden de 3% real, la producción industrial también se contrae fuerte y la recaudación de impuestos, al final el mejor resumen de la actividad, también muestra una significativa reducción real. Lo único extraño sería que el PIB no mostrara caída.

Techo
Desde el primer día hábil de mayo, cuando el BCU hizo su primera intervención en el mercado de cambios, ha perdido unos 700 millones de dólares de reservas, y con la operación de canje anunciada entregó unos US$ 450 millones adicionales. No está mal que intervenga para evitar las oscilaciones bruscas cuando dispone de reservas, en la medida que esas intervenciones sean para ello, y no se termine meramente dilatando lo inevitable. El nuestro es un mercado muy chico en volumen diario de transacciones y, por tanto, con pocos millones la variación del tipo de cambio puede resultar grande, lo que introduce mucho ruido en la información que los precios trasmiten a los agentes. Cierto es que hay otra forma de intervención y lo es vía la tasa de interés en moneda local, pero si se entiende que hay reservas excedentes, no veo inconvenientes en vender parte de ellas.

Ahora bien, siendo cierto lo anterior, lo que no parece acertado es haberle puesto un techo a la cotización de la moneda, como todo indica que lo hay. Apenas transcurre un mes de intervención y, si bien ha sido fuerte, personalmente no tengo claro hasta dónde está dispuesto a ir el BCU; por el momento, parece no “sentirse cómodo” con una cotización del dólar superior a los $ 35 y algo, lo que, por ahora luce como techo, al menos hasta que se vea el efecto sobre los precios al consumo. Es posible que ese límite cambie con el correr del año.

Al respecto, la suba de los precios al consumo en su medida de núcleo ha sido superior al año pasado, especial durante marzo y abril resultó un punto porcentual mayor al mismo bimestre de 2018. Por tanto, seguramente habrá que esperar un tiempo para saber cómo se comportará el gobierno.

¿También se esperará?
Esta segunda administración del Dr. Vázquez, desde que asumió, apostó a que las cosas mejoraran de afuera y, con ello, que la ola nos condujera a buen puerto. Nada muy distinto a lo que se hizo en las dos anteriores administraciones, únicamente que en ellas se partía de una mejor perspectiva global que en 2015. A su vez, en la primera administración Vázquez, el gasto público era no menos de 7% del PIB inferior al actual, el sistema tributario no castigaba los frutos del trabajo como ahora, no existía la hiper regulación de toda nuestra vida, ni obligaciones sin sentido que nos ponen costos a diarios; el país tenía capacidad ociosa (espacio para crecer sin dificultad), no había desequilibrio fiscal y la inflación era baja con una economía que no tenía indexación en sus variables nominales claves, excepción hecha de la constitucional de pasividades que, con bajas inflaciones, tampoco genera mayores inconvenientes. Luego vino el período donde los precios de nuestros productos de exportación tocaron, en valores reales, máximos históricos desde la época de la colonia y, por sobre todo, comenzaba la época de recibir los frutos de las reformas estructurales realizadas. Es decir, si bien era claro que la situación no era la ideal desde el punto de una perspectiva de la vida cotidiana “corriente”, bajo la mirada intertemporal de país, era de las mejores que se puede aspirar. Alguien había hecho el trabajo y pagado los costos, despejando el camino y, el entorno mundial jugaba a favor como nunca.

Con la corrección del tipo real de cambio, el camino elegido fue el mismo: esperar que “de afuera mejoren las cosas”, lo que se traduce en que los precios de nuestros productos aumenten de nuevo a un récord. Eso, como era el escenario más probable, no ocurrió, y entonces, el desequilibrio acumulado, progresivamente comenzó a sentirse hasta llegar a la situación actual donde, pese a la suba, su efecto en la economía real no será importante. Los economistas saben que la solución real a este problema y, desde ya la que menos costos le impone a la economía, si es que lo hay, es la mejora del balance fiscal.

Otros desequilibrios, como el aumento del gasto público y la presión fiscal, quizás compatible con los precios de las materias primas de 2011-2012, los costos ocultos que a diario se incorporaron vía obligaciones sin sentido, hicieron su trabajo y la economía se estancó a partir de 2014. La formación bruta de capital, público más privado, quitando la construcción, apenas es de 5,5% del PIB; son mínimos históricos al menos desde 1997. Con este volumen de inversión, las posibilidades de crecimiento están seriamente dañadas porque no se cubre ni cercanamente la amortización de capital.

Esta tarea también quedará para quien asuma el 1º de marzo del año que viene.

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