OPINIÓN

Conviviendo en un mundo fracturado

La inestabilidad política azuzada por temas económicos se ha convertido en la constante del 2018. 

Foto: Pixabay
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Desde Italia, llegando a países emergentes relevantes como Argentina y Brasil, se dibuja un arco de acontecimientos diversos que tienen como tronco común las fisuras en su macroeconomía, que lesionan su crecimiento y que luego se traducen en descontento.

Y ampliando los horizontes, los eventos electorales en Colombia y el próximo en México muestran la disputa de propuestas polarizadas, que no son otra cosa que síntomas de visiones diferentes de los problemas y su modo de resolverlos.

Una década atrás, se pregonaba sobre economías emergentes habían entrado en una era nueva (new normal) que las convertirían en uno de los motores del crecimiento del siglo XXI. Se acuñó el famoso termino Brics, homónimo referido a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. De aquello solo quedaron incólumes los dos gigantes asiáticos, en tanto el resto volvió a su pasado.

Italia, la tercera economía de la Unión Europea, una vez más inmersa en su espiral de crisis políticas, con el aditivo que la disputa es entre el populismo y las propuestas tradicionales del buen gobierno. Y en ese entorno, rondan otros populismos de menor cuantía en Turquía, Polonia y Hungría, que presuponen inestabilidad y falta de tracción para recuperar el crecimiento.

La pregunta es qué ha pasado, y de sus respuestas depende hacia dónde vamos.

Una mirada larga de las últimas dos décadas muestra dos acontecimientos notables. La irrupción de China como potencia exportadora, su collar de efectos en los mercados de materias primas y su rol de financista de los déficit fiscales de países como Estados Unidos.

Su altísimo ahorro apalancado por alto crecimiento fue el pulmón que oxigenó al resto del mundo, posibilitando la permanencia de una década gloriosa de crecimiento, cargada de complacencia. Luego, la gran crisis del mundo desarrollado detonada en 2008, prohijada por lo anterior y errores propios y que puso en jaque al sistema financiero mundial, expuso fracturas en el proyecto de la Unión Europea y, de coletazo, anidó movimientos políticos anti sistema.

Con ese marco global, nuestra comarca aledaña se creyó que estábamos desacoplados de esa realidad, creciendo por mérito de un nuevo paradigma mezcla de populismo cargado de buenas intenciones y también corrupción extrema.

Así, se diseñó un modo de crecimiento apalancado en el súper ciclo de las materias primas, financiamiento externo abundante, y déficit fiscales elevados para ejecutar políticas sociales. Su modalidad las convirtió en clientelismo, su permanencia dependiente del financiamiento y su efectividad escasa, pues no estuvieron dirigidas a resolver la base del problema.

Esa realidad es tierra fecunda para lo que vino después. Una restricción leve del financiamiento externo, una moderada y esperada suba de las tasas de referencia de la Fed, y el aumento del precio del petróleo, aplican un escenario menos benévolo que desencadenó devaluaciones considerables en las monedas de nuestros vecinos. Precisamente es aquí donde como región nos encontramos, reconociendo desde el vamos que el daño fue auto infligido por la displicencia fiscal.

La historia enseña que los déficit fiscales prolongados en las economías emergentes siempre terminan en situaciones de crisis, cuya resolución tiene costos sociales enormes.

Suponer que un déficit fiscal tiene los mismos efectos en Estados Unidos que en un país emergente es un error garrafal, por el simple hecho de que el primero tiene el recurso inagotable de financiarlo con su moneda, y dispone por tanto del privilegio de hacerle pagar al resto del mundo su displicencia, devaluando su moneda.

En esto, es obvio que tenemos un problema. Puede entenderse que el ciudadano medio tenga una mirada nebulosa sobre los perjuicios de un déficit fiscal abultado y el impacto sobre su situación personal. En definitiva, su percepción de los hechos y sus aspiraciones pasan en cómo cualquier decisión al respecto le afecta su bolsillo.

Distinto es cuando se trata de los responsables de diseñar o acompañar las políticas de gobierno, que no pueden confundirse en los conceptos, o claudicar por demagogia.

Sobre este escenario estará navegando nuestro país en los próximos tiempos. Por un lado la región transitando un ajuste fiscal impostergable que enlentecerá su crecimiento en el corto plazo y generará volatilidad cambiaria. Eso viene acompañado de tensiones políticas que potencian la inestabilidad y promueven medidas contradictorias para salir del paso, pero que dilatan la consecución de los resultados finales necesarios.

En nuestro lado, con la casa más en orden para capear una realidad externa compleja, más experimentados en el manejo de volatilidades externas, pero sin márgenes para cometer errores. Esto implica que el cierre fiscal decreciente es la prioridad básica, como ancla de la credibilidad que tanto ha costado consolidar. En un periodo donde lo pre electoral ya juega, no es tarea fácil; pero es ineludible.

Estamos ante una transición mundial con impacto regional, que esperemos que se resuelva bien y rápido. Pero que también tiene muchas interrogantes abiertas.

Por consiguiente, es prudente la cautela sobre el devenir, y actuar en consecuencia sobre las proyecciones macroeconómicas. Siempre es más fácil y menos nocivo corregir supuestos conservadores, que recular de apuro por causa del falso optimismo.

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