Opinión

Conspiración de los sojeros

El gobierno de Trump parece dirigirse a una guerra en tres frentes. Hasta donde sabemos, está enfrentándose simultáneamente a China, la Unión Europea y los socios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Los efectos económicos colaterales serán desagradables.

Trump y su esposa junto a autoridades chinas para limar asperezas. Foto: AFP
Trump y su esposa junto a autoridades chinas para limar asperezas. Foto: AFP

No obstante, quizá eso no sea todo lo que suceda: también es probable que haya efectos políticos colaterales desagradables, no solo en el extranjero sino también en EE.UU. De hecho, predigo que a medida que las desventajas de la política comercial de línea dura se hagan visibles, seremos testigos de una búsqueda despreciable de un chivo expiatorio por parte del presidente Donald Trump y sus secuaces y, en efecto, esa búsqueda ya comenzó.

Para entender lo que viene, es necesario comprender dos cuestiones fundamentales.

Primera, el gobierno no tiene idea de qué está haciendo. Sus nociones sobre el comercio no parecen haber evolucionado en absoluto de las expresadas en un documento técnico que hizo circular Wilbur Ross, ahora secretario de comercio, y Peter Navarro, ahora el zar del comercio, en 2016. Ese documento técnico fue ejemplo de total ignorancia, e hizo que los expertos en comercio auténticos se golpearan la cabeza contra sus escritorios.

Segundo, este gobierno está infestado —uso esa palabra tras considerarlo bien— de teóricos conspiratorios. De hecho, parece que literalmente toma la creencia en teorías conspiratorias absurdas como uno de sus requisitos laborales. Tal vez recuerden el caso de una funcionaria del Departamento de Salud y Servicios Humanos a la que suspendieron provisionalmente después de que se dio a conocer que había trabajado para una página de Internet de teorías conspiratorias. Resulta que ella lo mencionó en su currículo cuando solicitó el empleo gubernamental. No la contrataron a pesar de su conexión con la política paranoica, sino que ese fue el motivo de su contratación.

Entonces, ¿qué ocurrirá cuando se encuentren la ignorancia y la teorización conspiratoria?

En relación con ese retroceso comercial: Trump hizo esa declaración conocida por todos de que "las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar". Dejando de lado la cuestión de la magnanimidad: ya está siendo evidente que la parte "fácil de ganar" es ilusoria. Los demás países no cederán de inmediato a las exigencias de EE.UU., en parte porque esas exigencias son incoherentes: Trump le está exigiendo a Europa que ponga fin a los "horribles" aranceles que en realidad no impone, mientras que los chinos ni siquiera pueden descifrar qué quiere el gobierno de Trump; los funcionarios llaman a EE.UU. "caprichoso".

Aunado a eso, está la enorme cantidad de mala voluntad que Trump ha generado en todo el mundo, y la idea de que EE.UU. va a obtener concesiones importantes en el futuro próximo es profundamente inverosímil. Resulta difícil imaginarse cómo se va a evitar una serie de represalias de ajuste de cuentas que acabarán haciendo que nos dirijamos hacia una guerra comercial a gran escala.

Aunque algunas industrias que compiten por importaciones podrían beneficiarse de esa guerra comercial, habría muchos perdedores de EE.UU.

En primer lugar, se supone que muchos empleos estadounidenses —más de diez millones, según el Departamento de Comercio— dependen de las exportaciones. El sector agrícola, en específico, está centrado en estas, ya que envía al extranjero más del 20% de lo que produce . Una guerra comercial eliminaría muchos de tales empleos; crearía nuevos en las industrias que compiten por las importaciones, pero no serían los mismos empleos para la misma gente, así que habría una gran afectación.

Además, el daño no se limitaría a las industrias de exportación: más de la mitad de las importaciones estadounidenses, y un 95% de los productos chinos a los que están a punto de aplicarse los aranceles de Trump, son insumos intermedios o bienes de capital; es decir, cosas que los productores estadounidenses usan para aumentar su eficiencia. Así que la próxima guerra comercial elevará los costos y dañará las expectativas de muchos negocios, incluso si no son exportadores.

¿Cómo reaccionará este gobierno propenso a las conspiraciones cuando las víctimas nacionales de su política comercial comiencen a quejarse? Ya podemos tener una idea bastante clara. A la fecha, solo hemos tenido algunas refriegas comerciales menores, pero que han provocado una caída en el precio de la soja que exportamos a China, mientras que el precio del acero está por los cielos. Además, los agricultores y los negocios que usan acero no están contentos.

Entonces, ¿acaso el gobierno dijo: "estamos tomado una postura fuerte y habrá algunos costos"? No, de ninguna manera. Más bien, Ross declaró que los cambios de precios eran obra de especuladores "antisociales" que querían "aumentar los precios artificialmente" y exhortó a que se haga una investigación. No estamos ante los efectos predecibles de una política gubernamental, sino ante una conspiración en contra de Trump.

Por cierto, no es normal ver este tipo de acusaciones provenientes de un funcionario gubernamental. Doy seguimiento a estas cosas y nunca había visto algo así.

Recuerden, la soja y el acero son solo un ejemplo de algunas de las afectaciones que vendrán. ¿Cómo reaccionará la administración a las repercusiones negativas cuando la guerra comercial empiece de verdad? ¿Admitirá que calculó mal los efectos de sus políticas? Claro que no.

En cambio, lo que predigo, es que comenzará a ver villanos por todas partes. No atribuirá las desventajas del conflicto comercial a sus propias acciones, sino a George Soros y el "Estado profundo". La cuestión es que las políticas de la guerra comercial probablemente acaben viéndose como la estrategia política de Trump en general: una búsqueda de gente inocente a la cual satanizar.

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