OPINIÓN

Es tiempo de compromiso a nivel fiscal

Cada vez que se realiza una emisión internacional de deuda pública surgen, al mismo tiempo, dos sentimientos encontrados. 

Foto: Wikimedia
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Por un lado, el sentimiento de tono negativo que implica comprobar una vez más que se necesita acudir permanentemente a los mercados en búsqueda de financiamiento para un abultado déficit fiscal.

Por otro lado, el sentimiento de tono positivo que surge de verificar lo bien que se gestiona nuestra deuda por la Unidad respectiva del MEF, lo que a esta altura es una tradición que han construido los tres directores que hasta ahora la han encabezado.

Eso sucedió, recientemente, en las últimas tres emisiones realizadas: las dos del año pasado en junio y septiembre y la del mes pasado. Las primeras, en pesos uruguayos a 5 y 10 años, por US$ 1.000 y 900 millones respectivamente y la última en dólares a 2055, por 1500 millones, cifras redondeadas y netas de canjes por otras deudas.

Aquellos sentimientos opuestos son ambos justificados y no se invalidan entre sí, es más, el primero potencia al segundo en la medida en que el éxito en la gestión de la deuda se enaltece cuando se tiene en cuenta la precaria situación fiscal.

Las cifras disponibles muestran que el cierre del año pasado la deuda pública total ascendía a US$ 38.721 millones (65,4% del PIB) y que la deuda neta (restando de la cifra anterior los activos externos sin los encajes y los activos con residentes) alcanzaba a US$ 25.134 millones (42,5% del PIB). La deuda está muy bien perfilada, no hay vencimientos apremiantes y está emitida a tasas fijas, por lo que los aumentos en curso en las tasas de interés no arrastrarán consigo a los pagos de intereses, salvo por las nuevas emisiones que se realicen en sustitución de vencimientos. Además, la deuda está altamente "pesificada" y de este modo, ante una eventual depreciación del peso (como la que ha vuelto a ponerse sobre la mesa tras las turbulencias argentinas) los ratios de deuda a producto no se verán significativamente afectados, como sí ocurrió en el pasado cuando la deuda estaba casi totalmente denominada en monedas extranjeras.

A finales del año pasado, el 58% de la deuda bruta y el 90% de la neta estaban "pesificados". Esta forma de protegerse ante una eventual depreciación real del peso uruguayo puede asimilarse a la adquisición de un seguro (o la constitución de un fondo) anti devaluación. Un seguro que ya nos pagó en 2014-2015, cuando el dólar subió considerablemente en nuestro país. Y como lo hará de nuevo si los problemas en Argentina se mantienen y nos terminan impactando. Al contrario, en tiempos de calma, sucede lo contrario y se paga el seguro o se integra el fondo.

Algunas estimaciones que he realizado, ajustando numerador y denominador del cociente entre deuda neta y PIB, en función de valores del tipo de cambio que lo pongan en línea con promedios históricos, me indican que ese cociente apenas subiría un par de puntos porcentuales en caso de que el dólar volviera a aquellos promedios. Se trata de una situación bien diferente a la previa a la crisis de 2002, cuando este fue uno de sus aspectos devastadores.

Pero si todo eso nos deja tranquilos, sentimos lo opuesto cuando comprobamos que, en los últimos cuatro años, la relación entre la deuda y el PIB se disparó, pasando del 32,3% del PIB al cierre de 2013, a 42,5% del PIB al final del año pasado. Diez puntos del producto en apenas cuatro años. A esto me refería con la precariedad de la situación fiscal. Esa trayectoria es insostenible y debería ser estabilizada inmediatamente, para lo cual el déficit fiscal no debería superar más el 2,5% del PIB. En cambio, tenemos un déficit que, si se tienen en cuenta algunos detalles, está casi en 4% del producto. Esos detalles son la creciente deuda flotante de la Tesorería, la disminución de los stocks de crudo de Ancap, el efecto "Semana Santa" (los gastos, las transferencias y las inversiones bajaron entre 20% y 40% nominal entre marzos) y el sub costo de generación de electricidad.

¿Qué duda puede haber de que el origen de la deuda es fiscal? Si sumamos los déficit fiscales de 2005 a 2017 (13 años), tenemos US$ 12.748 millones. En ese mismo lapso, la deuda neta subió en US$ 14.420 millones. La diferencia entre ambas cifras se explica por cambios en las paridades, financiamiento inflacionario, efecto de canjes de deudas, entre otros. Pero el 88% del aumento de la deuda tiene origen fiscal. Y podía haber sido menor, si se hubiera mantenido la conducta en los últimos años: en cada uno de los últimos cuatro años, hubo un exceso de déficit de más de un punto porcentual del producto.

Se sabe que el MEF tiene una meta de déficit para 2019 de 2,5% del PIB, que luce inalcanzable. La economía (y la recaudación) no crecerá a una tasa mayor a la del gasto endógeno y una razonable proyección pasiva sólo puede apuntar a un mayor déficit. Encima, está por delante la Rendición y ya hemos visto cómo está la correlación de fuerzas en el Frente Amplio. Cuando comprueben que no se cumplirá con la promesa electoral del 6% para la enseñanza pública, muchos no lo aceptarán alegremente. Y ni hablar de lo que puede pasar con la recaudación si la relación bilateral de precios con Argentina se llega a dar vuelta…

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