Cambio climático pone en jaque al gobierno conservador

El clima parece cambiar la política de Australia

Ha sido un año de extremos para este país. El verano más caliente de su historia. Lluvias torrenciales en el norte. Una sequía devastadora en el cinturón agrícola del sureste.

Foto: El País
Foto: El País

Ahora, con las elecciones nacionales programadas para el 18 de mayo, se avecina una pregunta crucial: ¿hasta qué grado influirá el cambio climático en el voto de los australianos? La respuesta podría brindar lecciones importantes para otras democracias en la era del cambio climático.

Australia sufre de una vulnerabilidad aguda ante el cambio climático, y también es uno de los culpables. El continente se ha calentado más rápido que el promedio mundial; ondas de calor marinas han devastado su adorada Gran Barrera de Coral; y el calor y la sequía de este año perjudicaron la economía del país, de acuerdo con un alto funcionario del banco central del país. Al mismo tiempo, la extracción del combustible fósil más sucio es fundamental para su prosperidad: Australia es el mayor exportador de carbón para la generación de energía en el mundo.

Ante ese panorama, la coalición conservadora en el poder, encabezada por el Partido Liberal, está bajo presión en distritos clave mientras candidatos independientes atacan a miembros consolidados del Parlamento como Tony Abbott, un exlíder del Partido Liberal y ex primer ministro, por sus posturas sobre el clima.

Para comprender el significado de todo esto, hacía falta una visita a la región sureste de Australia, el área más poblada del país, para hablar sobre el cambio climático con los votantes, tanto urbanos como rurales.

En los distritos rurales, los votantes que suelen poner a legisladores conservadores en el Parlamento están hablando sin tapujos sobre los efectos del cambio climático… en algunos casos, incluso han salido a la calle a protestar. Además, encuesta tras encuesta, el cambio climático ha trepado la escalera de preocupaciones del electorado.

El viaje comenzó en Melbourne, continuó en Sídney y después al oeste, a la tierra del ganado Angus y los borregos Merino, en el campo vasto y seco de Nuevo Gales del Sur. En estas colinas onduladas y campos desnudos, generaciones de agricultores han criado ganado, sembrado trigo y canola, y elegido legisladores conservadores para el Parlamento. En su mayor parte, solían menospreciar el cambio climático pues lo consideraban un tema de la ciudad o solo “una tontería”, recordó Peter Holding, de 64 años, un granjero de tercera generación que vive cerca de un caserío llamado Harden.

Eso está cambiando. Estos días, la tierra está tan seca que un chaparrón escaso y ocasional apenas humedece el suelo. Los precios del pienso se han disparado por los cielos. Las presas se han secado. Los granjeros han reducido sus ganados.

En un pueblo rural llamado Wagga Wagga, donde una conversación sobre el cambio climático habría sido impactante hace no mucho tiempo, en marzo más de 200 personas se reunieron para protestar por el fenómeno en un mitin que ayudó a organizar Holding, quien es miembro activo de una agrupación llamada Farmers for Climate Action (Granjeros por una Acción Climática). “No votes por los combustibles fósiles”, se leía en una pancarta hecha a mano. “La negación no es una política”, se leía en otra.

“Hace diez años nunca habría habido un mitin así, pero es muy evidente que las cosas están cambiando”, aseguró Holding. “No creo que volvamos a la normalidad”.

Toda la situación tiene preocupado a Guy Milson, un ranchero de 68 años que mencionó haber “cambiado de opinión” sobre el cambio climático. La evidencia se ha vuelto imposible de ignorar. La sequía ha quemado su tierra. Ha tenido que reducir sus rebaños de reses y borregos de manera drástica. Este verano abrasador, el calor ha rostizado incluso los viejos y resistentes árboles de eucalipto.

“Nunca habíamos puesto tanto carbono en la atmósfera”, señaló Milson. “No puede ser normal”.
No obstante, toda su vida, ha sido leal al Partido Liberal de centroderecha. Considera que el ministro de energía en funciones, Angus Taylor, un amigo suyo, podría ser un futuro primer ministro. Además, le preocupa que el temor por el cambio climático castigue a su partido en las encuestas, en especial en los curules pendulares del país. También le inquieta que se abandone el carbón, justo ahora. Es demasiado importante para la economía de Australia. Milson asegura que los países con grandes índices de contaminación como China deberían actuar primero.

La huella de carbono promedio en Australia es un poco menor que la estadounidense. Las emisiones totales del país han aumentado a sus niveles más altos, y no se perfila para cumplir con la promesa del Acuerdo de París, según monitores independientes. Además, un informe cáustico que publicó hace poco tiempo un grupo activista de investigación llamado Climate Council mencionó que la “falta de acciones relacionadas con el cambio climático es el fracaso de liderazgo definitorio de la última década”.

El ministro de energía, Taylor, defendió la “estrategia equilibrada” de la coalición gobernante para reducir las emisiones de forma gradual en los años por venir, mientras se promueven la energía hidráulica y las inversiones en energía solar y eólica. “La mayoría de las personas quiere ver acciones”, aseguró. “Quieren que ocurran a un ritmo sensato y sin un costo sustancial para ellas”.

El Partido Laborista, la oposición oficial en el Parlamento, propone una reducción más veloz de las emisiones y un objetivo del 50% de energías renovables para 2030. Sin embargo, se ha mantenido alejado de la idea de un impuesto al carbono, una medida que otro gobierno laborista implementó hace diez años; ese gobierno laborista fue derrotado por un líder del Partido Liberal que en su campaña prometió una “reducción a la contribución”.

Ese político del Partido Liberal, Tony Abbott, quien alguna vez sugirió que Australia debía abandonar el Acuerdo de Paris, pero desde entonces ha cambiado su postura, ahora enfrenta uno de los desafíos más grandes de su carrera.

De regreso de la región de los ranchos, valió la pena detenerse en su distrito ubicado en los suburbios al norte de Sídney. Ni Abbott ni sus asistentes respondieron las solicitudes de entrevista.

Sin embargo, una de sus rivales más importantes, una abogada de nombre Zali Steggall, quien es la única medallista olímpica de Australia en esquí alpino, explicó con entusiasmo por qué había decidido buscar un cargo político en un esfuerzo para derrocarlo. “Tony Abbott ha sido un freno de mano inmenso para nuestras políticas sobre el clima”, mencionó.

Steggall, una candidata independiente que contiende por primera vez, habló durante una cálida noche de miércoles en el North Curl Curl Surf Club. Se sentó ante un salón lleno de votantes, detrás de ella la vista del Pacífico Sur era de fotografía. Los surfistas entraban y salían de las olas. El público, en su mayoría votantes blancos de mediana edad, preguntaron sobre el salario mínimo (Steggall mencionó que no estaba segura de que un aumento fuera realista), la inmigración (Steggall coincidió con la coalición en el poder en cuanto a que se debería permitir la entrada a menos inmigrantes) y cómo reducir el precio de la electricidad (“Necesitamos un retiro ordenado del carbón”, expresó).

Steggall dijo que estaba a favor de elevar un impuesto de lujo para los vehículos eléctricos y prometió promover las energías renovables, pero solo de manera gradual. Aludió brevemente a una ansiedad que escuché en repetidas ocasiones entre los votantes australianos: “No se trata de tomar acciones drásticas que cambien su sustento ni su estilo de vida”, aseguró a su público.

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