OPINIÓN

China 2012-2020: una mirada de Beijing a Nueva York

A principios de 2012, un abogado argentino que apenas conocía me preguntó lo siguiente: “¿querés ir a trabajar a China? Pensalo y hablamos”. Casi me atraganto

Foto: Reuters
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A mis 24 años, apenas graduado de abogado y trabajando feliz en un estudio de primera línea, nunca me había planteado semejante idea. Nunca había estado en Asia, nunca había trabajado para un cliente chino, quizás nunca había interactuado con un chino en mi vida y lejos estaba de conocer su idioma y cultura. Hice entonces lo que corresponde ante lo desconocido: estudiar. Resultó que China había sacado a casi 300 millones de personas de la pobreza en la década anterior, se estaba abriendo cada vez más al mundo, su inversión en el extranjero estaba creciendo rápido y ese año se estaba convirtiendo en el principal socio comercial de Uruguay y gran parte de la región. Sumado a mi atracción hacia lo desconocido, me dije: ¿por qué no? Así, el 13 de octubre de 2012 (hay fechas que no se olvidan) aterricé en el aeropuerto de Beijing. Al día siguiente estaba viendo cómo llegar a las oficinas de un estudio jurídico cuyo nombre no podía pronunciar.

¿Con qué China me encontré? Con una China de brazos abiertos, que sin renunciar a su esencia milenaria estaba dispuesta a abrirle las puertas a un 老外 (laowai = extranjero) genuinamente interesado en adaptarse a su cultura (y comida), reconociendo que hay barreras infranqueables pero también “achicables”. Una China comercialmente voraz y dispuesta a hacer negocios dentro y fuera de fronteras, atraída tanto por necesidad (de materias primas) como por ambición (de medirse con las grandes marcas y tecnologías de Occidente). Una China en ascenso que estaba intentando encontrar su lugar en un mundo regido por la pax americana y el sistema multilateral creado tras la segunda guerra mundial, pero que la crisis de 2008 había puesto de rodillas. Una China que no olvida el “siglo de la humillación” ante las potencias extranjeras, el cual culminó en 1949 cuando Mao ganó la guerra civil, pero que ahora no perdía oportunidad de resaltar que su modelo es de “ascenso pacífico”.

Una China que en la década del ’50 estuvo en guerra con EE.UU. en la península de Corea, pero que se acercó a EE.UU. en 1972 con la visita de Nixon a Mao (orquestada en secreto por Kissinger), hasta el establecimiento de relaciones diplomáticas formales en 1979 (Uruguay estableció relaciones diplomáticas con China en 1988). Una China que desde entonces comenzó una pragmática apertura económica de la mano de Deng Xiaoping (autor de frases como “no importa que el gato sea negro o blanco, mientras cace ratones” o “hacerse rico es glorioso”) e integración al mundo (por ejemplo, China ingresó como miembro a la Organización Mundial de Comercio en 2001, tras 15 años de negociaciones). Siempre como un país en desarrollo, pero transformándose en un pilar del crecimiento global y manifestando su intención de vivir en un mundo de coexistencia multipolar.

En marzo de 2013 viví en Beijing la asunción de Xi Jinping como presidente. Soplaban vientos diferentes. Primero trajo un nuevo slogan: el “sueño chino” (cualquier similitud con el “sueño americano” es pura ¿coincidencia?). Luego se realizaron algunas reformas sociales (por ejemplo, la flexibilización de la tradicional política del hijo único y la reforma del sistema de hukou, una especie de pasaporte interno resabio de la época maoísta para controlar la migración doméstica). Se lanzó una feroz campaña anticorrupción (que de paso se llevó por delante a varios competidores políticos). Pero también comenzó una mayor asertividad en la defensa de los intereses chinos a nivel internacional. Repasando mis columnas de años atrás en este mismo espacio, me encontré con estas líneas que escribí en febrero de 2015: “En virtud de lo expuesto, expertos en política internacional se han cuestionado si el ascenso económico chino representará para EE.UU. el mismo desafío que representó el ascenso alemán para el Reino Unido a principios del siglo XX y desembocó en la guerra más cruenta conocida por el hombre. Por ejemplo, Henry Kissinger en su libro On China se planteó esta cuestión, pero se inclinó fundamentalmente por la negativa. Lo cierto es que ambos gigantes se necesitan, y no pueden darse el lujo de enlentecer el comercio y la inversión que los vincula y alimenta”. Y unos meses después, en otra columna de junio de 2015, agregué: “China está jugando hasta donde sabe que puede jugar (por el bien de todos, esperemos que no haya errores de cálculos y se entre en una dinámica inesperada)”.

Hoy mis reflexiones de hace casi 5 años se ven desafiadas. El año 2020 me encuentra viviendo y trabajando del otro lado del mundo, en Nueva York. Llegué a estudiar una maestría en agosto de 2016 y pocos meses después Trump ganó las elecciones presidenciales, algo que la mayoría de mis compañeros en Harvard, una universidad liberal en sentido americano veía imposible (todavía recuerdo que al día siguiente suspendieron las clases por luto). Nadie puede decir que se sorprendió con la guerra comercial iniciada contra China por Trump. El presidente estadounidense estaba cumpliendo una de sus promesas de campaña. Acusó a China de manipular su moneda, robar propiedad intelectual, aprovecharse de la apertura comercial de EE.UU. para robarle puestos de trabajo, e inclinar la balanza comercial a su favor, entre otros tratos. Hoy la posición más dura de EE.UU. hacia China tiene apoyo bipartidario. Demócratas y republicanos podrán discutir si la guerra comercial es el mejor camino, pero no parece haber indicios que dicha posición vaya a cambiar si Biden gana las elecciones este año. La rivalidad también pasó a otros ámbitos. Entre ellos, el tecnológico, con la batalla 5G. En enero aparecieron buenas noticias cuando ambos países llegaron a la tregua de un acuerdo comercial. Pero entonces irrumpió el COVID-19 y se llevó todo por delante.

Hoy el tono de los titulares y las declaraciones públicas se han ensombrecido. Hace un par de semanas Reuters publicó que, según un informe interno del Ministerio de Seguridad chino, a raíz del coronavirus la molestia global contra China está en su punto más alto desde los eventos de la Plaza Tiananmen en 1989. El informe agrega que China debe estar preparada en el peor de los casos para una confrontación armada con EE.UU. El Dr. Shi Yinhong, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Renmin y asesor del Consejo de Estado, declaró: “China y EE.UU. entraron en una nueva era de Guerra Fría. Estamos ahora en una etapa de competencia total y desacople de las dos economías”. Adiós a los patrones de conducta que siguieron ambos países durante varias décadas.

Esto puso y pondrá a Uruguay (y muchos otros países) ante ciertas encrucijadas. A nivel tecnológico, el año pasado Uruguay ya anunció que su red 5G será desarrollada por Huawei. A nivel comercial, como mencioné, China es el principal socio de Uruguay. Algunos llaman “complementariedad” a nuestra exportación de materias primas e importación de manufacturas chinas. Por su parte, EE.UU. es el cuarto socio comercial de Uruguay y nos compite en la exportación de ciertos commodities como trigo y soja. Pero a nivel de inversiones y tecnología, EE. UU. tiene una presencia bastante más fuerte que China. Y a nivel político, lógicamente que estamos alineados con democracias liberales como la estadounidense. ¿Nos pondrá alguna de las potencias en un incómodo “cruce de caminos” (frase que tanto le gusta a nuestro Presidente)? ¿Será la región nuevamente una pieza en el tablero de ajedrez mundial como lo fue durante la Guerra Fría que tan malas consecuencias económicas y especialmente políticas nos trajo? Esta historia continuará.

(*) Abogado graduado de la Universidad de Montevideo, obtuvo un Máster en Leyes (LLM) en la Universidad de Harvard, trabajó en Beijing en 2012-2013 y actualmente lo hace en Nueva York.

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