JORGE CAUMONT

Castigo a los consumidores y exportadores

Hace ya diez días, asumió Donald Trump la presidencia de Estados Unidos. Una nación que ha dejado atrás su período recesivo y de bajo crecimiento y que vuelve a alcanzar una tasa de desempleo próxima a la natural de acuerdo con su disponibilidad de factores de producción.

Junto a ello se ha acelerado la inflación que tiende a superar al 2%, la meta de la Reserva Federal. Aunque no se conozca en su totalidad el contenido del programa económico del nuevo gobierno norteamericano, se analizan ya allí y en el mundo en general, los efectos que tendrían las medidas de política comercial y fiscal que ha parcialmente esbozado en sus discursos a lo largo de la campaña electoral y tras su elección, el nuevo presidente norteamericano. Y del análisis surge que aunque alguna de las medidas apunte a mejorar la ya buena actividad económica y el empleo, no sería improbable que no solo no lo logre sino que además provoque una presión inflacionaria que desembocaría en una política monetaria más restrictiva y de efecto adverso sobre la propia actividad productiva. Por supuesto, los efectos señalados para la economía de Estados Unidos no son instantáneos como tampoco lo serían los que los movimientos proteccionistas del presidente Trump tendrían sobre el resto del mundo.

Protección.

Un alto impuesto en frontera —"a major border tax"— ha sido anticipado por el primer mandatario y como también su rechazo a los acuerdos multilaterales de comercio. Aranceles altos sobre importaciones, abandono de acuerdos de comercio y de negociaciones para ingresar en otros así como declaraciones de posibles vinculaciones comerciales bilaterales con algunas —pocas— naciones, constituyen el núcleo de la nueva política comercial de Estados Unidos. Se conoce el rechazo al Acuerdo Transpacífico y así como la amenaza de retirar a Estados Unidos de la Organización Mundial de Comercio. La intención de esta actitud proteccionista es "mejorar la competitividad de la producción local" para competir mejor con y en el resto del mundo. Y simultáneamente, con las referidas medidas, mejorar también la recaudación impositiva.

Será difícil que se logren los objetivos planteados. La nueva política comercial se distancia notablemente de la que ha sido llevada adelante por los gobiernos norteamericanos de los últimos setenta años. Es un paso que asombra pues desde largo tiempo se sabe que la protección arancelaria que inicialmente puede permitir sustitución de importaciones termina siendo un beneficio para las empresas y quienes en ellas trabajan y un castigo sobre los consumidores y sobre los exportadores. La protección arancelaria implica, para el mismo artículo, precios mayores que antes por lo que los consumidores que tengan que comprar ese bien deberán transferir más de sus ingresos a los productores para recibir lo mismo que antes obtenían a un precio menor. Menos cantidad comprada será también parte de la respuesta. También es un castigo a los exportadores porque al caer las importaciones surge una presión bajista sobre el dólar. Los productores locales pueden vender más que antes pero a un precio que es mayor que el de importar el producto. Y el consumidor paga más por algo que podría lograr a un precio menor, consume menos y paga más. El país incurre en una pérdida que nadie recoge.

El aumento de precios que provocaría la nueva política comercial norteamericana seria por una única vez pero desataría presiones inflacionarias acentuadas por los aumentos salariales asociados. La Reserva Federal podría entonces reaccionar con aprietes monetarios que traducidos en aumentos de tasas de interés afectarían al consumo y a la inversión a la baja y entonces también, a la producción y al empleo.

Es conocido el desenlace que tienen estas políticas. Ejemplos existen y son abundantes. Y asombra que se vuelva a ellas por la autoridad de un país cuando ha sido el propio Estados Unidos el que ha pregonado las bondades del libre comercio. Es una política, la nueva que inauguraría Trump, más asociable al pasado de los países emergentes. Inimaginable para un gobierno que encontrará problemas para mantenerla cuando comiencen a darse sus resultados.

El aumento de recaudación que se mencionara como corolario de la protección comercial no es tampoco algo inexorable. El aumento de los aranceles, sobre todo cuando son de tasa significativa, terminan por provocar aumentos de precios de los bienes importados que hacen preferible las compras de bienes a empresas locales hasta la desaparición de las compras en el exterior y de la recaudación arancelaria.

Efectos externos.Es inevitable que la nueva política comercial del mayor importador mundial de mercaderías tenga, con el paso del tiempo, efectos depresivos sobre la actividad de sus abastecedores en general. China, India, el sudeste asiático y los países europeos se verán enfrentados a una menor demanda que puede llevar a represalias comerciales con efectos por ahora incalculables. Nuestro cuarto principal cliente comprador puede, a partir de cierto momento no muy lejano, afectar también a algunas actividades productivas de nuestro propio país.

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