Guillermo Dutra

Entre el capitán Schetino y Noé

Si la vulnerabilidad social es el riesgo de caer en la pobreza, al repensar los mecanismos de protección y redistribución no sólo debemos apoyar los niveles mínimos de consumo de bienes, sino además el desarrollo de las capacidades para que los individuos puedan, con autonomía responsable, aprovechar las oportunidades que se les presentan.

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Claro está que para encarar esto vale tener previamente la afirmación de un conocido naviero de origen griego: "debemos liberarnos de la esperanza de que algún día el mar estará calmado y hay que aprender a navegar con vientos fuertes".

Validado está en esta región que el empleo de calidad es el principal mecanismo de inclusión y de distribución del ingreso; el desafío entonces de la protección social, desde una perspectiva preventiva, es asegurar a la población trabajadora una trayectoria laboral exitosa en la economía del conocimiento, garantizando el acceso a los servicios y niveles de educación obligatoria y además promover y garantizar el acceso a una institucionalidad que los acompañe en una formación que debe desenvolverse a lo largo de toda su vida.

En este marco, pasa a ser clave de las políticas de desarrollo no sólo cuidar la inclusión financiera, sino también "la inclusión productiva".

La orientación que nos da la conocida reflexión de Séneca "Ningún viento será favorable para el que no sabe a qué puerto va," nos lleva a evaluar también el perfil de los pasajeros que emprenderán el viaje y el punto de partida: según el INE la pobreza alcanza al 6,4 por ciento en la totalidad de los hogares del país y aumenta al 14,7 por ciento entre los hogares donde residen niños menores de 12 años. A su vez, está cerrando el año 2015 con 141.000 desempleados, lo que constituye el valor más elevado de este guarismo desde diciembre de 2009. En Montevideo la proporción de jóvenes que no estudia ni trabaja se ubica en 14 por ciento; en localidades de 5.000 habitantes o más es de 17,6 por ciento, y en localidades menores y áreas rurales alcanza al 20,8 por ciento. Entre los jóvenes que no estudian, no trabajan ni tampoco buscan trabajo, se observa que la principal razón de no búsqueda es "ninguna razón en especial" (56,8%), en tanto un 29,5 por ciento indica que es porque "no tiene tiempo por trabajo doméstico, cuidado de niños o personas". Estos mismos jóvenes que no estudian ni trabajan, alcanzan como máximo nivel educativo la Educación Media Básica, y entre éstos la amplia mayoría no lo ha completado. Entre los más jóvenes (14 a 19 años de edad) la informalidad prácticamente duplica al resto de los grupos etarios.

Por su parte, la Consultora Advice sostuvo que "la industria atraviesa un momento difícil; se prevé la pérdida de 36.000 puestos de trabajo hacia el cierre de 2015 y el 50% de los empresarios considera que la economía nacional seguirá deteriorándose". Adicionalmente, agregó que en la construcción, ya son seis los trimestres en los que se ha constatado de manera consecutiva una caída en la actividad y el índice Líder del sector no pronostica un cambio positivo para 2016.

En este escenario recobra vigencia un médico escritor bostoniano al haber dicho: "a veces navegamos con el viento a favor, a veces en contra, pero debemos navegar, no estar a la deriva, ni echar el ancla". Si bien, en Uruguay las políticas sociales —estructuralmente interrelacionadas con el mundo laboral— reconocen la formación de los trabajadores como uno de sus componentes, están obligadas a rever énfasis y estrategias en atención a los resultados acumulados y desafíos presentes. Los avances que se logren en esta línea tendrán su impacto sobre la sustentabilidad misma de la Protección Social universal que el gobierno anhela en razón de que el empleo es su principal proveedor de recursos.

Seguir siendo conservadores implicaría perpetrar la pobreza y profundizar las vulnerabilidades del actual modelo productivo basado principalmente en los recursos naturales; a su vez, consolidar las asimetrías resultado de la falta de transparencia en las calificaciones —disponibles y a desarrollar— y seguir conviviendo en el mercado de trabajo con las heterogeneidades que protagonizan las actuales brechas de productividad. En una palabra, la "formación continua" de la fuerza de trabajo debe pasar a ser un bien preferente al igual que la salud, la vivienda y la educación.

Ahora bien, cabe preguntarnos ¿hasta qué punto los trabajadores consideran a la capacitación como un imperativo sistémico y condición básica para su desarrollo personal y social? ¿Las empresas o los diversos ámbitos laborales del país se reconocen como ámbitos calificantes? ¿Cómo está previsto capitalizar y transferir el conocimiento de la población trabajadora adulta que se retira? ¿Hasta qué punto contamos hoy con mediciones adecuadas de la pobreza entendida ésta como déficit de capacidades para organizar itinerarios formativos significativos en términos de empleo?

Cuando avanzamos hacia estas respuestas en el Uruguay de hoy inconteniblemente se sincroniza la sensación de una mayor lejanía con Noé con la vivencial imagen de los pasajeros del Costa Concordia al frente del Capitán Francesco Schettino.

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