ENTREVISTA

La capacidad de diálogo de los políticos está en juego

No hay ajustes indoloros, pero no hacerlos o resolverlos mal agrava los costos sociales y la insatisfacción de la gente.

Foto: El País
Foto: El País

Hasta el momento, el proceso eleccionario en curso demuestra una vez más que la democracia sigue funcionando con buen tono en el país, afirma el contador Enrique Iglesias, aunque advirtió que ve “caminos más complicados en cualquier opción que resulte ganadora del proceso electoral”. Destaca el retorno de los debates como un punto alto de esta etapa electoral, y apuesta a la concreción de “actos básicos” sobre los grandes temas del país que necesitan cambios, lo que exige capacidad de diálogo y concertación a los partidos políticos y a las nuevos liderazgos que emergen de esa elección. Mantener la estabilidad —menciona la necesidad de un ajuste fiscal—, una reforma gradual de la educación y políticas para aumentar la productividad, son a su juicio los temas clave para el próximo período de gobierno. Dijo que le cuesta “ser optimista” ante el contexto regional y mundial confortativo que se observa en la actualidad, aunque dijo que la realidad puede ser distinta si se sigue apostando a mejorar las políticas públicas y generando confianza hacia afuera, lo que le mantendrá al país el respeto que se ha ganado. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Qué valoración hace del proceso electoral que estamos viviendo?

—La Democracia uruguaya sigue funcionando, en general con buen tono y eso ha quedado de manifiesto una vez más. En ese contexto, como novedad de este período, Los debates ayudan a la gente a conocer a los candidatos y sus ideas. Los preferiría más coloquiales y menos formales. Pero en todo caso es un avance en la historia política de nuestra democracia.

—¿Cómo vislumbra el futuro próximo?

—Veo caminos más complicados en cualquier opción que resulte del proceso electoral. Se gobernará con acuerdos interpartidarios. Eso es una variante muy importante con relación a los 15 años de Frente Amplio, donde los debates se hacían en el partido y luego eran aprobados por la mayoría del Parlamento. Ahora, en cualquier hipótesis habrá que conciliar posiciones. Eso en un momento de enfriamiento de la economía y muchas incertidumbres a nuestro alrededor y en el mundo, y es en estas circunstancias que se pone a prueba la capacidad de diálogo y concertación de los partidos políticos.

—El país pasó, desde la restauración democrática, por muchos intentos —algunos exitosos— de búsqueda de consensos, ¿entiende que es momento de pensar en un pacto o gran acuerdo?

—Sí. Pienso en la necesidad de ciertos pactos básicos. Pactos en momentos de economía más compleja y con expectativas de nuevos recursos de los distintos grupos sociales. Algunas viejas materias pendientes y otras nuevas necesarias para sacar al país adelante. Ahí se pondrán a prueba las ideas, pero también las habilidades negociadoras de las nuevas generaciones jóvenes que entran en juego político en esta elección.

—Si tuviera la responsabilidad de seleccionar tres estrategias específicas de acción inmediata, ¿hacia dónde apuntaría?

—Yo señalaría tres: mantener la estabilidad, la reforma de la educación y políticas para aumentar la productividad de la economía. La estabilidad de precios es fundamental para mantener la confianza interna y externa. El ajuste fiscal que habrá que hacer tendrá un papel central y no tiene salidas fáciles especialmente en un momento de desempleo creciente, dado que todo ajuste puede tener impactos en la ocupación. No me olvido de otros frentes como el de las relaciones externas, pero los tres indicados son a mi juicio los más difíciles y los más urgentes. Hay problemas pendientes y expectativas crecientes de las clases medias, y es bueno reconocer de entrada que no hay ajustes fáciles ni indoloros, pero tampoco olvidar que no resolverlos o resolverlos mal agrava los costos sociales y la insatisfacción de la gente. Bastaría recordar las experiencias del pasado. Para eso, unos pocos acuerdos y de importancia serían muy necesarios y sobre todo deseables para la aprobación del Presupuesto.

—La educación está contenida en las propuestas que expusieron prácticamente todos los partidos en la etapa anterior. Algunos refieren a correcciones de rumbo, otros hablan de la necesidad de un shock...

—El tema de la educación ha sido muy trabajado por expertos y grupos con mucha autoridad. Yo prefiero optar por un proceso de reformas antes que un shock. La opinión pública uruguaya en general desconfía de esa palabra. Hay que hacer reformas, pero en un proceso de objetivos y tiempos claros.
Por último, la batalla por la productividad ya está siendo abordada por instituciones creadas a ese fin. Ahí tendrá que haber un conjunto de medidas acordadas entre gobierno y sector privado y colocar como un ineludible instrumento la eficiencia del Estado. Reconozco honestamente que es más fácil ponerse de acuerdo en el “qué hacer“. Lo difícil será ponerse de acuerdo en el “cómo hacer”.

—Si miramos alrededor, ¿podemos hablar de un país, una sociedad y un sistema político bastante más integrado?

—Honestamente, creo que sí. Las lecciones de los últimos 30 años de recuperación de la democracia han hecho madurar la forma de ver y resolver los problemas de gobierno. Hay en todas las fuerzas políticas y en la opinión pública una sensibilidad por la estabilidad de precios, la apertura externa por el excesivo endeudamiento o la flexibilidad cambiaria que no tuvimos en los años ´60 o ´70 que bien recuerdo y que tanto costaron socialmente y económicamente. Quedaron atrás las políticas de decidir el tipo de cambio por decretos del gobierno y se comenzó a apreciar la llegada de inversiones externas al amparo del grado de inversión que nos destaca dentro de la región. Todas esas son ganancias netas para modernizar la gestión del estado. El país se ha ido modernizando en su gestión y eso espero que facilite el dialogo para negociar en momentos de bajo crecimiento y poco estímulo proveniente del exterior.

—No hace mucho tiempo usted habló de “cambio de época” el momento en el cual estamos a nivel global. No fue muy optimista acerca del camino que tenemos que transitar...

—Efectivamente, el cambio de la época que se inició con el final de la segunda guerra mundial está en marcha aceleradamente. Lo impulsa la tecnología, la globalización, el ascenso de las clases medias y el creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y China, entre otros factores. Todos los cambios de época han sido traumáticos. Así lo muestran los 30 años que siguieron al final de la primera guerra mundial del siglo pasado. Me preocupa mucho que se abandone el multilateralismo en las relaciones internacionales y rija la ley del más fuerte, el enfrentamiento entre las dos grandes potencias, Eso es muy visible en el comercio mundial que este año solo crecerá al 1,2% en camino a pasar a indicadores negativos. Hay que luchar por sostener relaciones comerciales abiertas que nos permitan seguir creciendo y apoyando el crecimiento mundial. Y dinamizar las relaciones intrarregionales en las que siempre hemos soñado con poco resultado lamentablemente.

—Y en ese mismo foro habló de “las clases medias enojadas”...

—Las nuevas clases medias están enojadas por varios motivos. Un sector que acaba de emerger está corriendo el riesgo de volver a ser pobres. Otro sector, no ha recibido lo que cree merecer y observan cómo crece la desigualdad frente a otros sectores altos de la sociedad. Se enojan, protestan, pierden el respeto y adhesión a la democracia misma. Basta con ver lo que está ocurriendo en estos momentos en otros países de América Latina.

—Visto en relación con ese mundo incierto, ¿dónde ubica a Uruguay y sus posibilidades reales?

—Somos un pequeño país tanto por la población como por la geografía. El respeto internacional lo proporcionan nuestras políticas en las relaciones internacionales, en el crecimiento interno y la solución de los problemas sociales. Para seguir contando con respeto internacional, hay que continuar mejorando políticas públicas en lo interno y generar confianza para atraer inversiones internas y externas proporcionando estabilidad y seguridad, dentro de un panorama regional que no ayuda a esa confianza.

—Ese mundo incierto nos sacude de cerca, en vista de lo que ocurre en la región…

—Con el panorama que podemos ver alrededor no es fácil ser optimista. Esto se inserta en un mundo enfrentado políticamente y enfriándose económicamente. Mientras que en lo internacional continúen las negociaciones y en lo interior podamos alimentar un dialogo constructivo más necesario que nunca, ante una realidad mundial y regional tan confusa y amenazante, hay razones para el optimismo. Muy moderado, lo reconozco. Pero de algo deberán servir las lecciones de estos últimos 30 años.

—No existe mucho espacio para el consenso entre naciones, instrumentos como lo fueron hasta hace veinte años las cumbres iberoamericanas también han perdido peso…

—Los problemas individuales de cada país y su difícil solución alimentan la desconfianza en las relaciones internacionales y se pierde la confianza en las instituciones internacionales. Es un tema que lo vemos en todo el mundo y en todos las instancias políticas o económicas. Hay algunas excepciones. Es el caso de Europa, que puso en marcha un admirable esfuerzo de integración regional. Están viviendo la emergencia de países y partidos muy críticos de la gestión comunitaria, pero solo Inglaterra se atreve a romper sus vínculos y con no pocas dificultades aún no resueltas. Es el único. Los otros 27 permanecen en la sociedad. Critican, pero se quedan dentro. Por algo será.

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