TEMA DE ANÁLISIS

Caída del salario real moderará alza de precios en segundo semestre

La desaceleración de la inflación será clave para mejorar la competitividad del país en el mediano plazo.

Foto: Pixabay
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En el mes de junio, los precios aumentaron un 0,02% con respecto a mayo y moderaron la suba anual de la inflación, que se ubicó en 10,36%. Se trató de la primera caída relevante en la inflación anual desde el primer semestre del año pasado.

La desaceleración de la inflación estuvo fuertemente influenciada por la caída en el precio de los alimentos —que en mayo habían crecido un 19,3% con respecto a un año atrás—, en particular, por el precio de la carne que cayó un 1,6% en junio, y había aumentado un 7% en el período marzo-mayo. A su vez, el tipo de cambio cayó un 2% en junio y contribuyó a estabilizar el precio de los bienes transables, que se comercializan con el exterior y cuyo precio depende en gran medida de la evolución que tienen los precios internacionales (en dólares).

El fuerte y rápido incremento de la inflación ha sido uno de los factores que han profundizado la caída del salario real, que ya venía deteriorándose en los meses previos a la pandemia. En el período comprendido entre diciembre de 2019 y marzo de 2020 la caída promedio interanual del salario real fue del 0,4%, y alcanzó luego el 3% en los meses de abril y mayo.

Considerando el escenario complejo que atraviesa el mercado laboral, el salario real continuará evolucionando negativamente y le quitará presión al alza de los precios vía una menor demanda de bienes y servicios. En este contexto, esperamos que la inflación se ubique en 9,6% y 7,9% para fines de 2020 y 2021 respectivamente.

Si bien la caída del salario real se verá atenuada transitoriamente una vez que se apliquen los correctivos por inflación pasada incluidos en los convenios salariales que finalizaron en junio, estimamos una caída anual promedio del salario real cercana al 5% para el segundo semestre del presente año. Ésta caída se verá influenciada principalmente por la baja de los salarios privados y suavizará las presiones inflacionarias en los próximos meses, en especial su componente no transable. Como se aprecia en el gráfico 2, el deterioro del salario real en los últimos meses —a excepción de los meses de abril y mayo en donde rigió el impuesto coronavirus a los salarios públicos— se explica principalmente por la caída en los salarios privados.

A nuestro criterio, existen al menos tres razones que hacen especialmente necesario que la inflación converja al rango meta y se estabilice en el corto plazo.

En primer lugar, en un contexto en el que el mercado laboral se ve afectado fuertemente por la pandemia —con el consiguiente efecto negativo en el ingreso de los hogares—, el incremento de los precios genera una presión adicional en la economía de los hogares que destinan la mayor parte de su ingreso al consumo. En particular, el fuerte aumento en el precio de los alimentos impacta en los hogares de menores recursos, que suelen destinar un porcentaje proporcionalmente mayor de su ingreso al consumo de alimentos.

Por otra parte, el “distanciamiento social” ha provocado que la mayoría de los hogares haya modificado sus hábitos de consumo en los últimos meses. Por ejemplo, es razonable afirmar que el gasto en servicios de recreación y culturales, paquetes turísticos y en restaurantes y hoteles —que en conjunto representan cerca de un 12% de la canasta de consumo promedio de un hogar— se ha reducido drásticamente en los últimos meses. Por tanto, un menor gasto en estos productos, que aumentaron un 9,7% en el último año, implica un gasto proporcionalmente mayor en el resto de los productos que componen la canasta del IPC.

Consecuentemente, en los últimos meses el aumento de precios en la canasta de consumo efectiva que enfrentó cada hogar fue levemente superior al que surge de la canasta típica promedio del IPC. En particular, el aumento de precios efectivo que enfrentaron los hogares fue mayor cuanto más haya aumentado proporcionalmente el gasto en alimentos del hogar, ya que estos aumentaron un 16,6% en el último año.

En segundo lugar, el elevado nivel de inflación —que se explica en parte por factores coyunturales, como ser el tipo de cambio y el precio de los alimentos— genera una presión adicional en la negociación salarial entre trabajadores y empresarios. Si bien las pautas aprobadas incluyen un ajuste del 3% en enero y un correctivo final en junio de 2021, si las expectativas de inflación se estabilizan en torno al 10%, la conflictividad laboral podría aumentar en el mediano plazo y complicaría las negociaciones del próximo año, que arrastrarán el correctivo por inflación del convenio recién firmado.

Por último, considerando que el que el tipo de cambio nominal se ha estabilizado en torno a los $43 y que la abundancia de liquidez en los mercados financieros internacionales facilita que el peso uruguayo se aprecie aún más, la reducción de la inflación se vuelve un factor determinante para mejorar la competitividad del país. Luego del pico alcanzado en marzo —en donde el tipo de cambio mensual promedio se ubicó en $43,3—, el valor del dólar se ha mantenido estable, con una leve tendencia a la baja (en junio el tipo de cambio mensual promedio fue de $42,6), como se observa en el gráfico 3.

En ese sentido, la mejora en el tipo de cambio real efectivo experimentada en el mes de marzo se diluyó en los siguientes meses, en especial con Brasil, con el que cayó 11 puntos porcentuales entre marzo y mayo. Si bien respecto a Estados Unidos, Europa y China —que explican cerca de la mitad de las exportaciones de bienes del Uruguay— nos encontramos relativamente en línea con la paridad promedio histórica de los últimos 20 años, con Argentina y Brasil la situación es muy diferente. El índice de tipo de cambio real (paridad cambiaria) regional, que en marzo indicaba que nos encontrábamos un 37% más caros que el promedio de los últimos veinte años, se deterioró en los últimos meses y alcanzó el 44% en mayo.

En un contexto de tasas de interés internacionales históricamente bajas y de abundancia de liquidez, es imperante reencauzar la inflación nuevamente dentro del rango meta para desincentivar el ingreso de capitales especulativos. Ante escenarios en donde en el corto plazo se espera un tipo de cambio nominal estable, la renta que ofrecen las colocaciones en pesos resulta muy atractiva para los fondos de inversión y provoca que el peso uruguayo se aprecie aún más.

Considerando las expectativas del tipo de cambio nominal en el corto plazo para Uruguay —estimamos un dólar en torno a $44-$45 para fin del corriente año—, y proyecciones que indican que el tipo de cambio en Brasil se mantendrá incambiado —con una inflación anual esperada del 1,6%—, la desaceleración de la inflación será una condición necesaria para alcanzar niveles de competitividad que incrementen la inversión extranjera directa y dinamicen nuevamente al sector turístico.

(*) Nicolás Cichevski. Gerente del Área de Consultoría Económica de Grant Thornton Uruguay y Paraguay.

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