OPINIÓN

Caer en el pozo sin fondo de la robotización

Una de las cuestiones de las que menos se ha hablado en cuanto al debate de la semana anterior entre los candidatos del Partido Demócrata fue el intercambio que tuvo lugar en relación con la automatización y cómo lidiar con ella.

Foto: Reuters
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Sin embargo, vale la pena centrarse en ese intercambio porque fue interesante; y por interesante, me refiero a deprimente. Erin Burnett de CNN, uno de los moderadores, hizo una mala pregunta y, en términos generales, los participantes del debate —tal vez con la sorprendente excepción de Bernie Sanders— respondieron de una forma bastante mala.Así que permítanme hacerles una súplica a los demócratas: por favor no caigan en el pozo sin fondo de la robotización.

Burnett declaró que un estudio reciente demuestra que “alrededor de una cuarta parte de los empleos estadounidenses podría perderse debido a la automatización en los próximos diez años”. Lo que el estudio dice en realidad es menos alarmante: ha descubierto que una cuarta parte de los empleos estadounidenses enfrentará “una alta exposición a la automatización durante las próximas décadas”.

Sin embargo, si piensan que incluso eso suena mal, pregúntense lo siguiente: ¿cuándo, en la historia moderna, no ha sido cierta una frase como esa?

Después de todo, en la década de los cuarenta, en Estados Unidos había alrededor de siete millones de agricultores y cerca de doce millones de trabajadores de la industria manufacturera. Las maquinarias podían relevar buena parte del trabajo que los estadounidenses estaban haciendo (y de hecho lo hicieron) y la gente en aquel entonces se preguntaba de dónde podrían salir nuevos empleos. Si piensan que las preocupaciones sobre la automatización son algo nuevo, recuerden que la novela de Kurt Vonnegut “La pianola”, que imagina un futuro distópico en el que las máquinas desempeñan todos los empleos, se publicó en… 1952.

A pesar de ello, la generación que siguió fue una era dorada para los trabajadores estadounidenses, quienes vieron aumentos drásticos en sus ingresos y muchos de ellos entraron de inmediato a la creciente clase media.

Tal vez argumenten que esta vez es distinto, porque el ritmo del cambio tecnológico es mucho más acelerado. Sin embargo, eso no es lo que dicen los datos. Por el contrario, la productividad de los trabajadores —que es la manera en la que medimos hasta qué grado los trabajadores están siendo remplazados por las máquinas— últimamente ha crecido con mucha más lentitud que en el pasado; aumentó menos de la mitad de 2007 a 2018 en comparación con lo que creció en el transcurso de los once años anteriores.

Eso nos lleva a preguntarnos de qué habla el candidato Andrew Yang. Yang ha basado toda su campaña en la premisa de que la automatización está destruyendo los empleos en masa y que la respuesta es darles a todos un salario, que estaría muy por debajo de lo que pagaría un empleo decente. Hasta donde sé, él está ofreciendo una solución inadecuada a un problema imaginario, que, en cierta medida, es algo impresionante.

También permítanme reconocer a Joe Biden, quien hizo eco de lo que dice Yang sobre “una cuarta revolución industrial”. Volveré a ello en un minuto.
Elizabeth Warren puso en entredicho la premisa de Burnett, cuando dijo que la principal razón por la que estamos perdiendo empleos es la política comercial que ha motivado que los empleos se vayan al extranjero. Este argumento quedó hecho trizas por los verificadores de datos de The Associated Press, quienes declararon que la automatización fue la “principal culpable” de la pérdida de empleos en la industria manufacturera entre 2000 y 2010. En realidad, el argumento de Warren era más correcto que la información de los supuestos revisores de datos; los cálculos razonables dicen que el comercio fue responsable de una gran porción de la pérdida de empleos de la industria manufacturera en la década anterior a la Gran Recesión.

Sin embargo, sin duda, Warren estuvo equivocada en sugerir que cambiar la política comercial ayudaría atraer los empleos de vuelta. Tuvo bases más sólidas cuando continuó con su agenda más amplia de enfrentar la desigualdad y el poder de los más ricos.

Como dije, la mejor respuesta fue la de Sanders. No, no apoyo su propuesta de garantía de empleo, que probablemente no se pueda llevar a la práctica, pero tuvo razón cuando dijo que hay demasiado trabajo por hacer en Estados Unidos y también cuando señaló la necesidad de inversión pública a gran escala, cosa que incluso los economistas de la corriente dominante han venido defendiendo como una respuesta a la debilidad económica continuada.

¿Por qué? Porque la debilidad duradera —sí, tenemos un bajo desempleo actualmente, pero es solo gracias a las tasas de interés extremadamente bajas y estamos muy mal preparados para la próxima recesión— no tiene que ver con la automatización, sino con el gasto privado inadecuado. Entonces, ¿por qué tanta fijación con la automatización? Tal vez sea inevitable que muchos tipos tecnológicos como Yang crean que lo que ellos y sus amigos están haciendo es histórico y la revelación de la época, incluso si la historia no les da la razón. Sin embargo, de manera más amplia, como hemos argumentado en el pasado, para una parte considerable de la clase dirigente política y mediática, hablar de robots —es decir, el determinismo tecnológico— es, en efecto, una táctica de distracción.

Es decir, culpar a los robots de nuestros problemas es una manera fácil de sonar moderno y vanguardista (por ende, Biden habla de la cuarta revolución industrial), además de un pretexto para no apoyar políticas que atenderían las verdaderas causas del crecimiento débil y la desigualdad desorbitada.

Entonces, insistir en los peligros de la automatización, aunque pueda sonar muy inflexible, en la práctica es una especie de fantasía escapista para los centristas que no quieren enfrentar las preguntas verdaderamente difíciles. Además, los progresistas como Warren y Sanders que rechazan el determinismo tecnológico y hacen frente a las raíces políticas de nuestros problemas, al menos en este tema, son los auténticos realistas obstinados en la habitación.

Otros demócratas seguirán su ejemplo. Deberían centrarse en los problemas reales y no distraerse con el pseudoproblema de la automatización.

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