OPINIÓN

La búsqueda de caminos hacia la consolidación fiscal

“La pregunta es si la consolidación fiscal buscada se hará solo con abatimiento del gasto o debe ser ayudada fortaleciendo la tasa de crecimiento del PIB.

Dólares. Foto: PIxabay.
 Foto: PIxabay.

La contienda electoral que se avecina, catapulta el debate sobre las perspectivas de la realidad económica que heredará el próximo gobierno.

El punto de discusión principal es la erosión continua de la sostenibilidad fiscal, que pone a la economía en una zona de riesgo si no se la revierte a tiempo. Como era de esperar, la mayoría de las opiniones convergen hacia cómo abatir el déficit resultante, a través de formas diversas de reducción del gasto, a lo cual algunos incluyen aumentos impositivos. Las diferencias mayores están en la velocidad de aplicar los correctivos, más que en el objetivo final de llevar el déficit a un área del 2,5% del PIB. Bajo ciertos supuestos de crecimiento económico y de tasas de interés, con ese nivel de déficit se estabiliza la relación deuda/producto. Lograrlo implica un ajuste de US$ 900 millones. Converger hacia la sostenibilidad fiscal implica acompasar el ritmo de las tasas de crecimiento del gasto público con las del Producto Bruto esperado. Precisamente, violando esta restricción básica fue que comenzó a resbalar la gestión económica de los gobiernos frenteamplistas. Fijaron una pauta de crecimiento del gasto suponiendo que la economía había entrado en una fase permanente de crecimiento por encima de su potencial, olvidando que ello obedecía en buena medida a factores externos positivos extraordinarios como la irrupción de China, el súper ciclo de las materias primas, la notable liquidez internacional que abatió las tasas de interés y debilitó al dólar. A lo de índole temporal se lo imaginó permanente, hecho que hoy la realidad desmiente. De ahí surge la lectura de que se había encontrado un paradigma de crecimiento nuevo, apoyado fundamentalmente en las bondades de las políticas domésticas y en menor medida por el viento de cola externo.

En una columna reciente del colega Javier De Haedo aparece la fotografía de la gestión de los tres gobiernos del Frente Amplio, donde fulgura su primer gobierno con un crecimiento del PIB espectacular (33,2% acumulado) acompañado de ortodoxia fiscal (0,9% déficit promedio sobre el PIB). El período Mujica ya muestra al crecimiento declinando (26,8% acumulado) para caer en la actual administración al 7,9% acumulado. A su vez, el déficit fiscal promedio aumenta al 3,7% del PIB a pesar de los esfuerzos para contenerlo a través de aumentos sustanciales de la presión fiscal.

Disipados lo vapores de una década fulgurante e irrepetible, lo que muestra el escenario internacional, salvo la región, no es tan malo. China sigue creciendo y lo más importante, comprando. Estados Unidos lo hace a tasas récord, y sus escarceos proteccionistas hasta el momento no han generado efectos sustanciales. Los precios de las materias primas y alimentos están por encima de sus medias históricas. Las tasas de interés, aunque al alza, siguen en niveles históricos bajos. Por tanto, la retracción de la inversión directa hacia las economías emergentes es más por una cuestión de la baja rentabilidad esperada, que de aversión al riesgo.

Como efecto negativo, los efectos del ajuste de Argentina y la incertidumbre que irradia Brasil desmienten que nos hemos desacoplado de ambos países. Disminuir vulnerabilidades no es equivalente a decir que nuestro ciclo económico no es afectado por nuestro vecindario. Si incluimos la exportación de servicios, Argentina junto con China sigue siendo nuestro principal socio comercial. Brasil continúa siendo clave para algunas manufacturas de exportación y para el sector lácteo. Y el tipo de cambio bilateral sigue siendo el canal de transmisión que ata nuestro ciclo económico con el de la región.

La pregunta que surge es si la consolidación fiscal buscada se hará solo con el abatimiento del gasto nominal, o debe ser ayudada fortaleciendo la tasa de crecimiento del PIB, para aliviar la severidad del ajuste (o consolidación fiscal en léxico gubernamental). Y sobre esa disyuntiva es que deberá operar la nueva administración, pues estamos hablando de un monto importante que para lograrlo implica recorte de gasto, más impuestos o el alivio que aporta la generación de recursos a través de más crecimiento. Más allá de las justificaciones del gobierno de que seguimos creciendo a pesar de todo, la realidad es que el ritmo actual (1,8%) es insuficiente. Debiera fijarse como meta retornar al menos a su potencial de crecimiento del 3%.

Eso implica que las propuestas de política incluyan ese objetivo como vía de coadyuvar a la sostenibilidad fiscal. Lograrlo responde a una batería de políticas que apuntan a la mejora de la rentabilidad de las inversiones y la productividad global.

Como punto de partida, al tipo de cambio se le debe dotar de más flexibilidad permitiéndole converger hacia una relación menos distorsionada con el nivel de la región.

La política comercial debe facilitar el mejor acceso a los mercados bajo mecanismos simples, semejantes a acuerdos comerciales. Hasta el momento, los intentos totalizadores de listas extensas han fracasado por su complejidad o impedimentos políticos. Mejorar el acceso para productos estratégicos para el país tiene un rédito similar que un TLC complejo.

Se debe abandonar el concepto de que las tarifas públicas tienen una dimensión fiscal. Estas deben reflejar el precio de un insumo sin desvíos mayores a su paridad internacional, pues ignorándolo se afecta la productividad de las empresas.

Por último, es necesario inyectar un shock de inversión privada, hoy decaída, a través de un programa similar al que se ha pactado con UPM II, con el aditamento de que no haya mínimos relevantes ni sector de actividad excluido. No hacerlo es discriminar al resto del universo de inversores potenciales, incluidas las Pymes locales.

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