Paulo Levy - Economista brasileño

Brasil: Recesión e inestabilidad

La economía brasileña atraviesa, tal vez, la peor recesión de su historia. En el tercer trimestre, el PIB cayó 1,7% frente al trimestre anterior y 4,5% en comparación con el mismo período de 2014. El descenso acumulado en el año ya es de 3,2%. La economía no crece desde el inicio de 2014 y las perspectivas son que este desempeño negativo se extienda hasta mediados de 2016.

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No había dudas de que la economía brasileña tendría que pasar por un ajuste a lo largo de 2015. La reversión del "súper ciclo" de los precios de las materias primas, junto con los desequilibrios fiscales y externos acumulados durante los últimos cuatro años, impusieron la necesidad de aumentar el superávit primario del sector público, corregir tarifas y precios controlados por el gobierno y ajustar los tipos de cambio e interés, en este caso, para reducir la inflación al nivel fijado como meta por el BC. Sin embargo, la contracción de la actividad económica ha superado lo previsto.

El cuadro recesivo se vuelve más agudo si se considera que la inflación se aceleró a lo largo de 2015, superando el 10% anual en noviembre, lo que no sucedía desde noviembre de 2003. En el mercado laboral, la tasa de desempleo en las principales áreas metropolitanas alcanzó al 7,9% de la fuerza laboral en octubre, cuando un año antes había sido de 4,7%. La ocupación cayó 3.5% y el ingreso promedio real de los trabajadores, el 7%. La masa real de los ingresos obtenidos, por lo tanto, cayó 10,5% en el período.

A ese cuadro de alta inflación y disminución del empleo y los ingresos, se añaden las restricciones del crédito. Como resultado de un fuerte crecimiento del endeudamiento de los hogares en los últimos años, su ratio de apalancamiento se incrementó de 21,2% a 46% de los ingresos, mientras que el compromiso de los ingresos con el servicio de la deuda se incrementó de 17,2% a 21,2% entre septiembre de 2005 y septiembre de 2015. En octubre, los nuevos préstamos del sistema financiero a hogares y negocios fueron 16,5% y 19% menores en términos reales, respectivamente, que en octubre de 2014. El consumo de las familias refleja duramente esa imagen: cayó un 1,5% respecto al segundo trimestre y acumula un descenso del 6% desde el comienzo del año. Parece ser el final de la fiesta —también conocida como "el ascenso de la clase media"— que comenzó en 2004 y a lo largo de la cual el consumo fue el principal motor de expansión económica, con un crecimiento en promedio de 5% anual hasta principios de 2014. El comercio, que había sido uno de los sectores principales de la expansión del empleo, pasó a despedir. Las ventas minoristas cayeron en el tercer trimestre un 6% en comparación con el trimestre anterior y 12% en septiembre respecto a un año antes.

Una fuerte caída de la inversión era otro de los síntomas de los desequilibrios. En el tercer trimestre, la variación fue de -4% respecto al trimestre anterior. Desde que esa trayectoria a la baja comenzó, en el tercer trimestre de 2013, la reducción acumulada de la inversión ya es superior al 20%. Durante este período, la tasa de inversión como porcentaje del PIB se redujo en 3,5 puntos, del 21,6% al 18,1%. Es importante destacar que la reducción de las inversiones de Petrobras tuvo impacto significativo en esa trayectoria.

Claramente, este desempeño no puede ser atribuido a las políticas monetaria y fiscal que se han implementado desde el inicio del año con el objetivo de reducir los desequilibrios acumulados. Es todo lo contrario: son las incertidumbres con respecto a la capacidad del gobierno para promover los ajustes necesarios que han hecho la crisis tan profunda. En particular, los sucesivos reveses que el gobierno recogió en el Congreso al no conseguir aprobar las medidas presentadas con el fin de reducir el desequilibrio fiscal —y que trajo la pérdida inmediata de grado de inversión por parte de S&P— parecen haber aumentado el pesimismo de empresarios y consumidores, lo que llevó a una retracción de su gasto de consumo e inversión y, por tanto, a una fuerte reducción de la demanda agregada.

Desde esa perspectiva, los últimos acontecimientos en la esfera política parecen indicar que el impasse que enfrenta el país tiende a extenderse todavía por algún tiempo, lo que impide cualquier mejora en la actividad económica. En especial, el inicio de un proceso de destitución contra la presidenta Dilma Rousseff, son hechos que apuntan a un empeoramiento del cuadro político.

Temas aparentemente banales, como la adopción de un nuevo objetivo de resultado primario para 2015 o la definición de los medios que le permitirían al gobierno reducir el déficit en el año 2016 con el fin de revertir la trayectoria de crecimiento acelerado de la deuda pública, encuentran feroz resistencia de intereses políticos que tratan de extraer beneficios de cada votación, lo que acaba por volver inocuas las eventuales medidas aprobadas.

La parálisis actual tiende a profundizar la recesión, en particular al impedir el encarrilamiento de las cuestiones fiscales de corto y largo plazo. Por otro lado, junto con el desempleo y la pérdida de poder adquisitivo de las familias la tensión social aumentará, añadiendo un nuevo elemento a la crisis, hasta ahora restringido a los planos económico y político. Por tanto, la inestabilidad y la incertidumbre pueden aumentar.

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