OPINIÓN

Brasil, Argentina y nosotros

Debemos remontarnos dos décadas hacia atrás para encontrar una situación tan compleja en nuestro vecindario. 

Foto: Pixabay
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Brasil y Argentina se muestran nuevamente en posiciones extremas de signo diferente. Por un lado, el país norteño comienza lentamente a crecer después de un lustro de estancamiento. Su inflación es baja (4.3%), la tasa nominal de interés de referencia del Banco Central para ejecutar su política monetaria esta en mínimos históricos, la consolidación fiscal se ha fortalecido gracias a la aprobación de legislación clave, tantas veces postergada, que reforma su sistema de seguridad social, el que por sus distorsiones drenaba al fisco y era insostenible. Al mismo tiempo, va en camino de un cambio histórico en su postura comercial proteccionista anunciando su intención de bajar el arancel externo común del Mercosur a la mitad y celebrar tratados de libre comercio con Estados Unidos y China. En otras palabras, su visión de considerar a la región como una forma de ampliar su mercado doméstico para apuntalar su crecimiento industrial pasa a segundo plano, para ir a buscar en el resto del mundo el catalizador que vigorice su crecimiento.

Al mismo tiempo, Petrobras, después de un proceso de racionalización operativa y ordenamiento financiero, junto a otros operadores privados internacionales, agregan la energía a su matriz exportadora de manera creciente. Esto convierte a Brasil en el gran polo exportador a escala global de alimentos, minerales y energía, a lo que agrega su intención de abrir su mercado doméstico y hacer competir a su sector industrial con el resto del mundo. Son cambios copernicanos en la postura tradicional de ese país, cuyas consecuencias aun no han manifestado su potencia sobre nuestra región.

Por otro lado, Argentina se encuentra en un polo opuesto. La administración Fernández intenta superar una crisis, resultado de errores del gobierno anterior que potenció a su vez una crisis heredada. Y lo está haciendo recurriendo a una mezcla de remedios viejos, medidas heterodoxas que en el corto plazo pueden aliviar situaciones extremas, pero que no constituyen una estrategia de crecimiento de largo plazo sostenible.

A la dupla indomable déficit fiscal-inflación, presente desde hace más de una década, se le agregan restricciones para financiar la balanza de pagos. Todo enmarcado en una crisis de endeudamiento externo que cercena su capacidad financiamiento y arrincona a la política económica a utilizar solo dos instrumentos para quebrar a la inflación: reducir el gasto, aumentar impuestos o ambos. Al momento, el curso de acción adoptado es la rebaja en términos reales de las jubilaciones, modificando sus criterios de ajuste respecto a la inflación y el aumento de los impuestos a las exportaciones. Como fórmula para dinamizar el crecimiento, el proteccionismo a través de modalidades diferentes, como la manipulación cambiaria o para arancelaria. Aunque aún se desconocen todos los componentes de la estrategia del gobierno, todo apunta al retorno de políticas fallidas para lograr los objetivos de crecer con una macroeconomía estable. La vieja dicotomía de gravar las exportaciones —en particular las agropecuarias— para financiar el gasto público, ha frenado el crecimiento y le dio inestabilidad a las finanzas públicas al atarlas a los ciclos de precios internacionales.

Como si fuera poco, tiene por delante reestructurar nuevamente su endeudamiento externo. Aquí la cuestión no es tan solo obtener alivio de los acreedores dadas las dificultades de pago, sino hacerlo de tal manera para que retornen prontamente, refinanciando vencimientos del sector público y aportando recursos para el sector privado. Desarrollos cruciales para el crecimiento como el de Vaca Muerta, requieren de aportes significativos de financiamiento e inversión directa externa. Y algunas de sus condiciones necesarias para su concreción son el respeto de los contratos, la libre operativa del mercado de capitales y la transferencia irrestricta de dividendos y utilidades.

Esto plantea un panorama regional complejo por el choque de dos realidades antagónicas. Dejando de lado lo ideológico y concentrándonos en lo económico, los dos socios principales del Mercosur anuncian rutas divergentes en materia de política comercial que tensionarán su funcionamiento, llegando a su ruptura.

Brasil hoy interpreta que la región es subsidiaria respecto a la profundidad de los mercados que ofrece el resto del mundo. Eso lo constató cuando se convirtió rápidamente en potencia global agroexportadora y minera de la mano de China. En tanto, su sector industrial languideció al dedicarse solo a su mercado doméstico y al regional, al amparo de la protección del arancel externo común del Mercosur. También se ha inmunizado de los shock negativos provenientes de la región. La crisis argentina no le hace mella ni en lo cambiario ni tampoco sustancialmente en lo comercial. En cambio, Brasil sí afecta al resto en uno u otro sentido. Los efectos de su devaluación de enero de 1989 y lo que catapultó después, son un recordatorio para todos.

Esto implica que el nuevo gobierno deberá transitar por un corredor complejo y estrecho ceñido por las dinámicas divergentes de ambos países. Se abre un tiempo de reacomodos que tendrán la dimensión de cambios estructurales en materia de política comercial impulsados por Brasil, para lo que debemos estar alertas. Y prestar atención al devenir macroeconómico de Argentina, a la cual seguimos atados y cuyos vaivenes son impredecibles.

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