Jorge Caumont

El atraso cambiario y el bienestar

No hace mucho tiempo, las autoridades brasileñas y hasta la presidenta de Brasil se quejaban que Estados Unidos depreciaba su moneda y que por eso la competitividad de la producción brasileña, sobre todo la industrial, era baja. Se indicaba que Estados Unidos competía deslealmente en el mercado internacional.

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La presidente Rousseff defendió el ajuste en marcha. Foto: Reuters

Hoy la situación es diametralmente opuesta: el dólar sube y el real baja. ¿Estará provocando entonces Brasil una competencia desleal en el comercio internacional de modo de promover sus exportaciones industriales y evitar la competencia de los productos importados? ¿O Dilma "vendía humo"?

Estados Unidos.

Es bien sabido que cuando un país tiene problemas para crecer y no existen presiones inflacionarias, se usan políticas monetaria y fiscal expansivas. Aumentar el gasto público y bajar impuestos es realizar ese esfuerzo fiscal cuando el resultado de las cuentas públicas lo permiten. Crear dinero y tratar que las instituciones bancarias actúen en igual sentido multiplicando con su actividad los billetes y monedas en circulación, es la manifestación de la monetaria expansiva.

El reflejo de esa actividad bancocentralista es la disminución de las tasas de interés. Y cuando es intensa y extensa como lo ha sido —aunque cada vez menos— la de la Reserva Federal de Estados Unidos, la tasa baja próxima a cero. El objetivo del gobierno norteamericano ha sido estimular la inversión y el consumo para que su aumento impulsara el crecimiento de la producción de bienes y de servicios. Pero la disminución de la tasa de interés no vino sola.

En el caso de Estados Unidos, provocó movimientos de capitales que han salido del dólar hacia monedas de países con tasas de interés o de ganancias mayores, y la consecuencia inmediata fue la depreciación del dólar: su oferta aumentaba y su demanda caía. La producción transable de Estados Unidos se vio estimulada por una mayor competitividad. La combinación de políticas que se usaron en Estados Unidos para sacar al país de una recesión primero y del largo letargo que aún se extiende, no ha consistido ni en subsidios a su producción exportable ni en nuevas trabas a las importaciones de bienes y de servicios competitivos de su producción transable. No ha sido entonces, una política de fomento al comercio desleal.

Era de esa devaluación del dólar de lo que se quejaba el gobierno brasileño y en especial su presidenta en los foros de los BRIC (sigla del grupo de países emergentes de alto crecimiento entre mediados de 2009 y 20012: Brasil, Rusia, India y China). Pero por más que con las acusaciones brasileñas también otras naciones reclamaran el cese de la política norteamericana, desde el norte se hizo oídos sordos a una demanda dirigida más que nada a acallar las quejas domésticas de los industriales brasileños. Cargar a otros la culpa de la falta de competitividad local era simplemente un desvío de la atención de los perjudicados.

Los BRIC crecían aceleradamente hasta hace dos años y medio y sus consumidores accedían a un mayor bienestar. Pero la situación insinuaba cambios. En el caso de Brasil su altísimo crecimiento despertaba presiones inflacionarias. La respuesta de su Banco Central para sofocarlas era restringir su política monetaria. La tasa de interés aumentaba y daba impulso a un mayor ingreso de capitales financieros especulativos y mayor apreciación del real. El dólar cayó durante varios años y se apagaba paulatinamente la competitividad de la producción transable del país. La situación se volvió insostenible en el mediano plazo. Mientras Estados Unidos buscaba mejorar su actividad, Brasil contribuía a acelerar ese momento pues ayudaba a una mayor devaluación del dólar al mantener, como otros BRIC y otros emergentes, una tasa de interés notablemente mayor a la de Estados Unidos. Se creía que con una política monetaria contractiva bastaba para frenar a la inflación aunque la fiscal fuese extremadamente expansiva.

Si en momentos en que el dólar se devaluaba Brasil contribuía a ello, hoy, con el país en recesión y el dólar subiendo en el mundo, Brasil ayuda a fortalecerlo y a reducir el valor del real, su moneda. Pero ni Obama ni la presidenta de la Fed, Janet Yellen ni el Secretario del Tesoro, Jack Lew se han quejado de la devaluación del real brasileño, —incidentalmente, tampoco del rublo ruso—. Las autoridades norteamericanas no culparán a Brasil o a Rusia por la contracción que tuvo en el primer trimestre de este año en la producción norteamericana de bienes y servicios. Saben que las devaluaciones no constituyen una práctica de comercio desleal como antes Dilma lo denunciara en medio de aclamación general.

Dólar barato.

El denominado "atraso cambiario" que tuvieran Brasil y otros emergentes por el fuerte ingreso de capitales que hubo hasta el final de 2012, y que se extendiera hasta 2014 en otros emergentes, benefició temporalmente a mucha gente y ha perjudicado a otros por el significativo incremento de los salarios en pesos cuando se les convertía a dólares, sin un justificativo de mayor productividad.

Aumentó temporalmente el bienestar de los consumidores ya que el incremento de salarios, sensiblemente mayor que la devaluación de la moneda, les ha permitido comprar bienes y servicios transables con esfuerzos notablemente menores a los normales. Su situación reflejada en compras récord de autos importados, de electrodomésticos de orígenes externos, viajes y otras cosas por el estilo, se escuchó más y no dejó ver la importancia de los perjuicios que simultáneamente el atraso estaba causando a las producciones transables. El alto apoyo al gobierno de entonces fue expresión de esa situación.

Hoy lo que está sucediendo en Brasil y en otros emergentes es diferente, pues ya no hay beneficiados por la situación, la producción cae, el desempleo aumenta y el real ahora se devalúa a un ritmo que impide lo importado, que imposibilita, en realidad, el consumo de bienes y de servicios transables. Situaciones como éstas en las que se produce un pasaje de una buena situación de bienestar generada por el atraso cambiario a otra de receso y de caída del escalón anterior por adecuación del tipo de cambio son recurrentes y, como tales, conocidas.

Y si bien situaciones de ese tipo podrían ser evitables con políticas adecuadas, en la mayoría de los atenuantes del ciclo económico en que un país se encuentre, los rendimientos que el temporal bienestar provoca desde el punto de vista político en el corto plazo convencen para no erradicarlas.

En nuestro país hemos vivido situaciones como la que vive hoy Brasil. Como ocurriera cuando del bienestar que generara el atraso cambiario de 1978-1982 pasamos a una situación notoriamente opuesta. Hay evidencia abundante que el atraso cambiario favorece, transitoriamente, a los más y castiga a los menos. Pero también hay evidencia suficiente para señalar que tras cierto lapso todos son los que pierden.

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