OPINIÓN

El arte de la inconstancia

Quienes han estado observando los mercados de valores, probablemente se sientan mareados. ¡El Dow está desplomándose! ¡No, se está recuperando! ¡Momento, se ha vuelto a desplomar!

Trump: el presidente arremetió ayer contra la pandilla MS-13. Foto: AFP
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En general, tratar de explicar las fluctuaciones de las acciones es inútil. Sin embargo, en este caso, lo que sucede es bastante claro. Cada vez que los inversionistas sospechan que Donald Trump de verdad llevará a cabo sus amenazas de grandes aumentos a los aranceles que provocarían represalias en el extranjero, las acciones se hunden. Y cada vez que deciden que solo es teatro, las acciones se recuperan. A los mercados de verdad no les gusta la idea de una guerra comercial.

Entonces, ¿se avecina una guerra comercial? Nadie lo sabe, ni siquiera, o quizá particularmente, el mismo Trump. Porque, aunque el comercio es uno de los dos temas característicos de Trump, cuando se trata de hacer exigencias reales a otros países, el "tuitero en jefe" y sus asesores o no saben que quieren o quieren cosas que nuestros socios comerciales no pueden darles. No que no querrán darles, sino que no pueden darles.

Por ende, gobierna la incongruencia: el gobierno ataca con declaraciones, después trata de calmar a los mercados diciendo que quizá no lleve a cabo sus amenazas y luego arremete con una nueva ronda de amenazas.

Hablemos específicamente sobre la confrontación que tendrá o no con China. En cierto sentido, China en verdad es un mal actor de la economía mundial. En específico, se ha burlado abiertamente de las reglas internacionales sobre derechos de propiedad intelectual, haciéndose de tecnología extranjera sin el pago correspondiente. Y, para ser justos, los funcionarios de Trump sí usan algunas veces el tema de la propiedad intelectual como justificación para endurecer su actitud.

Sin embargo, si la meta fuera hacer que China pague lo que debe por la tecnología, uno esperaría que Estados Unidos hiciera demandas específicas en ese frente y también que adoptara una estrategia con el propósito de hacer que China cumpla esas demandas.

De hecho, Estados Unidos ha dado pocas indicaciones de lo que China debería hacer en relación con la propiedad intelectual. Mientras tanto, si la meta fuera obtener mejores protecciones de derechos de patentes y de otros tipos, Estados Unidos estaría tratando de construir una coalición con otros países avanzados para presionar a los chinos.

De todos modos, lo que parece realmente molestar a Trump es el superávit comercial de China con Estados Unidos, que en repetidas ocasiones ha dicho que es de U$S 500.000 millones anuales (en realidad es de menos de 340.000 millones). Este superávit comercial, según Trump, significa que China le está ganando, o robando U$S 500.000 millones al año a EE.UU.

Como mucha gente lo ha señalado, esto es "economía basura". Salvo que haya desempleo masivo, los déficit comerciales no son una sustracción de las economías que los tienen, ni los superávit comerciales una suma del otro lado del desequilibrio. En general, los déficit comerciales estadounidenses son solo el resultado de que EE.UU. atraiga más inversión extranjera de la inversión que hace en el extranjero. La política comercial no tiene nada que ver con eso.

Hace una década, el superávit de la cuenta corriente de China —una medición amplia que incluye el comercio en servicios y los ingresos de los inversionistas en el extranjero— era de más del 9% del PIB, una cantidad bastante elevada. Sin embargo, en 2017, su superávit fue de solo 1,4 % del PIB, que no es tanto. En ese mismo periodo, Estados Unidos tuvo un déficit de la cuenta corriente de 2,4 % del PIB, un poco mayor, pero también mucho menos que los desequilibrios de mediados de la década de 2000.

¿Por qué el comercio "bilateral" entre China y Estados Unidos era tan desequilibrado? La respuesta es que en gran medida se trata de una especie de ilusión estadística. China es el "gran ensamblador": ahí es donde los componentes de otros países, como Japón y Corea del Sur, se combinan para crear productos de consumo para el mercado estadounidense. Así que buena parte de lo que importamos de China en realidad se produce en otras partes.

No está claro por qué deberíamos exigirle a China que deje de desempeñar ese rol. De hecho, no está claro que China pueda hacer mucho para reducir su superávit bilateral con Estados Unidos: para hacerlo, básicamente tendría que tener una economía totalmente distinta. Esto no va a suceder salvo que tengamos una guerra comercial a gran escala que arrase con buena parte de la economía mundial como la conocemos.

Ahora, a Trump puede parecerle bien una desglobalización a gran escala, pero como hemos visto, su adorado mercado de valores odia la idea, y con justa razón: los negocios han invertido fuertemente en la hipótesis de que la economía mundial integrada llegó para quedarse y una guerra comercial dejaría a muchos de esos inversionistas tirados.

Además, la guerra comercial también devastaría a buena parte del EE.UU. rural que apoya a Trump, debido a que un amplio porcentaje de nuestra producción agrícola —incluyendo casi dos tercios de granos alimenticios— se exporta.

Es por eso que las cosas parecen tan incongruentes. Un día Trump aplica mano dura al comercio; después, las acciones se desploman y sus asesores salen en desbandada a decir que en realidad no habrá guerra comercial; acto seguido, a Trump le preocupa verse débil y tuitea más amenazas, y así sucesivamente. Llamemos a esto el arte de la inconstancia.

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