OPINIÓN

Argentina y sus impactos en nuestro ciclo electoral

Salvo un milagro político, el retorno inesperado del kirchnerismo es casi un hecho.

Alberto Fernández. Foto: Reuters
Alberto Fernández. Foto: Reuters

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Con la vuelta del kirchnerismo, reaparece el viejo fantasma de la historia argentina, encarnado en el hecho de que los gobiernos no peronistas nunca terminan sus mandatos sin sobresaltos o, simplemente, no los terminan.

En este caso, el resultado es fruto de la impericia de la administración Macri en resolver una pesada herencia de desequilibrios macroeconómicos prohijados por el kirchnerismo, resumidos en un abultado déficit fiscal, inflación elevada, reservas exhaustas, cepo cambiario, tarifas públicas con subsidios insostenibles, economía cerrada, desempleo creciente y falta de acceso al financiamiento externo. Todo eso, a pesar de haber gozado una bonanza externa excepcional debido al alto precio de sus exportaciones.

Tal escenario era la antesala de una crisis de envergadura si no se actuaba con convicción, premura y solvencia técnica. La historia muestra que ninguno de estos atributos dijo presente, dando lugar a la falsa esperanza de que, con algunos retoques macroeconómicos y liberando el acceso al financiamiento externo, se generaban las condiciones para lograr un sendero virtuoso de crecimiento económico y desde ahí, promover los espacios fiscales hacia la consolidación macroeconómica. En realidad, lo que ocurrió fue propio de novatos, haciendo que terminara todo peor de lo que empezaron. El gasto aumentó a fuerza de más endeudamiento externo y el crecimiento esperado nunca llegó. La primavera fugaz de estas políticas, tropieza siempre con los límites inexorables de la disponibilidad de financiamiento. Una vez agotado, la historia enseña que se desata una secuencia letal de crisis cambiarias, devaluación, inflación y recesión, que degenera casi siempre en crisis políticas.

Aquí también hay corresponsabilidades externas. En este caso el Fondo Monetario, cuando apoyó un programa de estabilización errado en lo técnico, pues en definitiva aportó generosamente financiamiento para contener el tipo de cambio, mientras tanto los grifos del déficit fiscal siguieron abiertos. Con ello, facilitó la postergación del ajuste necesario y dejó como saldo 57.000 millones de dólares dilapidados de endeudamiento adicional en solo dos años. Quizás en esto jugó el síndrome de no haber actuado con generosidad para mitigar la dureza de la crisis argentina de principios de siglo. También, el viento favorable que recibió la administración Macri desde el gobierno norteamericano hasta la cúpula del FMI liderada por la Sra. Lagarde. Sin dudas, una mezcla tóxica de posturas técnicas y políticas, cuyos resultados adversos siempre recaen sobre el ciudadano común, en particular en los más pobres.

El nuevo gobierno de tinte kirchnerista tendrá que resolver la herencia que le dejó al macrismo, más la carga que éste le agregó, resumidos en alto déficit fiscal, elevado endeudamiento y descreimiento a las formas sanas de hacer política. Que en el imaginario social el castigo a la corrupción no sea un tema prioritario, es uno de sus síntomas más elocuentes.

Este panorama recesivo e incierto va a afectar a nuestro sector real a través de la caída del turismo y las exportaciones que tienen como único destino a ese país. Por otro lado, resaltará el desalineamiento de nuestro tipo de cambio real con el mundo y en particular con Argentina. Una cosa es estarlo con un país vecino relevante y otra con un país lejano, aunque sea importante comercialmente. La cercanía magnifica los impactos y la velocidad de transmisión de los desequilibrios.

Esto plantea desafíos adicionales a los líderes políticos en plena campaña electoral, pero sobre todo a quienes ejercen la administración actual. A los primeros, lo que ocurre en Argentina es un llamado de atención a lo que no se debe hacer. Quedó demostrado que el aumento paulatino del déficit fiscal y el endeudamiento, cuando cruzan ciertos umbrales, son difíciles de domeñar. Por tanto, recomponer los equilibrios macroeconómicos debe ser el tema prioritario en los programas de gobierno. No hacerlo, conlleva inexorablemente a situaciones complejas, con altos costos sociales que recaen siempre en los más pobres.

Por otro lado, la larga transición electoral que nos caracteriza hace que de ahora en más, los responsables de la conducción económica tengan una carga adicional entre manos. Es decir, maniobrar con pragmatismo y solvencia para facilitar la absorción de los impactos de la nueva coyuntura regional. La futura nueva administración ya tendrá ardua tarea para dinamizar una economía estancada, con fuerte desempleo, déficit fiscal elevado y atraso cambiario.

Por tanto, la conducción económica debiera alejarse del debate electoral, concentrando su gestión en lo que le compete, máxime cuando estamos inmersos en un contexto externo complejo e incierto, que justo se explaya en nuestro largo ciclo electoral.

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