OPINIÓN

Argentina es un gran signo de interrogación

La suba del tipo de cambio de las últimas semanas —que por momentos se tranquiliza— preocupa por la rapidez con que se produce, aunque por ahora no sabemos si es el inicio de otra crisis cambiaria o solo un reacomodamiento por el retraso que tuvo en los últimos meses respecto a la inflación. 

Mauricio Macri. Foto: AFP
Mauricio Macri. Foto: AFP

En efecto, la política de aumento cero de la base monetaria comenzó a aplicarse en octubre del año pasado, y entre ese mes y enero de 2019 el tipo de cambio promedio mensual cayó 3,3%, en tanto que la inflación sumó 14,8%, casi 14 puntos porcentuales de caída del tipo de cambio en términos reales descontando la inflación de Estados Unidos.

La combinación de una alta tasa de interés y caída del tipo de cambio real afectó el sector real de la economía. La suba fenomenal de la tasa para frenar la corrida cambiaria de 2018 generó una muy fuerte recesión que sigue reflejándose en los indicadores de actividad. Por ejemplo el Índice de Producción Industrial de FIEL mostró una caída del 8,5% en enero de este año respecto a enero de 2018. Una caída muy importante considerando las bajas que ya se vienen produciendo. Es como si por ahora la recesión no estuviera encontrando un piso.

Por otra parte, el Estimador Mensual de Actividad Económica de diciembre, que es un indicador que anticipa la evolución del PIB, dio una caída del 7% en diciembre, acumulando 9 meses consecutivos de caídas interanuales y una baja del 2,6% en 2018.

Es probable que en un par de meses los indicadores de actividad dejen de mostrar caídas tan dramáticas, pero no se visualiza una recuperación económica importante de aquí a las elecciones.

Lo cierto es que la economía argentina lleva 8 años de estancamiento económico. El PIB se encuentra prácticamente en el mismo nivel que tenía en 2011. En el segundo mandato de Cristina Fernández, el producto aumentó a una tasa del 0,4% anual y es probable que con Macri, estimando crecimiento cero en 2019, termine cayendo un 1 o 2% en todo el período.
Si miramos el PIB per cápita en dólares constantes de 2010 para evitar las distorsiones de los saltos cambiarios, el producto bruto de Argentina también está estancado desde hace 7 años y no cambiará demasiado cuando se tomen los datos definitivos de 2018.

Si bien la economía argentina tienen regulaciones absurdas, en otros momentos con la eliminación de ciertas regulaciones como los controles de precios, controles de cambios y financieros, la economía se recuperaba rápidamente aunque no entrara en una senda de crecimiento de largo plazo. Es que el nivel de gasto público viene frenando desde hace décadas la economía argentina, pero ahora ya no basta con eliminar el cepo cambiario y liberar los precios de las barbaridades de Moreno para que la economía crezca. Ahora el gasto público ha llegado a niveles récord que impide toda posibilidad de reactivación y menos de crecimiento. Si en el pasado el nivel de gasto público era un obstáculo para crecer, hoy ya es una carga tan pesada que termina de destrozar al sector privado.

A mi juicio, hay tres grandes factores que no permiten imaginar una senda de crecimiento de largo plazo hasta tanto no se remuevan y aun así llevará tiempo poder crecer. Los tres factores son:
1) Nivel y calidad del gasto público
2) Presión tributaria
3) Imprevisibilidad en las reglas de juego

La contracara del gasto público récord es la fenomenal carga tributaria, que incluso es insuficiente para financiar el gasto público y por eso hay que recurrir al endeudamiento.

Finalmente, nuestra tradición de inseguridad jurídica deriva, justamente, de los imprevisibles cambios en las reglas de juego que aplican los gobiernos para hacerse de fondos para financiar el gasto público y disimular la inflación en forma transitoria.


En este contexto, tenemos por delante un horizonte muy confuso. Por un lado la amenaza de la vuelta del kirchnerismo que implicaría retroceder cuatro años en materia de calidad institucional. Por otro lado tenemos a un peronismo no k que solo parece tener a Lavagna como candidato con más chances. No obstante, con el respeto que me merece Lavagna, mi impresión es que está sobrevendida su imagen sobre lo que realmente hizo luego de la crisis del 2001/2002. En otras palabras, Lavagna llegó cuando ya Remes Lenicov había hecho gran parte del trabajo sucio con la devaluación, la pesificación asimétrica, el salto inflacionario licuando el gasto público y el default que había anunciado y festejado Rodríguez Saá, junto con gran parte del Congreso.

De esta forma, Lavagna llega al ministerio de Economía con parte de las cuentas públicas mejoradas porque no se pagaban intereses de la deuda por el default, y las jubilaciones y los sueldos estatales fueron licuados gracias el salto inflacionario. Encima tuvo la suerte de llegar al ministerio cuando comenzaba a subir la soja; un escenario con un tipo de cambio más alto, precios de la soja mucho mejores (De la Rúa tuvo un precio promedio de la soja de U$S 150 la tonelada) y retenciones a las exportaciones que le aportaban caja para financiar un gasto publico licuado por Remes Lenicov. Dudo que ahora Lavagna logre repetir su “hazaña” con la herencia k más la herencia Cambiemos.

Finalmente, la tercera opción electoral que hoy tiene Argentina es Cambiemos, que puede asegurar que no vamos a ser Venezuela en términos institucionales, pero no sabemos qué va a hacer en materia de política económica. No se ve a un gobierno decidido a tomar el toro por las astas y, si logra renovar el mandato, la gran duda es si no van a creer que el resultado electoral justifica la inacción en materia de reformas estructurales.

Hoy, Argentina, es un gran signo de interrogación.

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