OPINIÓN

Argentina en otro cruce de caminos

Los acontecimientos recientes en Argentina, confirman que en política económica se puede hacer lo que se quiera, salvo evitar sus consecuencias.

Christine Lagarde, directora del FMI. Foto: Reuters
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En este caso, la herencia kirschnerista identificada por un déficit fiscal del 7% del PIB financiado con emisión monetaria, inflación rondando el 40%, presión fiscal cercana al 37%, atraso cambiario y tarifario significativo, exigía correctivos ineludibles para evitar una situación que mutara en lo inmanejable.

Instrumentarlos era el principal desafío para quien sucediera a aquel gobierno. También para el sistema político circundante, que debía apoyar los correctivos necesarios. En tanto, debía aceptar esos correctivos una sociedad de por sí volátil en sus reacciones ante lo adverso, dividida por una brecha política azuzada en estos últimos años y con su memoria cargada con los efectos de crisis económicas recurrentes. Sin duda, un coctel complejo que limita los márgenes de maniobra para reencauzar desequilibrios macroeconómicos severos dentro de un margen de tiempo escaso. También fue el caldo de titubeos y dilatorias que desnudaron la falta del ancla fiscal.

Es desde aquí que entra a jugar el arte de hacer buena política, donde los yerros pasan siempre la factura, y hacer lo necesario implica consumir capital político, sin miramientos. Lo sucedido en las últimas semanas fue mezcla de falso optimismo, dilución de liderazgo y responsabilidades en la conducción económica, junto al empujón final de un leve cambio de humor en la situación internacional, que terminó con una corrida cambiaria.

Su optimismo se basó en la recuperación del crecimiento económico de la mano de la inversión externa sin reencauzar la macroeconomía, hecho sustentado por la inversión directa extranjera y el abundante financiamiento externo. Eso posibilitaría introducir reformas gradualistas que facilitaran el apoyo político y la reducción de las resistencias ciudadanas.

Los hechos mostraron que no se dio el crecimiento esperado, la inflación siguió persistente y el financiamiento externo, facilitador de esa estrategia, claudicó.

En estos temas la historia se repite. Un hecho lejano como el cambio de postura de la Fed hacia una política monetaria restrictiva expresada en tímidas subas en la tasa de interés, fue el detonante que dio por finalizada la etapa del realismo mágico de política económica argentina. Pretender birlar la consolidación macroeconómica como condición previa al crecimiento es una propuesta mal diseñada, además de riesgosa.

Hoy nos encontramos con que se reconoce explícitamente en el gobierno, en medios políticos, periodísticos y hasta en amplios sectores de la población, que una sociedad no puede gastar más de lo que se genera. La corrida cambiaria actuó como despertador, alertando el riesgo de recaer en miserias pasadas.

El gobierno reaccionó correctamente yendo al Fondo Monetario, pues implica que abandonó cierto estado de negación en el que estaba sumido reconociendo la gravedad de la situación actual. Con ello se está abocando al diseño de un programa de gobierno destinado a corregir desbalances serios, transitando un sendero virtuoso cuyo destino es el encuadre de la macroeconomía.

Sin dudas es un primer paso en la dirección correcta, pero nada más. Falta mucho para evaluar sus alcances y mucho más para ver sus resultados, pues éstos dependen de la ejecución del programa respectivo.

En esta nueva etapa, todo depende del liderazgo político que ejerza el Presidente Macri en su instrumentación, sin medir costos electorales cuando sea necesario aplicar medidas impopulares pero necesarias. Rebajar el nivel actual de déficit de cerca del 7 al 3% del PIB, como se ha anunciado en el seno de una sociedad acostumbrada al desborde en el gasto, será un enorme desafío. Pero es necesario e ineludible.

Sin duda que este tránsito tendrá efectos adversos temporales sobre nuestro país, pero de magnitud muy menor y diferente al del contagio recibido a principios de este siglo.

El recorte del gasto argentino significará menos demanda por nuestros servicios turísticos y exportaciones de bienes hacia ese destino. La resolución de su desequilibrio económico implicará una nueva paridad cambiaria bilateral que mejorará nuestra capacidad de compra en ese país. Por tanto, por vías diversas una parte de nuestro consumo doméstico se desplazará hacia Argentina. Eso implica menos recaudación fiscal, presión a la baja de los precios de los bienes de consumo, un freno a la actividad comercial y a sus áreas conexas. El sector construcción en las áreas turísticas, dependiente de la demanda argentina también decaerá, presionando también a la baja los precios en el mercado de viviendas.

Los canales de contagio a través del sistema financiero están cerrados gracias a regulaciones del sistema bancario apropiadas. Por tanto, corresponde recalcar que una crisis por contagio a la manera del 2002 está descartada de plano.

Haber entrado en el camino correcto no implica que no habrá sobresaltos en la búsqueda de la consolidación fiscal. El ámbito externo menos favorable achicó los espacios para disimular errores o dilatar las medidas de ajuste. También, a pesar del susto, tensionará aun más un ámbito político ya tenso. La economía ya habló advirtiendo lo que puede ocurrir si no se actúa con premura y sin titubeos. Sin duda, es la hora de la política argentina.

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