Opinión

Apuntar a las razones para no perder el tren nuevamente

El mundo convive entre los estertores de una época que no acaba de morir, y de otra que no acaba de nacer. 

Foto: El País
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Trenzados en ese fárrago de tensiones, actúan en consecuencia las grandes potencias, se deshilacha el multilateralismo en todas sus versiones como forma de resolver conflictos y asoma el desconcierto generalizado disfrazado de pragmatismo, de cómo recuperar una institucionalidad internacional estable que ayude a disipar tensiones, tanto sean políticas, comerciales o financieras.

Este escenario, que muchos esperamos no sea más que una etapa de transición hacia uno más estable y predecible, alejado de guerras comerciales y focos de tensión internacional puntuales pero urticantes por su poder desestabilizador, es sumamente peligroso para economías emergentes como la nuestra. Es que en ellas se magnifica el impacto de los shocks externos, en particular los de índole comercial y financiero.

Para entender cómo se llego hasta aquí, es necesario reconocer que la época nacida después de la segunda posguerra, caracterizada por la bipolaridad entre el orden capitalista y el socialismo real, concluyó desde lo geopolítico con la caída del muro de Berlín. En lo financiero, su estructura cambió drásticamente una vez que en 1971, la administración Nixon permitió que el dólar desligara su paridad fija respecto al oro y comenzara a flotar respecto a otras monedas. De ahí a la movilidad autónoma de capitales privados solo hubo un paso, y desde ese momento las crisis de endeudamiento de las economías emergentes mostraron una versión perniciosa de la globalización, cuando en los paises deudores reina la displicencia fiscal.

Eso marcó el declive del Fondo Monetario como entidad con la capacidad de fuego (recursos) para resolver crisis de balanza de pagos de magnitudes impensadas al momento de su creación. Hoy puede ayudar a resolver un conflicto a la vez, prestando recursos muy por encima de lo que permiten sus estatutos (caso actual de Argentina) pero está incapacitado para hacerlo si la crisis es de índole regional y menos si se trata de un país desarrollado.

Algo similar ocurrió con el multilateralismo dedicado al comercio y a la resolución de sus conflictos. El ocaso de la Organización Mundial de Comercio en gran parte se explica por la aparición de nuevas potencias que marcaron nuevas realidades comerciales (China), o que adquirieron peso político internacional (India), o dejaron fuera o limitaron de la negociación multilateral sectores importantes como la agricultura (Unión Europea). Todo ello fue parcelando los alcances del multilateralismo, para llevarlo a su empantanamiento institucional y político actual.

Esta nueva globalización desencantada con el multilateralismo, puede interpretarse como la búsqueda de caminos hacia la nueva institucionalidad del siglo XXI, la cual estará caracterizada por la reinserción plena de Oriente en un plano de igualdad, tanto en lo político, lo económico y hasta aventuraría a decirlo, en lo filosófico. El enfoque judeo cristiano de interpretar y hacer historia occidental deberá amoldarse a la forma de hacerlo de más de la mitad de la humanidad, si es que queremos llegar a una nueva globalidad estable en todas sus dimensiones. No entenderlo y por ende no actuar en consecuencia, es un acto de arrogancia de enormes riesgos.

En esos caminos de búsqueda y desconcierto aparece siempre el descontento que se sublima en el reduccionismo de las soluciones, como lo son el Brexit o la guerra comercial entre potencias como forma instantánea de lograr supuestas ventajas. De esos movimientos pendulares de alianzas-conflictos se nutrió toda la historia del mundo occidental en los últimos cinco siglos. Y de ahí también se constata que un mundo operando con reglas de mercado y una institucionalidad que fortifique la globalización, es el mejor vehículo para reducir la pobreza y mejorar el bienestar general.

En esa peripecia quedó también entrampado el Mercosur y por ende, nosotros. Unos dicen porque no nos dejaron salir; otros entendemos que también faltó actitud para hacerlo o buscar sucedáneos.

La realidad es que la aparición de China generó una nueva forma de dependencia comercial, pues se convirtió en el principal cliente y émbolo dinamizador del Mercosur. Realidad que es bienvenida, pues sin su aporte no se explica el crecimiento fenomenal de nuestro país entre 2004-2014 y el mantenimiento actual de nuestras exportaciones básicas.

Pero agotado ese impulso, nuevamente afloran las limitaciones de la inserción internacional centradas en un Mercosur cerrado y al mismo tiempo perforado por excepciones, que cada país se fue dando arbitrariamente, a su conveniencia. Ya desde sus inicios dejó de lado sectores claves como la industria automotriz y el azúcar. Luego otros se fueron agregando por razones de urgencia o de contemplar intereses domésticos. También se sumaron trabas administrativas o el pago de tasas (consulares o estadísticas) por razones fiscales. En suma, un esquema donde sus socios perciben que genera más costos que beneficios. Y por tanto concluyen que hay que adaptarse a las circunstancias actuales.

Hoy, como a sus comienzos, los socios mayoritarios del bloque se reúnen a nivel presidencial para acordar cómo flexibilizar la normativa del Mercosur, para acordar individualmente tratados de libre comercio con otros países o regiones.

Sin duda es un paso parcial, dada la complejidad de los problemas a resolver. Pero va en la dirección correcta. Y otra vez la estamos viendo pasar por errores propios. Desatendimos nuestro rol de articulador en la región, hecho que nos viene dado por nuestro tamaño y prestigio internacional. También por esa postura de cierta superioridad moral que ha lucido el gobierno y su partido para juzgar a otros que no son de su palo político, desconociendo sus consecuencias ulteriores para los intereses del país.

Desandar esa postura, recuperar la iniciativa en destrabar el corsé mercosuriano y buscar alternativas de inserción internacional, será uno de los pilares de la gestión del futuro gobierno. De lo contrario, otra vez perderemos el tren.

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