OPINIÓN

Apuntalar la macroeconomía, un tema preponderante para el gobierno

Desde el pique corresponde decir que las estridencias electorales confirman una vez más la buena salud de nuestras instituciones democráticas.

Foto: Pixabay
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En estos momentos, donde imperan dudas de cómo definir ese valor sustancial, conviene reconocer una vez más el gran activo que nuestra sociedad ha logrado construir, y reconquistar cuando fue necesario, a lo largo de generaciones.

Tomándolo como punto de partida valioso e irremplazable, vayamos hacia cosas más pedestres pero de por sí importantes para saber donde nos encontramos y de ahí definir algunos de los desafíos inescapables que enfrentará el gobierno electo.

Al momento, el mapa global muestra en pleno fervor los escarceos de la guerra comercial entre Estados Unidos y China sin un curso de acción previsible, salvo la constatación del decaimiento del comercio global. Un ejemplo es la caída del abastecimiento externo de insumos a China provenientes del área asiática, los cuales corresponden a los valores de la crisis del 2008. Asimismo, las exportaciones de Alemania a ese destino también han caído, tanto en insumos como bienes terminados lo cual repercute en el crecimiento del país líder de la UE. Por otro lado, el camino hacia un Brexit a toda costa dentro de 90 días, agrega más incertidumbre y adelanta los efectos de una transición que, en el corto plazo, tendrá costos profundos y durables.

Como respuesta, tanto Estados Unidos como la Unión Europea han optado por extender y profundizar su política monetaria sumamente laxa, llevando el costo real del dinero a niveles cercanos a cero o negativo en algunos casos. Bajo distintas versiones o modalidades, esta postura expansionista cumplió una década sin que se generaran presiones inflacionarias lo cual echó por tierra paradigmas sobre los efectos de este tipo de políticas sobre la inflación. Ahora, el tema en ambos casos es promover crecimiento rebajando la tasa de interés, para lo cual no hay límites de endeudamiento como en el caso de la expansión del gasto fiscal, pues no se requiere autorización parlamentaria. Se ha entrado en un territorio nuevo en la ejecución de políticas monetarias con efectos globales, cuyo resultado final es incierto. Lo que sí sabemos es que ello debilita el valor del dólar y el euro, lo cual podría asimilarse a una forma de ganar competitividad externa respecto al resto del mundo, en este caso China y también las economías emergentes. Es una forma solapada de entrar en el juego de devaluaciones competitivas, que al final no conducen a nada, salvo agregar distorsiones.

Otro de sus resultados es el retorno de capitales hacia las economías emergentes buscando rendimiento, lo cual aprecia sus monedas y le resta competitividad externa. Es un problema recurrente sin solución adecuada. Una fórmula de compensación robusta, es que al mismo tiempo que se revalúan las monedas por la entrada de capitales, se produzca una caída compensatoria en el precio nominal de los bienes no transables, entre ellos los salarios. Algo inviable políticamente, pero que desnuda una de las dificultades que el entorno internacional seguirá irradiando sobre economías como la nuestra. Esta realidad tiene bifurcaciones múltiples pues en ella se entrelazan la rentabilidad empresarial, la competitividad externa y la formación de los precios domésticos. El financiamiento barato será su contrapartida positiva, aunque el signo de sus efectos depende de su uso. Usarlo para financiar gasto corriente como se hace frecuentemente, hipoteca el futuro.

Entre tanto, lo mejor que se puede esperar del ámbito regional es que su situación macroeconómica actual no se deteriore aun más, riesgo que existe si el actual gobierno argentino no es reelegido, a pesar de las limitaciones mostradas para lidiar con el tema. Una vez más, ese país recayó con otra postura macroeconómica difícil, de resolución compleja y que llevará tiempo, todo lo cual lastrará el crecimiento potencial de nuestro país. En Brasil, el pasaje de la reforma de la seguridad social, con prognosis positiva, es la clave de la consolidación fiscal y de la recuperación del crecimiento. Pero de ocurrir será paulatino, según lo proyecta el FMI (2,2% para el 2020).

En casa, la puja electoral oscila entre quienes toman como punto de partida la crisis de principio de siglo y consideran como logro los resultados actuales, pues se ha consolidado un piso inamovible donde con retoques, se recupera el crecimiento alicaído, el cual genera espacios para profundizar las políticas sociales. En el otro extremo, y sin desatender la necesidad de la consolidación fiscal, las propuestas se concentran en temas como la modernización de la educación, el mejoramiento de la seguridad y el apoyo a los sectores productivos.

De todas maneras, tengo la impresión que en la mayoría de los casos no se le ha dado la dimensión necesaria a los desafíos macroeconómicos que acechan. Es cierto que la situación social a raíz de la crisis de principios de siglo era difícil. Pero superarla estuvo facilitado porque el nuevo gobierno heredó una situación macroeconómica ordenada que le dio espacio para instrumentar las políticas sociales adecuadas. Y eso se resumía en que la economía ya estaba creciendo, su tipo de cambio real facilitaba la competitividad externa y sus cuentas fiscales presentaban un superávit primario del 3,5% (antes de pagar intereses) que el Frente Amplio mantuvo durante buena parte de su primer periodo de gobierno y que luego se fue erosionando a pesar de la bonanza externa. Hoy, nos encontramos con un déficit fiscal abultado (4,8%), alto endeudamiento, nivel de tipo de cambio real atrasado y una coyuntura externa al menos compleja.

Es obvio que hablar de estos temas no tiene gancho electoral y que por tanto quedan en la trastienda del debate. De todos modos, corresponde reiterar que sin apuntalar primero el tema macroeconómico, todo lo otro no será factible. Con la advertencia que el marco externo no jugará a favor.

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