LUCILA ARBOLEYA

Aprender a aprender

El crecimiento anual de los países de América Latina y el Caribe (ALC) mostró en promedio buenos resultados en la última década.

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Telefonía móvil facturó US$ 415,9 millones en seis meses. Foto: EFE

Sin embargo, en los últimos 50 años hasta 2011 ALC creció a menor velocidad que otros países o regiones y prácticamente no hubo aumento de productividad.

La tasa de crecimiento del PIB per cápita de ALC entre 1960 y 2011 fue de 1.79% mientras que la de Estados Unidos (EEUU) fue de 1.99%, la de Asia del Este 3.69%, y la de China 6.04% (según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo de 2016 (1)). El informe muestra que la productividad en ALC (2) durante ese período fue prácticamente nula. Con respecto a EEUU por ejemplo, la productividad de ALC en 1960 era un 73% de la productividad de EEUU en ese año, mientras que en 2013 sólo fue de un 51%.

ALC creció porque logramos acumular factores productivos ("cosas"), pero no aprendimos cómo hacer para producir nuevos productos ni cómo producir los mismos productos de mejor manera. No aprendimos a aprender.

Uruguay no es la excepción. El país tenía y sigue teniendo un modelo productivo poco diversificado y muy dependiente de recursos naturales (con poco valor agregado). El nivel de complejidad de los productos uruguayos en 2014 es muy similar al de principios de los años 80s. Según el índice de complejidad económica (ECI por su sigla en inglés (3)), Uruguay tuvo un salto en términos de complejidad productiva en los 70s, pero el nivel de complejidad se ha mantenido relativamente incambiado desde entonces.

El problema es que para aprender a hacer nuevas cosas, o innovar en procesos, hay que invertir. Existe consenso sobre la correlación positiva entre la inversión en desarrollo (I+D), innovación y productividad. Sin embargo, las empresas no siempre tienen incentivos a hacerlo. A veces las empresas invierten poco en I+D (en relación al nivel óptimo) porque (i) no internalizan los efectos positivos que su inversión genera sobre la economía a nivel agregado, (ii) porque no saben en qué invertir o (iii) porque no están seguras de poder "apropiarse" de los potenciales retornos de dicha inversión.

Pero la innovación y la productividad importan.

El informe del BID señala que "la productividad laboral de empresas innovadoras en América Latina es, en promedio, un 50% más alta que la de las que no innovan".

Si bien la innovación en general se asocia con el sector privado, los gobiernos tienen un rol fundamental. El iPhone de Apple por ejemplo —epítome de la tecnología en los últimos años— incluye una pantalla táctil, GPS e internet, tres elementos que fueron originalmente desarrollados con apoyo y financiamiento públicos.

Sin embargo, en Uruguay esto está lejos de ser una prioridad. En promedio el mundo invierte un 2.12% del PIB global en I+D (estadísticas del Banco Mundial para 2013). Uruguay en cambio invierte un 0.32% del PIB, comparado con 0.27% en 1996. China por ejemplo pasó de 0.57% en 1996 a 2.01% en 2013. Estados Unidos pasó de 2.44% a 2.73% en el mismo período.

Las empresas por sí solas tienden a invertir un nivel inferior al óptimo, por eso es tan importante que el gobierno promueva y apoye la inversión en I+D e innovación.

El gobierno debe promover políticas y generar incentivos que nos ayuden a aprender a aprender. Esto implica invertir en innovación o en apoyar a empresas que quieren innovar. Pero también en promover políticas que generen una reasignación de recursos hacia sectores con mayor potencial de aprendizaje.

Además, los programas deben ser mejor publicitados. El informe del BID revela que "sólo un número limitado de empresas de América Latina utiliza los programas e instrumentos públicos destinados a promover innovación".

La evidencia sobre ALC también muestra un panorama de alta heterogeneidad entre empresas: existen pocas empresas muy productivas entre muchas empresas de baja productividad. Los países de la OCDE presentan un patrón similar: la productividad de las empresas en la frontera de producción sigue aumentando fuertemente mientras que a nivel general la productividad se ha enlentecido. Las (pocas) empresas en la frontera suman entre 30 y 50 puntos porcentuales de la productividad(4). Este es un dato especialmente interesante dado que sugiere un bajo nivel de competencia en el mercado. La teoría económica predice que en competencia las empresas que no son productivas deberían ser sustituidas por empresas más productivas o eventualmente quedarían fuera del mercado— aunque no parece ser el caso. Pero este es un tema para retomar en otra columna.

Esta heterogeneidad implica que los programas para el apoyo a la innovación deben ser pensados y preparados, hasta cierto grado, según las necesidades de los diferentes grupos de empresas.

La productividad jugará un papel clave en los próximos años donde no se esperan altos niveles de crecimiento para Uruguay o la región. Por eso, después de 50 años sin cambios en la productividad en ALC, tal vez sea momento de cambiar la historia, al menos a nivel local.

(1) La política de innovación en América Latina y el Caribe. Nuevos Caminos. Juan Carlos Navarro y Jocelyn Olivari.

(2) Medida como la Productividad Total de los Factores (PTF).

(3) Atlas of Economic Complexity. CID. Harvard.

(4) FT. The broken technology diffusion machine.

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