Opinión

Hacia una apertura mayor

Hace ya mucho tiempo, las corrientes comerciales de bienes determinaban las paridades monetarias en el mundo. Se cuidaba por eso, el saldo comercial. El objetivo era tener un superávit o al menos, equilibrio entre exportaciones e importaciones.

Lupa. Foto: Economía y Mercado

El proteccionismo comercial con barreras a las importaciones y subsidios a las exportaciones, era además, una forma de lograr otro objetivo: el crecimiento económico por sustitución de importaciones.

Con el paso del tiempo, el afán similar al mercantilismo de siglos antes, se fue derrumbando. Desde la década de los años setenta, los movimientos de capitales pasaron progresivamente a ser más importantes en la definición de las paridades cambiarias, al tiempo que ante el fracaso de los intentos de desarrollo económico con el proteccionismo comercial, se fueron derrumbando las barreras arancelarias que procuraban expansiones económicas autárquicas.

Diferenciales de tasas de interés entre países son hoy determinantes indiscutidos de las paridades entre las monedas. Hoy nadie puede negar —pues la evidencia empírica lo demuestra— que el tipo de cambio en Uruguay en los últimos tres lustros ha resultado de la diferencia que por diversos motivos se ha venido dando, desde entonces, entre las tasas de interés en nuestro país y la tasa de interés de referencia de la política monetaria de Estados Unidos.

En esta columna no deseo tratar esto último, sino volver al otro punto mencionado al principio, recordando el fracaso del proteccionismo comercial para el crecimiento económico. Y plantear entonces aspectos que no trascienden cuando se discuten aperturas al comercio por acuerdos de distinta naturaleza entre nuestro país y otros del resto del mundo.

El análisis más frecuente ante ello va por el lado de si la eventual nueva apertura corresponde o no, dadas otras obligaciones comerciales acordadas previamente, si se perjudica a un sector, a una empresa, a un grupo de trabajadores. Aunque no dudo que lo hagan quienes negocian los acuerdos, nunca veo que se den a conocer evaluaciones que muestren claramente los beneficios y los costos de entrar en un arreglo de comercio con abatimientos arancelarios.

Observo que siempre —o casi siempre— trascienden a la población comentarios sobre los aspectos negativos de los eventuales acuerdos a firmar, lo que me lleva a creer que no se analiza o no se da a conocer por algún motivo —político, ideológico o de otra naturaleza—, la contrapartida beneficiosa que ellos traerían.

Tampoco observo que se termine evaluando la contribución que hace la apertura económica que implica un acuerdo comercial a la equidad en nuestro país, al brindar mayor acceso a bienes que no se podrían consumir sin la apertura. Es interesante esbozar esos puntos en momentos en que, de una lejana posibilidad, comienza a aumentar la probabilidad de un acuerdo comercial con China.

Un tratado de mayor apertura al comercio con esa nación tendría, ante el abatimiento arancelario bilateral, beneficios para los consumidores y para los productores uruguayos. Para los consumidores, el beneficio se originaría en los menores precios que tendrían tanto los bienes de consumo final como los insumos intermedios. Los abatimientos de precios por importaciones relativamente menos onerosas que las que se realizan desde el resto del mundo o de las propias producciones locales con las que competirían, son en beneficio de la mayoría de la población. El consumo de esos productos importados se expandiría y aumentaría el bienestar general, como lo prueba el pasaje de la prohibición de importaciones a la libertad actual.

Los consumidores dejarían de transferir ingresos a los productores locales, a los del Mercosur beneficiados hoy por el margen de preferencias que brinda el Tratado de Asunción, y al propio gobierno, ya que la recaudación por los aranceles actualmente pagados por esas y las nuevas importaciones se reducirían, aunque luego el mayor comercio interno la compensaría y en exceso. Es lo sucedido en las últimas tres décadas.

Para los productores uruguayos, el beneficio sería la apertura de un mercado inconmensurable al que no solo se exportaría más de lo actual al desaparecer gravámenes en China y lograr más competitividad por ello, sino también otros productos que hoy no llegan a ese mercado. Dado que impuestos a las importaciones son impuestos a las exportaciones vía tipo de cambio real menor a los exportadores, el acuerdo comercial lo elevaría para las ventas a todo el mundo.

Es cierto que Uruguay es parte del Mercosur y su sociedad puede ser afectada al tomarse un camino no aceptable por los socios. Pero nuestro comercio de bienes con ellos ya está afectado, desde el punto de vista de nuestras exportaciones e importaciones. Pese a la distancia que nos separa, China les supera comercialmente: significativamente en el caso de Argentina y progresivamente cada vez con mayor amplitud a Brasil.

Es una realidad que si hoy no se reconoce válida para la adopción de un camino comercial propio, más temprano que tarde será imposible esconder. Tampoco se reconocían los beneficios que traería cuando se inició la apertura comercial hace cuatro décadas y hoy son tan indisimulables que nadie piensa una marcha atrás de la todavía limitada política comercial actual. Para un país chico el mundo es el área óptima de comercio y lleva a la especialización alentada por las ventajas comparativas relativas.

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