OPINIÓN

Más apertura, más bienestar

Se sigue discutiendo sobre una mayor apertura comercial al resto del mundo. Dos posiciones encontradas derivan en un obstáculo para la concreción de algunos acuerdos de libre comercio que se vienen planteando desde hace ya mucho tiempo.

Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País
Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País

Se destaca el que se negociacon la Unión Europea, desde hace ya alrededor de diez años, que tiene un alcance multilateral pues la apertura implica relación con las numerosas naciones del bloque. También está el que se ha analizado y trabajado con Chile, cuya formalización definitiva demora a nivel parlamentario. Y entra en el escenario el tratado de libre comercio que se menciona que podría encararse con China. Tampoco nos olvidemos de la frustrada relación comercial que estuvo a punto de concretarse con la nación más importante del mundo y que cuando fue descartada, dio paso a la opción que el tiempo mostró de incalculable menor o nulo valor: un "más y mejor Mercosur".

Hay razones que, explícita o implícitamente, se manejan para postergar —indefinida o definitivamente— los acuerdos de integración comercial y son ideológicas, de desconocimiento de los efectos económicos totales de la apertura comercial, o ambas.

Aunque para justificar la decisión oficial de no proseguir con la invitación norteamericana de entrar en un tratado de comercio libre bilateral se apeló a las exigencias que para ello se incluyen en el Tratado de Asunción y se optó por no generar problemas a nivel del Mercosur, la verdadera razón de la negativa fue ideológica. Un gobierno de izquierda, aunque algunas de sus principales figuras lo deseen, no podía entrar en una relación de comercio libre con el país al que siempre la izquierda ha considerado imperialista, enemigo de las naciones "progresistas" y —como máxima representación del capitalismo— tolerante de la explotación de los trabajadores. El antagonismo entre los objetivos socialistas y colectivistas de un partido enemigo del capitalismo fue la causa fundamental para desechar la alternativa comercial, un Tratado de Libre Comercio con EE.UU.

También se rechaza o posterga indefinidamente la firma de nuevos acuerdos comerciales, por la no comprensión de los efectos económicos de una creciente apertura. Aún no se han divisado las ventajas de buscar al mundo como área óptima para el comercio de economías pequeñas como la nuestra, en lugar de insistir con la región o con la autarquía. Las restricciones al comercio perjudican a los exportadores, a los consumidores, a la inversión y al propio gobierno. Se piensa que gravando a las importaciones que vienen de fuera de la región se logra proteger a todos los productores locales, pero en la realidad se puede comprobar que los impuestos sobre las importaciones constituyen impuestos sobre las exportaciones.

Los consumidores, como los exportadores, se ven en una situación que no es la mejor. Transfieren ingresos a los productores locales o regionales que disminuirían o desaparecerían con una mayor apertura comercial y, así, podrían consumir más de los mismos bienes o de otros bienes y servicios. Su bienestar aumentaría considerablemente mientras que algunos productores locales deberían reconvertirse, encarar la misma actividad más eficientemente, dedicarse a otras o simplemente pasar a importar los productos que antes producían menos eficientemente que la competencia externa. Hoy el margen de preferencia arancelaria que favorece a los productores regionales —los de los países del Mercosur— frente a los del resto del mundo, permite que aquellos vendan en nuestro país con ventajas de precios sobre los de fuera de la región. Esa ventaja desaparecería en favor de consumidores e inversores uruguayos.

En resumen, los tratados de libre comercio tienen costos privados —probablemente los de reconversión de productores no competitivos frente a nuevas alternativas— pero desde el punto de vista social habría una ganancia muy fuerte por el lado del bienestar de la población, al disminuir transferencias a los productores locales y regionales y aumentar el consumo y la inversión, así como los ingresos fiscales para el gobierno. Los efectos señalados no se darían instantáneamente, pero es seguro que serían muchos más los beneficiados que los perjudicados, y éstos solo lo serían temporalmente. Hemos tenido ejemplos de casos similares al que se produciría aprobando tratados de libre comercio. En nuestro país se pasó de la prohibición de importaciones a la libertad para realizarlas y de altísima protección nominal arancelaria y paraarancelaria a una protección nominal sensiblemente más baja, lo que significó una protección efectiva —al valor agregado nacional— también notoriamente menor. Desde hace ya tiempo se observa que lejos de perjudicar a la mayoría, la liberalización comercial ha beneficiado a todo el país.

Es injustificable que no sigamos por el camino que una vez emprendimos y hace tiempo que no continuamos. Ya es el momento de abandonar ataduras ideológicas que imponen minorías y solo discutir el progreso que tendría el aumento del bienestar con el paso del tiempo por la firma de los tratados. Es el momento de darle mayor importancia a los efectos económicos favorables que trae siempre una mayor apertura. Si no procedemos de ese modo, se seguirán impidiendo mayores aumentos del bienestar general.

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