OPINIÓN

Amenaza temporal a la globalidad

Durante varias décadas del siglo XX y en la primera del XXI, la globalización fue muy resistida. Primero, la comercial; luego, durante el último cuarto del siglo pasado y la primera década del actual, la globalización financiera. 

Foto: Pixabay
Foto: Pixabay

Este contenido es exclusivo para suscriptores

La resistencia en los países emergentes al rumbo del comercio internacional multilateral y al de la libertad en el movimiento de capitales, se recuerda hoy como una anécdota. En nuestro país, la oposición a la globalización no solo la pregonaba la izquierda recalcitrante. También sectores políticos, económicos y académicos procuraron, infructuosamente, mantener altas barreras proteccionistas y obstruir la movilidad financiera. Hoy esa oposición ya no es tan exacerbada ni aquí ni en buena parte del mundo.

Sin embargo, hay hoy situaciones que afectan a una globalización natural. Una que no consideraré, es la de los obstáculos pecuniarios a la libre movilidad financiera que imponen reglas contra el lavado de activos. Otra es la que deriva de las acciones y decisiones del presidente de una nación en la que, desde los founding fathers, se vio a la libertad comercial y financiera como contribuidoras al bienestar general.

Antecedentes

Hasta el tercer cuarto del siglo pasado, la diferencia entre el monto de las exportaciones y de las importaciones de bienes y de servicios era el determinante de las reservas internacionales de nuestro país. Se procuraba, con alto proteccionismo arancelario y de subsidios, que las exportaciones superaran a las importaciones porque de lo contrario, al estar prohibidos los movimientos de capitales privados, los desequilibrios de las cuentas públicas se debían cubrir con emisión de moneda, con resultado inflacionario o con pérdida de reservas internacionales.

Desde hace varias décadas y hasta hoy, con mayor apertura, tanto en Uruguay como en el resto del mundo, los movimientos comerciales son notablemente menores en monto que los financieros. Menor protección comercial y el acostumbramiento a gastar más de lo que es el ingreso del país —sobre todo por el sector público— ha derivado en el reconocimiento de la necesidad pública de la apertura financiera.

Lo reciente

Los datos macroeconómicos de Estados Unidos son sólidos. La economía crece, la tasa de desempleo está en su mínimo histórico, la tasa de inflación no supera a la meta de la Reserva Federal (Fed) y las perspectivas locales son buenas. Hasta diciembre pasado, el mercado financiero internacional esperaba que la tasa de interés de la política monetaria de Estados Unidos aumentara, pues la inflación amagaba con superar la meta de la Fed. Ante ello, se aguardaba la reversión de los movimientos de capitales hacia los países emergentes; que los valores accionarios se deterioraran y que los precios internacionales de los productos básicos se contrajeran. Las expectativas reflejadas en la evolución de esas variables cambiaron notablemente cuando, desde el 1600 de la Pennsylvania Ave., se exigió duramente a la Fed que disminuyera la ya baja tasa de interés que la institución emplea y regula para solucionar problemas de actividad productiva y del comportamiento de los precios. Desde entonces, la insistencia desde la Casa Blanca para que se disminuya la tasa de interés de intervención de la Fed —lo que viene ocurriendo—, ha provocado una volatilidad importante en variables de influencia mundial: en la paridad del dólar, en los resultados bursátiles, en los precios de los títulos de deuda y en los de commodities y en otras variables por el estilo.

La desviación del libre comercio es la otra decisión del presidente norteamericano que ha influido significativamente para la volatilidad en los mercados de bienes y en los financieros.

Se ha visto que, hasta en un mismo día, las acciones y decisiones comerciales de la Casa Blanca pueden ir en sentidos diversos y hasta, en algún caso, contradictorio. Como ha ocurrido con las diferencias comerciales con China. Se le imponen aranceles de aplicación inmediata y luego se postergan hasta fin de año. Se amenaza a la Organización Mundial de Comercio con la salida de Estados Unidos de la institución multilateral, pero no se vuelve sobre el tema pese a ninguna reacción de ella. Se amenaza a las relaciones comerciales con la Eurozona y antes con el resto de los países del Nafta, pero sin razones para ello.

Consecuencias

En este contexto para las corrientes comerciales y financieras, creado por las decisiones del conductor de la principal economía mundial, es lógico que se viva una volatilidad pronunciada de las variables económicas más importantes a nivel internacional.

Nuestro país recibe consecuencias adversas y favorables. Lo favorable es el nivel de la tasa de interés de Estados Unidos que permite que el principal mal de nuestra política fiscal, su déficit, se mantenga temporalmente creciente ante un financiamiento disponible, cuya ausencia requerirá una corrección que hoy no se intenta. Lo desfavorable es la volatilidad con tendencia declinante que se impone a los precios internacionales de los productos que se exportan y los que se importan. Y es también una consecuencia no deseada en nuestro caso, la apreciación del dólar a nivel mundial, ya que al menos por un tiempo, resiente la baja competitividad de la producción transable local. Es la apreciación de una moneda que en condiciones más normales, ante una tasa de interés que baja, debería reaccionar depreciando su paridad. El presidente Trump ha pasado a ser el mayor determinante de las variables externas —no regionales—, que afectan a nuestro país.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)