OPINIÓN

Más allá de la coyuntura en materia fiscal

El último dato fiscal muestra al déficit en 3,7% del PIB en 12 meses a abril, dato más cerca de la realidad que el 3,4% de marzo, influido por subas en la deuda flotante de la tesorería, la desacumulación de stocks en Ancap y el efecto de que Semana Santa cayera en fechas diferentes en 2017 y 2018.

Bolsa con dinero. Foto: Wikimedia Commons
Bolsa con dinero. Foto: Wikimedia Commons

Es posible que, con ajustes más finos, se esté todavía más cerca del 4% del PIB: por ejemplo, la deuda flotante es aún bastante mayor, a precios constantes, a lo que fue durante los últimos años.

Tras las novedades que nos ha traído Argentina desde abril, que ahora crecerá menos y estará menos cara o más barata en dólares, nuestro crecimiento económico se verá menguado (será poco más que el arrastre estadístico más el efecto refinería), y con él, el de la recaudación. La tasa de crecimiento del gasto nominal, dominada por la del endógeno, será ahora mayor a la tasa a la que crecerá la recaudación. En una proyección pasiva, el déficit tenderá a crecer. Esto, agravado por el aumento del costo del petróleo en pesos para Ancap con relación al del momento de la fijación de los actuales precios de los combustibles.

Encima de esto vendrá la Rendición de Cuentas, donde se adelanta una vez más que no habrá aumentos de impuestos y al mismo tiempo que sí habrá algunos aumentos presupuestales. O sea que el "espacio fiscal" claramente negativo, no será un obstáculo para seguir aumentando el presupuesto.

A todo esto, desde Paraguay y Colonia se sigue manteniendo viva la meta fiscal de 2,5% del PIB para el año próximo. Y desde ya hay que dejar constancia que, a todos los efectos, los números y las proyecciones fiscales deben dejar de lado los ingresos al sector público, de desembolsos desde las AFAP como consecuencia de la ley de los "cincuentones", que los comenzará a haber desde este año. Idealmente, y para evitar confusiones, esos recursos deberían ir a una cuenta ajena a los números fiscales que analizamos habitualmente. Si no, deberemos desglosarlos y apartarlos en el análisis.

En este contexto, pensar en la viabilidad de aquél 2,5% es una utopía. Como viene la mano, hay que pensar en un piso de 4% del producto para el déficit fiscal del año que viene.

Viene al caso recordar que, en el promedio de los últimos seis gobiernos de tres partidos diferentes, entre el tercer y el quinto años se dio un aumento del déficit fiscal de 1,4 puntos porcentuales del PIB. La única excepción a la regla se dio en el gobierno de Batlle. Si sumamos 1,4 puntos al déficit de 2017 (3,5%), nos acercamos a 5% del PIB.

Juega a favor de que no se llegue a tal extremo, la nueva forma de registrar las inversiones públicas, debido al sistema de PPP: ya no al momento de ser realizadas, como otrora, sino "en cuotas". El aumento de las inversiones en el camino a las elecciones ha sido un clásico de la política desde siempre. Obsérvese que en los últimos dos años electorales la inversión pública que surge de las cuentas fiscales fue de 3,3% del PIB, bastante por encima de lo que había estado a mitad de los respectivos períodos de gobierno. Hoy día, la inversión del sector público apenas supera los dos puntos del producto y bastaría con que volviera a los niveles de 2009 y 2014 para que saltara un punto. Pero, reitero, esta vez el salto puede ser menor por la nueva forma de hacer y registrar una parte de las obras. Pero los problemas fiscales exceden largamente el número del déficit por más alto que este pueda resultar. También está la rigidez del gasto, en parte inevitable y en parte asumida como tal, aunque no lo sea si hay carácter y determinación para librar batallas al respecto. Pero también hay que tener en cuenta las magnitudes del presupuesto y de la tributación que lo financia, situadas en máximos históricos.

El año pasado el gasto público estuvo siete puntos arriba del de mediados de los ´90, con cuatro quintos de ese aumento debido a más gasto primario y un quinto debido a más intereses. Y casi todo el mayor gasto primario, debido a más transferencias. Al mismo tiempo, los ingresos del sector público no financiero subieron en más de cinco puntos del PIB, situándose en 30 el año pasado. Esto excluye lo que pagamos a los gobiernos departamentales, para completar el panorama de lo que pagamos explícitamente al estado.

Está claro que los últimos tres gobiernos recibieron un mandato tras las respectivas elecciones y que esos mandatos surgen de determinada concepción de la realidad y de la sociedad. Eso está fuera de discusión porque de eso se trata la Democracia. Pero ni mandatos ni ideologías pueden torcer realidades ni evitar impactos en la economía. El déficit fiscal y el endeudamiento son tales independientemente de los propósitos de quienes los produjeron.

Menuda tarea tendrá el próximo gobierno, si quiere y puede retomar la iniciativa en materia fiscal en lugar de la resignación y rendición en las que se ha caído. Deberá ir a un déficit no mayor a 2,5% del PIB en el promedio del ciclo económico, de modo de que se estabilice la deuda en términos del PIB. Idealmente, para ello, deberá evitar nuevos aumentos impositivos explícitos e implícitos y deberá desendogeneizar el gasto para reducirlo, que no todo el que se considera tal lo es.

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