JORGE CAUMONT

Aguardando el crecimiento

Es difícil explicar por qué debería crecer la economía uruguaya con la combinación de políticas macroeconómicas —fiscal, monetaria, cambiaria y salarial— actual.

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Divisa: la moneda estadounidense cerró la semana con aumento. Foto: AFP

Todas tienen o resultan en efectos que normalmente son contractivos de la actividad y no se modificarán en el corto plazo si, como se expresa oficialmente, la preocupación es bajar la inflación y evitar deteriorar al resultado fiscal. Es más fácil explicar por qué la producción de bienes y de servicios no declina como lo haría si, paralelamente al manejo macroeconómico interno, se dieran circunstancias externas diferentes. El motivo casi exclusivo es el bajísimo nivel de las tasas de interés de los países desarrollados y, en especial, en Estados Unidos. Esa razón explica que aún existan movimientos de capitales hacia los países emergentes y a nuestro país que mantiene altas tasas de interés arbitradas a dólares; que el consumo privado no se contraiga —aunque tampoco crece—; que la inversión no disminuya más aceleradamente y que las respuestas de varios sectores —como la industria manufacturera con ciertas excepciones, parte del agro, la construcción y el comercio—, hoy negativas, no lo sean aún más.

Contractiva.

La política fiscal reciente castiga más al ingreso disponible de los consumidores y de las empresas para gastar. Los aumentos impositivos y cuasi tributarios que se vienen aplicando y que se acentuarán al comienzo de 2017, restan poder de compra a la demanda global privada, lo que implica su reducción y un menor incentivo al aumento de la producción.

La creciente presión fiscal —que en parte disimula el crecimiento de la deuda pública— intenta frenar un déficit fiscal que ha aumentado significativamente desde 2012 a pesar de la mayor exigencia tributaria que se da paralelamente. Se podría argumentar que la mayor presión fiscal sobre el sector privado —vía impuestos, tarifas y otras medidas de efectos equivalentes— permite un gasto público con efectos multiplicadores sobre la economía, mayores a los que tienen los mismos recursos que se obtienen del sector privado. Pero ese argumento no es válido, en primer lugar, porque toda la recaudación tiene un costo insoslayable: el de los recursos que quedan en aquella parte de la intermediación que nada aporta al crecimiento económico. Declarar impuestos, liquidarlos y pagarlos exige recursos pecuniarios improductivos que son explícitos pero también otros, como el tiempo que se usa para cumplir con todas esas obligaciones y que se quitan a otras actividades productivas o al propio ocio.

En segundo lugar porque tampoco es de manera alguna reproductivo un gasto público que refleja más la intención de gasto de unos pocos —en cualquier gobierno— que el de los muchos que le financian. Éstos, con su gasto, le dan al país, la verdadera estructura productiva que debe tener y no la que central y discrecionalmente se le ocurra a la administración de turno. Es de señalar que la intervención estatal en la actividad privada para transferir recursos —sea para mejorar la distribución del ingreso, de la riqueza, aliviar la pobreza o para otros fines—, es acumulativa a juzgar por la presión fiscal creciente.

El mantenimiento para el sector privado de los recursos que se asignan progresivamente más para el financiamiento del creciente gasto público tendría mejores efectos sobre el crecimiento económico del país.

Restrictiva.

Tampoco la política monetaria se enfoca en el mejoramiento de la actividad económica. Es contractiva para atacar el problema inflacionario a través de dos vías que transmiten efectos deprimentes de la actividad económica. La primera de esas vías es el propio nivel de la tasa de interés nominal respecto a la inflación. En la medida en que supera al ritmo inflacionario de modo de abatirlo, reduce el gasto en consumo y en inversión e induce un mayor ahorro que se refleja en la actividad económica.

La segunda vía es por la atracción que genera una tasa de interés local muy por encima de la internacional o de la propia tasa en dólares local, en nuestro país tan dolarizado. Ese diferencial de tasas de interés en favor de la local genera ingreso de capitales o desdolarización especulativa que simultáneamente, con un sistema cambiario de flotación de la moneda, aumenta el valor del peso y deprime al del dólar. El resultado es menor inflación pero con menor competitividad externa para los exportables y una competencia mayor del exterior para los productores locales de sustitutivos de importación. En ambos casos los efectos sobre el nivel de actividad son recesivos.

Conclusiones.

Finalmente cabe indicar que la política salarial tanto para el sector privado como para el sector público, también impone presiones bajistas sobre el nivel de actividad, contrariamente a lo que se alega desde varios ámbitos, en particular desde el laboral sindical.

La fijación de pautas de aumento salarial por parte del gobierno central puede ser adecuada para algunas circunstancias pero lo que hoy se observa es que el desempleo crece marcando un desajuste entre lo que debería ser el salario determinado por libertad en oferta y demanda y lo que las pautas dan lugar a que sea. Reflejo también del castigo de esta política al crecimiento económico.

Como mencionaba al principio, es difícil pensar en una recuperación económica con la actual mezcla de políticas macroeconómicas pues todas ellas son contractivas.

Baste desear larga vida a una baja tasa de interés de la Reserva Federal.

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