OPINIÓN

Una Agenda “pro crecimiento”

Ya tenemos nuevo Presidente de la República y habrá cambio de partido en el Gobierno. La coalición que encabezó el Dr. Lacalle derrotó a la encabezada por el Ing. Martínez. 

Foto: El País
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Los análisis de las cifras y sus por qué, quedan para los expertos y cada uno tendrá su explicación. El país está dividido en dos mitades desde 2004 y la mitad que gobernó lo hizo en los últimos 10 años con aproximadamente un 48% de los votos. Nadie se puede llamar a engaño que el actual partido de gobierno es una coalición muy heterogénea que abarcaba desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, representada por el difunto Fernández Huidobro, con amplios sectores claramente no republicanos, donde los centristas siempre fueron minoría. En la nueva coalición que gobernará, los centristas son la amplísima mayoría y más aún los republicanos. Es claro que el actual gobierno consiguió el 39% del electorado en las elecciones donde se eligen representantes y, por tanto 3/5 de la población de algún modo no lo acompañó. En términos de votos, la coalición victoriosa tiene el 54%.

Para quienes siguen esta columna no puede ser novedad que describa los enormes desafíos que la nueva Administración deberá enfrentar. Mejorar la seguridad, reformar la educación para darle un verdadero futuro a los más necesitados y mejorar la deteriorada infraestructura son aspectos centrales que, sin dudas contribuyen en el mediano y largo plazo al progreso económico. Existe otra tarea muy relevante y es la cultural.

El discurso que emana desde el Presidente y los representantes del gobierno educa. Lamentablemente el discurso instalado, en especial desde algunos sectores del actual gobierno, sólo divide, incita el odio, el resentimiento y valora muy poco, cuando no desprecia, el esfuerzo personal. Claramente no es el caso del Presidente Vázquez, pero éste casi no habla y dejó el terreno libre para otros actores que han copado los medios de comunicación masivos. Denigrar la meritocracia es el camino directo a la postración y retroceso. Es el deseo de mejora el que nos inspira y hace progresar. Volver a demostrarle a cierto sector de nuestros compatriotas que en ellos está el progreso y no en la dádiva que perpetúa su círculo de miseria, es muy importante.

La errónea creencia de que el Estado está para resolvernos los problemas y “nos tiene que dar”, ha conducido prósperas sociedades a seculares deterioros. Muchas han cambiado su manera de pensar, entre ellas, los países nórdicos que tantas veces se ponen como ejemplo. Eso no quiere decir que en las sociedades el Estado no tenga un papel para jugar, lo tiene y muy importante: garantizar la real igualdad de oportunidades, cuya piedra angular es la educación, pero también el acceso a servicios básicos como salud y en estos tiempos, agua, saneamiento (ambos vinculados a la salud), energía e infraestructura. También, hasta cierto punto, limar las desigualdades en materia de ingresos.

Yendo a los aspectos económico-financieros, el estado de situación es por demás claro y comprometido. Cinco años de estancamiento global, 7 años de caída en el empleo privado y cinco en el total, muy poca inversión —con una importante caída en los últimos años—, insostenible desequilibrio de las cuentas públicas (ajustadas por inflación, quizás el peor resultado desde 1982, pero habría que hacer la cuenta exacta de 1989), una deuda, cuya relación al PIB está en niveles muy comprometidos para una economía bimonetaria, comercio exterior estancado, un país muy poco abierto al mundo y un largo etcétera.

El panorama se complementa con una maraña regulatoria que ha paralizado muchos sectores, un nivel de gasto público en relación al PIB impropio para el desarrollo relativo del país y un aumento de la carga impositiva que impide una solución de fondo por ese lado.

Dos andariveles

Dado lo anterior, hay que pensar en acciones para el largo plazo y otras de corto. A largo plazo, el país deberá encarar postergadas reformas en diversos ámbitos; los mencionados, como educación, seguridad e inserción internacional, pero también en materia de previsión social, donde la política aplicada adelantó no menos de 15 años los necesarios ajustes al sistema instaurado en 1995. El propio ministro Astori ha reiterado varias veces que hay que introducir urgentes cambios al sistema. A éstos hay que agregarle una reforma del Estado, el cambio en el marco de competencia de las empresas públicas, la revisión de las regulaciones —en todos los sectores— y su simplificación o eliminación.

Todas estas reformas, hechas de manera correcta, —y para ello no hay que inventar nada, sino conocer las experiencias internacionales—, adaptarlas a nuestra realidad y aplicarlas, aumentan la tasa de crecimiento potencial del país.

De toda la reseña anterior, las dos reformas que más rápido brindan resultados son la apertura comercial y la desregulación. A su vez, la apertura comercial es más lenta que la segunda porque requiere acuerdos y, para ello la voluntad de al menos dos partes. Además, los plazos de puesta en vigencia siempre contemplan un período de adecuación.

A corto plazo, y en el ámbito puramente económico, es claro que lo fundamental es poner en orden las cuentas públicas lo más pronto posible. De ello depende seguir manteniendo el crédito internacional a tasas bajas y evitar tener que hacer un ajuste mayor. Ello implicará una reducción de gastos, pero también no gastarse los recursos que el crecimiento económico provee. La corrección será más rápida si el crecimiento es mayor, de allí que cuanto antes se encaren las reformas mejor.

La clave está en retomar el crecimiento y que éste sea robusto, para ello la agenda es el centro de la cuestión.

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