INFORME

Se acumulan dificultades que exigirán un ajuste

Las reservas del BCU operan como un seguro contra la devaluación y motivan la inversión en pesos.

Horacio Bafico y Gustavo Michelin. Foto: El País
Horacio Bafico y Gustavo Michelin. Foto: El País

Una mirada al panorama económico de los dos próximos años permite ver condiciones externas que no ponen resistencia ni dificultades mayores, pero tampoco generan un viento fuerte a favor.

En ese contexto, la trayectoria que tiene bastante marcada la economía uruguaya no genera problemas que requieran resolución inmediata, pero se acumulan dificultades que pueden ser una debilidad importante frente a un posible impacto negativo que venga desde el exterior. Si seguimos así y no se intentan correctivos en 2018, llegaremos a un cambio de gobierno en el que resultará inevitable iniciarlo con medidas de ajuste.

La coyuntura.

La economía uruguaya enfrenta un contexto internacional favorable para el crecimiento en los dos próximos años. La reactivación de la economía mundial, que empezó a mediados de 2016, ganó fuerza. De acuerdo a las últimas proyecciones del FMI, el ritmo de crecimiento del PIB mundial será del 3,9% anual en los dos próximos años. Una particularidad de este crecimiento global es que, a diferencia de la última década, ahora será más balanceado entre las economías emergentes y avanzadas.

Otro aspecto interesante es que se espera que venga acompañado de un mayor aumento en el volumen de comercio internacional de bienes y servicios. El FMI prevé una tasa de expansión del 5% anual para los próximos dos años. Una buena noticia para un país pequeño que depende del mercado externo.

En lo que a Uruguay respecta, se espera incluso una mejora en relación a los dos últimos años en el crecimiento de socios comerciales del país muy importantes como Brasil, Argentina, Estados Unidos y Europa. En el caso de China no hay una mejora, pero se proyecta una tasa de crecimiento en el orden del 6,5% anual, o sea sensiblemente por encima de la de los demás. Por lo tanto, la demanda desde este mercado seguirá transformando nuestra matriz productiva y de exportación.

La trayectoria prevista para la demanda global lleva a que se espere también que los precios de las materias primas se sostengan en los niveles actuales. De la misma forma, también se aguarda que las condiciones de oferta marquen pequeñas subas o bajas, como sucedió en este primer trimestre con el petróleo y la soja.

Los riesgos a la baja que aparecen en el escenario externo son el anticipo de un endurecimiento de la política monetaria en EE.UU., una posible guerra comercial a escala global que frene el comercio internacional y una escalada en los conflictos geopolíticos que están teniendo a Estados Unidos como protagonista.

Actividad económica.

El crecimiento de la economía uruguaya en el 2017 fue muy desparejo. Con grandes dificultades para los sectores productores de bienes como el primario, la industria y la construcción, y condiciones un poco mejores para los servicios. Desde el punto de vista estadístico se registró una variación del 2,7% para el promedio del año, pero muy dependiente del fuerte crecimiento que están teniendo los servicios de datos y comunicaciones. Estos servicios se encuentran sobre ponderados en la estimación del PIB, debido a que año a año se produce más pero el precio baja sensiblemente y eso no se refleja en el ponderador.

Una cifra de la variación del PIB corregida por este efecto se ubicaría más cerca del 1,5% anual, por debajo de la tendencia de largo plazo y consistente con el pesimismo que se observa a nivel empresarial.

Otro aspecto que corrobora esta descripción es la evolución de la inversión, que en el último año se contrajo 13%. Medida en términos del PIB se encuentra en niveles similares a los del año 2006.

Ese pesimismo, alimentado por la baja rentabilidad y la pérdida de competitividad hacia el exterior que enfrentan quienes producen en el país desde hace ya tres años, es lo que explica la menor inversión.

El crecimiento desparejo entre sectores y los costos de la mano de obra están impactando en el empleo, que muestra una tendencia a la baja desde el año 2014. Solo el año pasado se registró una caída de 6.100 puestos de trabajo. Es un 0,4% del total pero preocupa que ocurra en un contexto de crecimiento, porque es una señal fuerte sobre los problemas que hay en la economía para incorporar trabajo a los bienes y servicios producidos. El panorama que se va configurando para el futuro no es alentador en este terreno, que repercute mucho en lo social.

El principal impacto en lo social viene por el lado del desempleo. La tasa promedio del año pasado fue del 7,9% con una intensidad superior en los jóvenes y peores condiciones en los indicadores cualitativos.

Del lado exportador, los datos del año pasado están impulsados por la venta de soja luego de una excepcional cosecha 2016/17, con rindes muy altos ayudados con un clima muy bueno que lamentablemente no se repitió este año.

Si el impacto negativo termina en el orden de una caída del 30% en el total de toneladas producidas, faltarán este año US$ 350 millones en el saldo en cuenta corriente, con impacto en el segundo trimestre del año.

La estructura de exportaciones del país se va concentrando entorno a ciertos productos primarios. A las actividades más intensivas en el factor trabajo les resulta cada vez más difícil la exportación.

La razón no es otra que el incremento del costo salarial. En términos reales, el salario aumentó por encima del PIB en los tres últimos años, lo que se está convirtiendo en un problema insalvable para las empresas, que no lo pueden contrarrestar con mejoras de la productividad.

Es así que la competitividad por precios en dólares solo se sostiene en el comparativo con los países de la región, en particular Argentina. Esto impactó favorablemente el año pasado en el turismo, ayudando al saldo de cuenta corriente. Es otro de los acontecimientos especiales del año pasado que no se está repitiendo en el 2018.

Cuando se mira el saldo de cuenta corriente de la balanza de pagos, queda claro que en los cinco últimos años se produjo un fuerte ajuste en el sector privado, y la menor inversión es uno de los factores explicativos. El sector privado pasa de un déficit en el año 2012 del 1,4% del PIB a un superávit del 5,1% mientras que el sector público se mantiene con un déficit del 3,5% del PIB.

Fiscal y monetaria.

En el terreno de las finanzas públicas, el año pasado fue un año de un ajuste fiscal, que medido por el lado de la presión tributaria ronda en un punto del PIB. A pesar de esto, el déficit fiscal no cedió y permanece en torno al 3,5% del PIB. Es más, dada la dinámica del gasto, con incrementos tendenciales del BPS y Fonasa, es altamente probable que suba, ya que el margen para acotar las restantes partidas es limitado. El 80% del gasto es no discrecional y por tanto no se puede actuar a la baja en el corto plazo.

En este contexto, aunado a una recaudación que crece moderadamente al son de la economía, deben extremarse todas las medidas para evitar que el déficit se dispare de los niveles actuales. Si bien es un déficit totalmente financiable con deuda y no se visualizan problemas financieros, la dinámica que se genera no es sostenible a lo largo del tiempo. Si no se actúa con responsabilidad y realismo en el gasto público hoy el deterioro gradual llevará en algunos años a que el ajuste sea inevitable, repentino y mayor.

Las necesidades de financiamiento del gobierno para este año superan los US$ 3.000 millones. Aproximadamente la mitad de ese monto se obtuvo en la reciente colocación del bono en dólares al año 2055 y con las reservas disponibles por el gobierno se podría incluso soportar condiciones adversas de los mercados internacionales.

Esa seguridad de recobro en el horizonte medio lleva a que las calificadoras de riesgo mantengan a nuestra deuda bien calificada dentro del grado de inversión. La prima de riesgo está siendo acorde a esta situación y hay un ingreso de capitales al país.

Este ingreso de capitales y el cambio de portafolio desde los dólares a los pesos están impactando a la baja en el tipo de cambio. Es por eso que las tasas de interés en pesos están en la mira como responsables de sostener esta presión negativa sobre el tipo de cambio y la competitividad. Como atenuante, el BCU compra dólares, lo que tampoco es sostenible en el tiempo y de última está operando como un seguro en contra de la devaluación para los inversores, con lo cual se motivan a invertir en pesos.

Hay un círculo vicioso entre las finanzas públicas, la política monetaria y cambiaria y la política de ingresos que provoca tendencias muy negativas y que están acorralando gradualmente al país hacia un ajuste. En el mejor de los casos, se deberá a la necesidad de recuperar motores de crecimiento, pero en el peor se procesará por un impacto negativo del exterior re-editando el ciclo de crisis cada dos décadas.

Se perdió buena parte del atractivo del pasado de invertir en Uruguay

El problema de la baja inversión tiene que ver con la suba en el valor de los activos y los costos en dólares que provoca una pérdida de rentabilidad. A su vez, el deterioro del clima de negocios empieza a transformar la falta de confianza de los empresarios en malhumor, y eso es muy malo para la inversión. El gobierno es consciente de esta situación y se puso en movimiento con una fuerte iniciativa para generar la tercera planta de celulosa en el país y algunos cambios en la ley de promoción de inversiones. Lamentablemente esto será insuficiente porque el principal problema es que invertir en Uruguay ya no es atractivo.

En la última década cambiaron los precios relativos y se acotó el conjunto de oportunidades de negocios, de forma tal que en la actualidad es difícil encontrar una catarata de proyectos como en el período 2007 a 2013. Como referencia, en los últimos diez años el costo de la construcción subió 139% medido en dólares, la tierra se encareció 159% y los salarios del sector privado en dólares subieron 157%.

Estos aumentos en la inversión inicial y en los costos de operarla obligan a que la productividad de la tierra o del trabajo tenga que crecer más que lo razonable para lograr niveles de rentabilidad aceptables para el inversor.

La pérdida de competitividad que se denuncia desde empresarios y gremiales empresariales sintetiza el problema que se potencia con tono confrontativo, y que fácilmente se instala frente a cualquier tema de interés público que involucre las inversiones.

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