OPINIÓN

El acuerdo Mercosur – Unión Europea y sus implicancias

Después de 20 años de negociaciones, el Mercosur y la Unión Europea han acordado un esquema amplio de apertura comercial, lo cual oxigena a un mundo tensionado por el proteccionismo y las guerras comerciales latentes. 

Mauricio Macri, presidente de Argentina y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil. FOTO: AFP
Mauricio Macri, presidente de Argentina y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil. FOTO: AFP

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El acuerdo resalta la voluntad de la Unión Europea de hacer concesiones comerciales en momentos en que Estados Unidos fustiga con amenazas de nacionalismo económico. En paralelo, el Mercosur liderado por Argentina y Brasil, cambia su postura tradicional de encerramiento, para adentrarse a un proceso de liberalización comercial con uno de los grandes bloques económicos del mundo.

Sin dudas, para muchos un paso largamente esperado, pero también osado por sus implicancias, que bien aprovechadas serán una catapulta de modernidad para la región. De lo contrario, otra oportunidad perdida que dejará sus cicatrices.

Alcance del acuerdo

El nuevo espacio comercial integrará 760 millones de habitantes con un PIB equivalente al 25% mundial. El comercio consolidado entre ambos bloques asciende a casi 100.000 millones de dólares, con un balance prácticamente equilibrado para las dos partes. Es el acuerdo comercial más grande que ambos bloques han negociado en su historia.

En términos prácticos, implica que la Unión Europea liberalizará el 95% de sus posiciones arancelarias, las cuales representan el 92 % de lo que le compra al Mercosur. Este, a su vez, rebajará el 91% de sus posiciones arancelarias, equivalentes al 92 % de lo que importa desde la UE. El acuerdo contempla que la UE eliminará las tarifas en bienes claves como el jugo de naranja, café instantáneo y frutas, y acceso mejorado bajo un régimen mixto de rebaja arancelaria y cuotas para la carne vacuna, de cerdo, de pollo, azúcar, y alcohol. A su vez el Mercosur rebajará los aranceles en autos y autopartes (35%), maquinarias, (14-20%), productos químicos (18%), lácteos (28%) y vinos (27%). Para el Mercosur, habrá periodos de transición para su instrumentación (10 años), que pueden llegar hasta 15 años para productos sensibles. Para la UE son más cortos e incluso inmediatos en ciertos rubros.

A su vez, las empresas tendrán acceso a las licitaciones públicas de ambos bloques. También integran el acuerdo el cumplimiento de normas de protección medio ambientales, estándares de calidad, mecanismos de resolución de disputas y condiciones laborales.

Incluir estos aspectos implica que el Mercosur ha negociado por vez primera lo que se denomina un “acuerdo comercial profundo”, donde uno de sus atributos principales es que, a través de su implementación, genera “bienes públicos” que tienen efectos positivos sobre el sistema productivo y el potencial exportador de sus miembros.

Consecuencias

Desde el punto de vista geopolítico, el acuerdo rebalancea el área del Atlántico, colocando a América Latina en el centro de gravedad entre Asia, que surge con potencia y un espacio europeo que todavía es importante en el concierto mundial. En definitiva, el acuerdo ayudará a consolidar a la Unión Europea en su posición actual como segundo socio comercial del Mercosur, detrás de China, y también como principal inversor en esta región, con un stock acumulado de 430 mil millones de dólares para 2017. Asimismo, será un factor de atracción hacia el sur de México y su periferia centro americana de cara a un nuevo mercado ampliado de enorme potencial. Lo mismo para el resto de los países litorales del Pacífico sudamericano.

De esta visión geopolítica que sin duda aceleró el proceso, para efectivizarse resta nada menos que resolver la etapa política que implica la aprobación por todos los parlamentos de los socios de la UE (27), además de los cuatro del Mercosur. Pero este desafío dice presente porque ya se dio un primer gran paso.

Para el Mercosur implica varias cosas. Primero, la preservación del multilateralismo como forma de comerciar, pactar aranceles y resolver diferencias, en momentos que las reglas se deshilachan ante el predominio avasallante de los más fuertes.

Segundo, abre un abanico enorme de posibilidades para modernizar la estructura productiva de estos países, al exponerlas a la luz de la competencia de economías que operan con tecnologías de punta, instituciones y Estados amigables a la gestión privada y reglas laborales modernas. En los hechos, implica ejecutar reformas estructurales en diferentes planos, para poder soportar la competencia externa y aprovechar todo el potencial que el nuevo mercado ofrece. Lo que hasta el momento era una opción de la sociedad o los gobiernos hacer o no en esa materia, desde ahora se convierte en una obligación absoluta de ejecutarlas, pues desde ahora ya no se trata de desaprovechar una oportunidad, sino de la propia supervivencia de sectores económicos claves para estos países, y en particular para Uruguay.

Advertir no es introducir desesperanza ni rechazo. Todo lo contrario; es reflexionar sobre el potencial y los riesgos que nos depara este nuevo futuro. Con esto se ayuda a forjar las políticas de Estado respectivas, que deben integrar la agenda del próximo gobierno.

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