ENTREVISTA

Abrirse al mundo para permanecer en él

En una futura política de apertura, desde el punto de vista fiscal Uruguay tiene para perder más recursos que los que le puede transferir a la producción.

Foto: El País
Cr. Marcos Soto, socio de Cibils-Soto y director del MBA de UCU Business. Foto: El País

Qué mercados le sirven a Uruguay? ¿Qué economías tendrán un desarrollo más veloz en los próximos años?, ¿Cómo procesamos esa intención en el seno del Mercosur? Estas tres preguntas se planteó el Cr. Marcos Soto, director del MBA de UCU Business (escuela de negocios de la Universidad Católica) y socio de la consultora Cibils-Soto, al presentar un trabajo sobre inserción internacional de Uruguay de cara al quinquenio 2020-25, destacado en las recientes Jornadas Académicas de la Unión de Exportadores del Uruguay. Soto repasa las que a su juicio, podrían ser líneas de acción en materia de política de acuerdos, competitividad interna, e incentivos, para potenciar la capacidad negociadora. Asimismo, repasa que de las diez mayores economías para 2030, sólo con dos de ellas tenemos preferencias comerciales y no muy bien aprovechadas. A su vez, entiende que en el gobierno electo, en materia de inserción internacional, se percibe cierta “ansiedad errática”. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Cómo observa las perspectivas de avance en materia de inserción internacional para el próximo quinquenio?

—Estoy de acuerdo con poner como condición prioritaria fortalecer el modelo exportador del país y procurar una mayor apertura al comercio, posibilitando de esa manera también la llegada de inversiones. Pero hay algunos riesgos en este período de transición, que los defino como una ansiedad errática; se percibe cierta ansiedad en temas complejos que es necesario trabajarlos poco a poco. Lo peor que puede pasar es quedarse quieto, pero también es problemático hacer anuncios que luego no pueden o demoran mucho en concretarse, porque estaban demasiado verdes.

—¿A qué se refiere cuando menciona el concepto “ansiedad”?

—Hay dos temas vinculados a la inserción internacional que definen esa suerte de ansiedad de la que hablaba. Uno, los anuncios en torno a un posible tratado de comercio con Estados Unidos. Son temas que pueden manejarse extraoficialmente en grupos de trabajo, pero cuando llegan a la opinión pública generan expectativas, positivas y negativas, sobre algo que hoy no existe.

El otro caso fue el de los 100 mil argentinos, como una aspiración para que llegaran al país. Por supuesto que Uruguay tiene que estar abierto al mundo y a recibir aquellos que quieran afincarse en el país, flexibilizando las condiciones para uruguayos que están en el exterior y pueden volver o extranjeros que quieren llegar. La política migratoria y los planes para traer nuevos habitantes al país no deberían estar teledirigidas a una nacionalidad en particular, y menos hablar de condiciones a medida para determinado perfil de personas.

—En el trabajo que presentó ante la Unión de Exportadores, advierte sobre las condiciones que establece el contexto global a cualquier estrategia uruguaya...

—Partiendo de la base de que es necesario salir al mundo para permanecer en él, un mundo con muchos cambios e incertidumbres, hay que tener en cuenta cuánto condiciona lo que ocurre alrededor. En ese contexto, somos tomadores de condiciones que vienen dadas en cantidades y precios, competimos con países con un perfil productivo similar y otra escala, y hay cambios en las tendencias de consumo mundiales. Son todos aspectos en los que no podemos incidir. Las tenemos que aceptar, administrar y trabajar en consecuencia. Pero hay otras variables sobre las que podemos decidir: las políticas de acuerdos, la competitividad interna y los incentivos que establezcamos para potenciar la capacidad exportadora.

El mundo nos muestra hoy tres características fundamentales. Los niveles de incertidumbre nunca vistos; el creciente dinamismo del comercio mundial de servicios y la proliferación de acuerdos comerciales.
La incertidumbre, especialmente a partir del conflicto entre Estados Unidos y China que ahora parece menguar, pero que se ha contagiado a otras regiones y países. Esto ha afectado también a una región muy inestable, como es la del Mercosur. Por tanto, tenemos problemas en los primeros tres mercados más importante para Uruguay: China, Mercosur y Estados Unidos. En cuanto al comercio de servicios, está en una enorme expansión otorga oportunidades a Uruguay, más allá de la región. Tenemos mercados diversos y diferentes que para el mercado de bienes. Y en cuanto a los acuerdos comerciales, la paralización del multilateralismo ha venido generando una expansión enorme en cuanto a acuerdos comerciales desde la ronda de Doha. En estos escenarios, debemos hacernos las preguntas necesarias y buscar nuevas respuestas.

—¿Cuáles son esas preguntas?

—¿Qué mercados le sirven a Uruguay? ¿Qué economías tendrán un desarrollo más veloz en los próximos años?, ¿Cómo procesamos esa intención en el seno del Mercosur?

Más allá de que se reactive la agenda internacional del Mercosur, es muy importante que Uruguay pueda generar sus propias listas de intereses que no tienen porqué —y no lo son— coincidir con las de sus socios.
El mundo evoluciona y no podemos quedarnos con estrategias o modelos del pasado. Miremos hacia adelante: si observamos las proyecciones hacia 2030 nos indican que China e india serán las principales economías desplazando a Estados Unidos con tasas de crecimiento acumulado mucho más fuertes. Y la cuarta economía será Indonesia. Después, Turquía, Brasil, Egipto, Rusia, Japón y Alemania. Deberíamos mirar bien esto y redireccionar esfuerzos para establecer lazos comerciales más fuertes. Tengamos en cuenta que en la medida que crecen estos países fortalecen su clase media, los patrones de consumo tienden a modificarse y migrar hacia exigencias de mayor calidad. Y ese es justamente el nicho productivo en el que debe moverse nuestra producción.

De la lista de 10 países que nombré, solo con dos de esas economías Uruguay tiene un acuerdo comercial: Brasil y Egipto, éste último con un crecimiento muy fuerte. Egipto tiene un acuerdo de libre comercio con el Mercosur que Uruguay ha aprovechado muy poco. Un país que es importador de productos que integran nuestra oferta, como carne, madera, lácteos o medicamentos.

—Un concepto ineludible en todos los planteos sobre Mercosur es el de una necesaria flexibilidad...

—Más que flexibilizarlo, hay que fortalecerlo. Para ello hay que redefinir las reglas de juego del bloque. Eso se logra a partir de establecer como prioritario en el comercio regional, mantener la capacidad de poder negociar en conjunto, pero a la vez tener la chance de que los países tengan su propia agenda y negociar en solitario determinados acuerdos. Eso la Unión Aduanera no lo permite. Por tanto, hay que pensar en otros modelos que funcionan con éxito, como la Alianza del Pacífico, donde muchos de los vínculos comerciales con el mundo los negocian en conjunto pero cada país tiene su propia política. Ya no solo son una zona de libre comercio, van avanzando hacia un mercado común pero salteándose la unión aduanera. Es decir, no les interesa un arancel común, pero sí un mercado donde los factores productivos circulen libremente entre los países. Ese es un buen ejemplo a seguir.
Por otra parte, y volviendo a las expectativas, hay otros aspectos a tener en cuenta en un proceso de apertura...

—¿Cómo cuáles?

—Factor tiempo. Hay que ser paciente, pero no inmovilizarse. El proceso es muy largo, y cada paso que no demos ahora estamos comprometiendo desarrollo para dentro de cuatro o cinco años. Esto hay que tenerlo en cuenta para moderar expectativas, pero también para tener en cuenta los costos de “no hacer”.
Por otro lado, Uruguay suele ser más proteccionista con el mundo que a la inversa. Hablamos mucho a propósito de los aranceles que paga la producción uruguaya, unos 280 millones de dólares anuales. Pero el peaje que cobra Uruguay a los productos que vienen de afuera, según datos de 2018, fueron alrededor de 600 millones de dólares en concepto de aranceles y tasa consultar. Uruguay recauda más del doble de lo que deja de ganar. En una futura política de apertura, Uruguay tiene para perder más recursos fiscales que los que le puede transferir a la producción. Eso hay que tenerlo en cuenta, una política de apertura tiene un costo fiscal que hay que considerar. Agreguemos otro aspecto no menor: la competitividad, que muchas veces, erróneamente, la reflejamos a partir de la cotización del dólar. Hoy se habla de un dólar a 40 pesos como aspiración de algunos sectores; de poco serviría, porque con los niveles de inflación existentes, que influyen sobre los precios internos, se diluye ese eventual beneficio. Y Uruguay pierde competitividad con todos sus socios relevantes en los últimos diez años.

—¿En base a su trabajo sobre los pasos que debe dar Uruguay, cuáles deberían ser las líneas de trabajo para el próximo gobierno?

—En la búsqueda de modificar a corto plazo el funcionamiento del Mercosur, es necesario buscar la posibilidad de que los acuerdos realizados en conjunto en el futuro contengan vigencia y períodos de desgravación adaptados a los intereses de cada país, individualmente considerados. Asimismo, la presentación de listas de países, mercados relevantes actuales y potenciales, con los cuales debería comenzarse negociaciones de inmediato procurando establecer zonas de libre comercio. El bloque, además, necesita de reglas de coordinación macroeconómica, con sanciones compensatorias ante incumplimientos.

Hay condiciones que deben ser determinantes, como la liberalización total del comercio, incluyendo la eliminación de trabas para arancelarias intrabloque, la revocación de la decisión 32/2000 del CM que prohibe la posibilidad de negociación de acuerdos con terceros países o bloques de forma individual y especialmente, avanzar hacia la libre circulación efectiva de personas. Mercaderías originarias y factores productivos.

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