OPINIÓN

¿Cómo abordar el problema del coronavirus como inversor?

Al desafío médico se suma otro de índole económica nada desdeñable y que constituye un verdadero rompecabezas para los inversores.

El coronavirus hace aumentar temores y por eso sube el dólar. Foto: Archivo El País
El coronavirus hace aumentar temores y por eso sube el dólar. Foto: Archivo El País

Ofrecer una respuesta al desafío al que se enfrenta el inversor ante la propagación del coronavirus puede parecer tan inapropiado (es, ante todo, un tema de salud pública) como presuntuoso (los inversores no son epidemiólogos).

Sin embargo, la cuestión es ineludible. Cada cual habrá podido establecer numerosos paralelismos con la crisis de 2002-2003 provocada por el virus del SARS— según parece, primo cercano del virus actual— y constatar que al desafío médico se suma otro de índole económica nada desdeñable y que constituye un verdadero rompecabezas para los inversores.

En este caso, la comparación está menos justificada que nunca, dado que ambas situaciones, separadas por un intervalo de 17 años, son profundamente diferentes. En primer lugar porque, precisamente, el SARS queda en el pasado y, por lo tanto, las autoridades sanitarias en casi todo el mundo, en particular en China, han avanzado mucho en la curva de aprendizaje para la gestión de una situación de esta naturaleza, pero, además —tal y como se ha puesto de manifiesto de inmediato—, porque la envergadura de la economía china, su integración en el comercio mundial, el peso de sus actividades de consumo en la economía y el incremento de la movilidad dentro del país —todos ellos fenómenos de desarrollo muy rápido— han cambiado radicalmente de escala desde 2003, por lo que el alcance del acontecimiento se ha multiplicado a nivel mundial.

Si a esto se añade la rapidez de difusión de la información impulsada por el desarrollo de las redes sociales, el fenómeno adquiere la amplitud de una crisis mayúscula.Para los inversores, la primera tentación de buscar refugio responde no a la incertidumbre, sino a la imposibilidad de cuantificarla.
La incertidumbre es el pan de cada día de los mercados y no hay nada más necio que decir: “a los mercados no les gusta la incertidumbre”.

Esta última constituye la razón de ser de los mercados financieros, que prosperan en un ejercicio permanente de previsión incierta del futuro (por definición, las certezas ya se reflejan en los precios de los mercados y, desde el punto de vista del inversor, pertenecen al pasado).

Lo que a los mercados “no les gusta” es el riesgo que no puede cuantificarse, es decir, aquel que, en ciertas circunstancias, podría cambiar por completo de dimensión y escapar a cualquier previsión. Como ejemplos de estos riesgos, cabe mencionar unas relaciones muy tensas entre países que podrían, a golpe de declaraciones provocadoras y subidas de tono, desembocar en una declaración de guerra (entendiéndose también que podría añadirse fácilmente la palabra “comerciales” después de “relaciones” y de “guerra”) o unas negociaciones sobre el Brexit que podrían haberse traducido una mañana en una ruptura violenta.

Este es precisamente el problema al comienzo de una epidemia: la imposibilidad de cuantificar la posibilidad, por minúscula que sea, de que se transforme en una pandemia de alcance mundial complica considerablemente la valoración del riesgo. Por ejemplo, es imposible cuantificar las consecuencias que tendría la posibilidad de que aproximadamente cinco millones de personas, cuyo potencial de contagio nos es totalmente desconocido, abandonaran Wuhan antes de que la ciudad se pusiera en cuarentena.

Poco importa el hecho de que, en 2003, el número de víctimas de la epidemia de SARS a escala mundial fuera infinitamente menor que el provocado por la gripe común cada año. La plausibilidad de que se materialice el peor supuesto posible, por improbable que sea, sumada a la carga emocional de una enfermedad contagiosa y traicionera, produce lógicamente una amplia cobertura mediática y la adopción de una actitud de precaución en todo el mundo, también entre los inversores.

Sin embargo, es el contexto en el que se está produciendo esta enfermedad lo que importa realmente a los inversores.

El fuerte repunte de los mercados de renta variable desde los mínimos del verano de 2019 se había visto motivado por una mejora simultánea de los tres catalizadores de los que tradicionalmente depende el rumbo de los mercados. En primer lugar, en el ámbito económico se manifestaron en el segundo semestre del año los primeros indicios de una estabilización del crecimiento tanto en China como en Europa.

Posteriormente, los bancos centrales, con la Reserva Federal a la cabeza, reactivaron unas políticas monetarias abiertamente expansionistas mediante tipos de interés de referencia en niveles muy bajos y el regreso a la “relajación cuantitativa”. Por último, el tercer catalizador, la confianza de los inversores, se había beneficiado principalmente del final, si bien temporal, de la escalada proteccionista entre Estados Unidos y China.

Como corolario de este apaciguamiento, las previsiones del resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos se habían orientado marcadamente a favor de Donald Trump, aliado objetivo de los mercados bursátiles. Así, esta tríada basada en la economía real, la liquidez y la confianza experimentó un refuerzo considerable, lo que explica que los mercados de renta variable a escala global registraran una rentabilidad espectacular desde el pasado mes de septiembre.

Esta rentabilidad ha situado las valoraciones en un nivel vulnerable ante un nuevo debilitamiento de la famosa tríada. Hasta el momento, el catalizador de la liquidez se ha mantenido totalmente intacto, lo que constituye un antídoto potente frente a una corrección masiva de los mercados. En cambio, la aparición del virus ha deteriorado de forma notable el catalizador de la confianza y este último podría verse aún más erosionado si el proceso de destitución del presidente estadounidense, con independencia de que su desenlace no ofrezca la menor duda, empañara la imagen del candidato republicano a ojos de los indecisos mediante la retransmisión en directo en las cadenas de televisión estadounidenses de un gran número de críticas y bien argumentadas en su contra.

Al mismo tiempo, va tomando forma la perspectiva de un avance del candidato demócrata Bernie Sanders, cuya popularidad en los estados decisivos (los denominados “swing States” o estados bisagra) podría poner en una situación incómoda a Trump. Queda el catalizador del crecimiento. Lamentablemente, cuanto más eficaz es la actuación de las autoridades chinas para frenar la propagación del virus poniendo en cuarentena a millones de personas —lo cual se hizo tarde y escasamente en 2003—, más aumenta en el horizonte inmediato el riesgo de una drástica ralentización de la actividad económica en China, aunque a cambio de un regreso a la normalidad más rápido.

El arbitraje se sitúa a medio camino entre la intensidad de la desaceleración y su prolongación en el tiempo.

Así, la cuestión para el inversor en renta variable no se reduce a cómo reaccionar a la información que le llegará cada día sobre la progresión de la epidemia, sino que obedece una situación compleja de abordar, que amenaza con arrebatar a los mercados bursátiles, al menos temporalmente, dos de sus tres catalizadores de rentabilidad. Parece razonable responder aprovechando cualquier retroceso para reforzar las posiciones en empresas con un crecimiento menos vulnerable al ciclo económico mundial y recoger beneficios de manera cautelar en las demás.

(*) Managing Director de Carmignac, Francia

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