OPINIÓN

Estamos a tiempo

Nuestras instituciones son más fuertes que las de nuestros vecinos, pero el conformismo es una tentación muy peligrosa.

Foto: Pixabay
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El próximo gobierno tendrá desafíos muy importantes. Son muchas las expectativas que se pondrán en él: realizar una profunda reforma educativa, reducir significativamente la criminalidad, abordar la fragmentación social y recomponer el mercado laboral entre otras. Para todos estos desafíos sin duda se necesita una economía ordenada y pujante que provea empleos y recursos necesarios sobre los que se basan la enorme mayoría de las políticas demandadas.

En materia económica hay varios frentes para abordar; a modo de resumen, podemos ordenar en dos categorías: lo urgente y lo importante. Lo más urgente sin duda será actuar rápido y con decisión en comenzar a revertir el deterioro fiscal. Tenemos el déficit fiscal más alto de los últimos 30 años, en un mundo y una región convulsionada. La trayectoria actual de la deuda no es sostenible y un cambio brusco en las tasas de interés internacionales podría suponer un duro golpe, de continuar por este camino. Mostrar un camino de reducción gradual pero real del déficit fiscal servirá para evitar perder el grado inversor y, mucho más importante, evitar el peor de los ajustes que es el que realiza el mercado cuando los gobiernos son incapaces de resolver graves desajustes macroeconómicos. Cuando el ajuste lo realiza el mercado lo hace a través de inflación y devaluación, que siempre golpean más a los más débiles: trabajadores y jubilados de ingresos fijos y bajos.

Lo importante y de fondo en materia económica es reactivar los fundamentos del crecimiento. El problema fiscal urgente tiene varias causas, como la prociclicidad del gasto y el irresponsable manejo del BPS, pero sin dudas el magro crecimiento de estos últimos años es uno de ellos. Mejorar la competitividad del país abordándola integralmente (tipo de cambio, relaciones laborales, infraestructura, educación e inserción internacional) es el único camino sostenible de crecimiento. Sin crecimiento sólido y sostenido no se reactivará el mercado laboral, ni conseguiremos los necesarios recursos que demandan otras transformaciones claves. Este debe ser el objetivo económico central, volver a crecer aliviará muchas otras tensiones que puedan surgir eventualmente.

Estos días vemos en América del Sur graves problemas de distinta índole. Inestabilidad de los gobiernos, denuncias de fraudes, demandas insatisfechas de grandes sectores o problemas graves de representatividad del sistema político. No se trata de poner todo en la misma bolsa, es claro que en algunos casos se trata de problemas de regímenes democráticos y en otros de gobernantes que intentan pasar por encima de la democracia, la voluntad popular y los derechos humanos.

Sin embargo, en todos los casos podemos identificar debilidades institucionales que no logran articular adecuadamente los intereses de los distintos actores. Los indicadores de democracia, libertad de expresión, libertad de prensa y derechos humanos coinciden en que Uruguay tiene un diferencial muy positivo por sobre la mayoría de los países de la región en estos temas. Contamos con instituciones políticas sólidas. Esta ventaja debe ser vista como una oportunidad y no como un punto de llegada, de otro modo el conformismo puede volverse en nuestra contra. Debemos usar la fortaleza de nuestra democracia para enfrentar de forma eficaz las dificultades que sí tenemos. No tenemos ni el nivel de desajuste fiscal de Argentina o Ecuador, ni los problemas de representatividad política de Chile, pero sí hay demandas sociales insatisfechas y desequilibrios macroeconómicos significativos. Aún estamos a tiempo de procesar las necesarias reformas, por caminos razonables y sin grandes traumas.

No hay motivos para pensar que Uruguay vaya a pasar por situaciones como las de Chile, Ecuador o Bolivia, nuestras instituciones políticas nos dan una ventaja. Sin embargo, esto no puede significar quietismo, el próximo gobierno deberá actuar con decisión en el abordaje de nuestros grandes desafíos.

La principal lección que deja el barrio es lo peligroso que puede ser el ignorar las alarmas de problemas importantes y solo abordarlos cuando son urgentes.

(*) Director académico del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED)

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