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¿Cómo es vivir con un gemelo idéntico?

Cinco pares de gemelos uruguayos cuentan cómo es crecer y vivir con un igual: desde lo divertido hasta su lucha por diferenciarse.

Sharon y Cynthia Boné

Ser iguales pero diferentes a la vez. Ser dos en un cuerpo (casi) idéntico. Crecer con un espejo. Compartir la vida con un hermano que además es amigo y compañero, conocer y descubrir juntos el mundo. Así se siente tener a un hermano gemelo, de acuerdo a los diez hermanos que hablaron con Domingo. Para ellos, crecer con un igual nunca fue un problema. A veces se pelean, —como todo hermano— pero, en general, resuelven bien las diferencias. Porque, en definitiva, en ellas está la clave: son iguales sí, pero ante todo, son dos personas distintas.

"Clínicamente no es lo mismo ser un mellizo o gemelo idéntico que no serlo (...) Cuando uno quiere referirse a que proceden del mismo huevo tiene que decir mellizos idénticos", explica el profesor de psiquiatría de niños y adolescentes y psicoterapeuta, Miguel Ángel Cherro. "En la evolución normal y saludable de un mellizo idéntico uno espera que logre una vivencia de mismidad personal y única, que inevitablemente debe coexistir con un núcleo compartido que arrastra consigo desde que se gestó", agrega. Estas historias son, entonces, de hermanos que crecen sabiendo que en frente, siempre tienen un espejo.

Las "melli".

Las mellizas Boné tienen una conexión muy fuerte.
Las mellizas Boné tienen una conexión muy fuerte. Foto.: Darwin Borrelli

Sus padres les dicen que no se las confundían cuando eran niñas. Pero ellas a veces se preguntan si no estarán cambiadas, si Sharon no será Cynthia o Cynthia no será Sharon. Se ríen cuando lo piensan. Eso sí, a los seis años Cynthia se golpeó la cabeza y una cicatriz la ayudó a ser "la misma" persona a partir de ese momento.

Las "melli" Boné son idénticas. Dicen que su abuela se las confunde y que a sus padres, si las ven de atrás, les cuesta reconocerlas. Y ellas se divierten confundiéndolos.

Nunca buscaron diferenciarse intencionalmente, eso sí, cuando eran niñas y su mamá quería vestirlas iguales, a ellas les molestaba. "A veces decimos que nos queremos cortar el pelo o teñir, pero es por nosotras mismas, no para ser distintas". Sin embargo, son muchas las cosas que las distinguen: Sharon estudia Economía, Cynthia Relaciones laborales. Sharon es más frontal y dominante, Cynthia más reservada y tranquila. "Yo soy más distraída y tímida", dice. "Las dos somos tímidas", agrega Sharon. "Sí, pero vos si tenés que decir algo en la cara vas y lo decís, yo soy más reservada", aclara Cynthia.

Siempre fueron a la misma escuela, pero a diferentes clases. Ellas hubieran preferido estar juntas. Siempre se buscaban los recreos. "Yo me adueñé de las amigas de Sharon", se ríe Cynthia. Y esas amigas son las que comparten hasta hoy, que tienen 22 años.

A veces, dicen, tienen una conexión especial. "Cynthia me dice algo y yo justo estaba pensando en eso", cuenta Sharon. "Y me ha pasado de estar sola en casa de noche y tener miedo y justo ella me escribe", agrega. "¿En serio?, no sabía eso", se ríe Cynthia. "A mí me ha pasado que ella me pregunta si me pasa algo solo por preguntarme, es como un presentimiento de que a mí me pasa algo". Y le pasa.

Como son del interior, se vinieron juntas a Montevideo para estudiar. "Eso seguro nos costó menos que a alguien que se tiene que venir solo. Nosotras siempre estamos de a dos, y hasta nos divertía venirnos", dicen. Tenerse siempre la una a la otra, quizás eso sea lo mejor de ser dos (iguales).

Aprender.

Martín y Felipe Benites comparten la pasión por el fútbol. Foto: Ariel Colmegna
Martín y Felipe Benites comparten la pasión por el fútbol. Foto: Ariel Colmegna

Valeria Traibel no se esperaba tener gemelos. En algún momento de su vida fantaseó con la idea, pero nunca pensó que fuera a hacerse realidad. "Me enteré en la primera ecografía y no lo podía creer. Solo quería saber que todo estuviera bien, fue una sorpresa re-grande, nos asustamos, pero fue una alegría inmensa también", cuenta. Es que, el embarazo de Juan Manuel, su primer hijo, fue complicado. "Entonces cuando nos enteramos de que ellos iban a ser dos, tuvimos que aumentar todas las precauciones".

Felipe y Martín Benites nacieron de 30 semanas y estuvieron 54 días internados en CTI. No tuvieron ninguna complicación, pero tuvieron que esperar a estar a término para que les dieran el alta. "Fueron casi dos meses complicados, nos tuvimos que dividir para atender a los tres de la mejor manera posible", recuerda Valeria. Porque, mientras los gemelos estaban internados, Juan Manuel tenía dos años. "Yo siempre digo que la complicación más grande es cuando tenés a dos niños en edades parecidas pero no iguales, porque los gemelos tienen prácticamente las mismas necesidades, es hasta más sencillo. Nosotros lo llevamos lo mejor que pudimos".

Desde el primer día que estuvieron en casa compartieron el cuarto con su hermano mayor. "Como eran prematuros necesitaban un sensor de respiración, entonces sí o sí tenían que dormir cada uno en su cuna, y no entraban las dos en nuestro cuarto", dice Valeria.

Para quien los ve por primera vez, Felipe y Martín son idénticos. Sin embargo, dice su mamá, cada uno tiene una personalidad distinta: uno más estructurado y de pensar todo, el otro más espontáneo. Tienen 7 años, van al mismo colegio y a clases distintas; eso sí, en los recreos se buscan para estar juntos o, de lo contrario, siempre están pendientes de lo que hace el otro. Comparten amigos y gustos, pero a veces hacen planes por separado. No comparten, eso sí, la ropa ni se visten iguales. Cuando van al colegio con el mismo uniforme, usan zapatos diferentes para que puedan diferenciarlos con mayor facilidad. Ellos saben que es cuestión de cambiarse los championes para que los confundan. Eso sí, cuando juegan al fútbol, a los de afuera se les complica distinguirlos a lo lejos solo por el color de los zapatos. Felipe y Martín tienen una conexión especial entre ellos, una empatía muy fuerte con el otro. "Cuando uno está mal o angustiado por algo, el otro siempre está decaído. Comparten muchas cosas y viven muy pendientes el uno del otro".

Crecer juntas.

Friorella y Giovanna Dini son mejores amigas.
Friorella y Giovanna Dini son mejores amigas.

Son iguales pero ellas saben que son distintas. Saben, además, que conocerlas es diferenciarlas. Fiorella y Giovanna Dini tienen 19 años. Fiorella estudia profesorado de Historia y Giovanna Medicina. Fiorella es de Peñarol y Giovanna de Nacional. A Fiorella le gusta el Taekwondo y a Giovanna la gimnasia artística. Son iguales, es cierto, pero también son distintas. Muy distintas. "No consideramos que somos idénticas porque tenemos personalidades muy distintas y desde chicas nuestros padres nos criaron como si fuéramos diferentes y así somos", dicen. Para ellas tener una hermana gemela, es decir, tenerse la una a la otra es como vivir con su mejor amiga: "Si llegás una noche y tenés ganas de desahogarte nada mejor que poder ir a la cama de la otra y sentarnos a hablar. Aparte, al tener la misma edad vamos pasando por las mismas cosas juntas mientras crecemos y vamos conociendo el mundo".

No son de esas gemelas que aprovechan las circunstancias de ser iguales. Solo lo hicieron en una ocasión, cuando eran niñas. Como iban a una escuela rural, siempre estuvieron en la misma clase. Allí les servían el desayuno, el almuerzo y la merienda. Como a ninguna de las dos le gustaba la leche en polvo, se turnaban para devolver las bandejas a la cocina con la leche de ambas para que no se dieran cuenta de que ninguna de las hermanas la tomaba.

"Un día a Giovanna se le ocurrió dejar la bandeja en el pasillo que iba a la cocina porque se le habían caído las tazas y había ensuciado todo". La maestra les preguntó cuál había sido y ninguna de las dos dijo nada. Como no lograron identificar quién había sido la del desastre, fueron las dos a la dirección. Ninguna habló. Las dos se quedaron sin recreo. "Mejor las dos juntas que una sola, ¿no?", dice Fiorella. Otra vez, cuando eran más grandes, en el liceo, entraron a clases cambiadas, con todos sus compañeros como cómplices, solo para ver si el profesor se daba cuenta. "Y no, nunca se dan cuenta", cuentan. Ahora, se divierten atendiendo el celular de la otra, porque la voz sí la tienen idéntica. "Como las dos tenemos novio, cuando nos llaman nos hacemos pasar por la otra. Al final nos terminan descubriendo, pero es muy gracioso".

Nunca se vistieron del mismo color, ni usaron la misma ropa. Nunca buscaron ser iguales, ni tampoco diferenciarse. Simplemente fueron ellas: similares pero distintas, buscándose y encontrándose siempre, para crecer juntas y de a dos.

Los Vilas.

Fabián y Gustavo Vilas comparten varias pasiones. Foto: Darwin Borrelli
Fabián y Gustavo Vilas comparten varias pasiones. Foto: Darwin Borrelli

Sobre finales de los 90s, Gustavo estaba en México y Fabián en Europa. En un momento, Gustavo se empezó a sentir raro, como si se hubiese angustiado porque sí. Y entonces pensó en Fabián, que estaba en la otra punta del mundo. A la vez, Fabián justo se había enterado de que uno de sus amigos estaba mal. "Después, hablando con nuestras señoras, nos dimos cuenta de que los dos habíamos tenido la misma sensación a la vez".

Fabián y Gustavo Vilas tienen 48 años y dos hermanos más. Los cuatro son muy unidos pero los gemelos reconocen que entre ellos tienen una conexión que "es difícil de explicar". A veces, dicen, uno piensa en el otro porque sí, y eso basta para saber que a su hermano le está pasando algo.

Son iguales y a la vez muy distintos. Fabián es entusiasta, emprendedor, va hacia adelante, cambia. Gustavo, en tanto, es más conservador, más estructurado y permanente. Eso, dicen los dos, fue mérito de su familia: siempre les fomentaron la diferencia, siempre tuvieron claro que son dos personas distintas. "Si en algún momento teníamos un buzo igual, siempre eran de diferente color".

Para ellos, tener a un hermano gemelo siempre fue algo "divino, diferente a cualquier otro hermano" y, por sobre todo, divertido. Especialmente en la infancia y en la adolescencia.

Cuando tenían diez años, los gemelos fueron al Registro Civil para sacarse la cédula. Pasó uno. Pasó el otro. Y cuando los funcionarios vieron sus huellas "se armó un revuelo bárbaro", recuerda Gustavo. "Según nos dijeron ahí, tenemos prácticamente la misma huella pero a la inversa".

Ellos sí son (o fueron) de los gemelos que aprovechaban la posibilidad de ser una misma persona. Cuando iban al liceo, por ejemplo, compartían la boletera: "No había más plata, entonces teníamos una sola. Uno iba caminando y el otro en ómnibus y a la vuelta cambiábamos", cuenta Fabián. En la misma época, Fabián entró a dar un oral de Historia porque Gustavo estaba enfermo y podía perder el año por faltas. "Muy bien Vilas, me decían", recuerda.

Siempre fueron muy unidos. Aunque comparten amigos, cuando eran adolescentes y tenían planes distintos, siempre sabían dónde y en qué estaba el otro; "eso sí —dice Gustavo — los problemas del otro eran suyos, pero siempre estábamos ahí por las dudas. No rompíamos los códigos, nunca fuimos dos contra uno, pero en general siempre salían corriendo, porque sabían que nosotros dos siempre estábamos ahí".

Casualidad o no, Fabián y Gustavo tienen dos hijos cada uno. Los dos tienen un varón y una mujer; los dos varones nacieron el mismo año. "Julieta, la hija Gustavo, nació en noviembre de 2010 y Clara, la mía, nació en febrero de 2011".

Como si fueran uno.

Darío y Germán Puig nunca buscaron diferenciarse. Foto: Ariel Colmegna
Darío y Germán Puig nunca buscaron diferenciarse. Foto: Ariel Colmegna

Cuando eran niños, Darío y Germán Puig (25) buscaban diferenciarse entre sí. No es que les molestara ser iguales ni mucho menos, era simplemente por timidez: si lograban ser diferentes, podían pasar más desapercibidos, de lo contrario, llamaban la atención de todos quienes los veían juntos.

En la infancia compartían todo: el cuarto, la misma clase en la escuela, los amigos. "Hacíamos todo juntos", dice Darío. Lejos de molestarles, a los gemelos les gustaba y les gusta tenerse: "Es un hermano pero también un compañero", agrega Germán. Ambos recuerdan que siendo niños, cada vez que iban a comprarse ropa juntos, uno veía algo e inmediatamente el otro quería lo mismo. Y, algo similar les pasaba cuando iban a cortarse el pelo: "Cuando íbamos a la peluquería era todo un drama para ver cuál de los dos pasaba primero porque nos daba vergüenza", cuenta Darío. "El que pasaba después solo tenía que decirle yo quiero igual que él", dice Germán.

Fueron (y son) muchas las veces que los confunden. Fueron muchos los compañeros de Darío que saludaron a Germán pensando que era él y viceversa. Sin embargo, Darío y Germán nunca se arriesgaron a hacerse pasar por el otro, por más que, a no ser que se los conozca bien, sea imposible reconocerlos (incluso tienen la voz exactamente igual). En el liceo, dicen, les gustaban las mismas materias, así que no podían intercambiar de clase, ni uno entrar por el otro.

Hoy, Darío estudia Diseño de jardines y Germán Psicología. Sin embargo, el amor por las plantas es algo que comparten desde que son niños y que aún mantienen: tienen una quinta en su casa y ambos se dedican a cuidarla. Aunque comparten el gusto por una cantidad de cosas, aunque son muy unidos y crecen juntos, como todos, tienen una personalidad que los diferencia. "Compartimos muchas experiencias y eso es lo que está bueno, que tenés a alguien que te acompaña siempre y es muy cercano", así define Germán la relación con su hermano. "Tengo una relación muy especial con él, ha estado allí más tiempo que cualquier otra persona. Tenerlo me ayuda a entenderme más a mí mismo y por lo tanto, aprender, es como su fuera en espejo. En otras palabras, es mi mejor amigo", dice Darío.

Ya al jugar se nota esa conexión.

Es habitual que a los gemelos se les diga "los melli". Para el psiquiatra de niños y adolescentes, Miguel Ángel Cherro, eso "los está involucrando en una unidad indivisa. Es conveniente referirse a ellos con sus propios nombres". En este sentido, es necesario que la familia los trate como dos personas diferentes y únicas. Como dice Cherro, "es muy importante que esos dos registros de su personalidad convivan amigablemente sin generar conflicto", es decir, saber que aunque iguales, son distintos. La conexión entre los hermanos gemelos, explica el especialista, es particular: "Un fenómeno común para quién como yo trabajó años en sala de juego con gemelos idénticos es que los niños estén de espaldas uno en cada rincón de la habitación jugando a cosas distintas y de pronto, sin que uno haya percibido qué pasó (...), se van al centro de la habitación e inician un juego común distinto al que ambos tenían por separado. Uno percibe allí, con cierta sensación ominosa, que existe entre ellos una comunicación extrasensible".

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