columna - cabeza de turco

¡Que viva el individualismo!

Washington Abdala

Listo el pollo, ya entramos en la recta de fin de año donde en todo lo que viene —lo sabemos de memoria— la locura se apodera de los uruguayos y nos enferma de manera alienante. Entramos en días delirantes.

Los eternos amantes de la letanía que no hicieron lo que tenían que hacer durante el año, ahora lo quieren hacer todo de apuro. Por eso las “reunionitis” que son agotadoras, innecesarias y horribles, ahora se reproducen para nada. Nada cambiará con histeriqueos, gritos y presiones varias lo que ya no se hizo.

Ya llegan las despedidas del año con el mismo idiota de siempre que siempre bebe una de más, con gente que no soportás, pero como no querés que te tilden de necio o asocial vas a ellas sonriendo cínicamente. El desubique de los que toman dos copas y salen de su mundo nerd a creerse estupendos es atroz.

Y mucha dama —ahora con la igualdad de géneros— encara para el “soy libre bailantero”, es otro regalito de la posmodernidad. Innecesario.

Mucho borracho en este país. La gente casi no se junta si no chupa. Y eso, adorados y adoradas, en algún lugar está mal. No digo que nos juntemos para hacer yoga, pero siempre el guaso de turno azuzado por los vapores etílicos ofende con algún adjetivo a la política o algo berreta de los tradicionales rivales del fútbol. Solo los ingleses y los escoceses chupan igual que acá, pero allá tienen un pedo triste, introspectivo, acá es bardeo, mezcla de terraja, murguero y vieja chusma de barrio que sale a gritar.

Bue, el país no es normal, acá la gente odia las colas pero para comprar el porrito hacen colas eternas, se la bancan y se sienten en una situación social casi de: “¿Cuál es? ¡Claro que puedo hacerlo y me gusta!”. Lindos, todo bien, yo no tengo nada, pero esto es el retrato de lo que somos. No hay colas en los gimnasios y en ningún liceo.

cola farmacia, marihuana
Foto: El País

Somos también la gente que se la tragó el teléfono móvil. Todos (menos los adultos mayores) están enganchados con estas basuras que nos vienen contaminando. Yo el primero: no sé cómo hacer para no estar mirando este aparato maldito. Es más, escribo esta nota y de reojo reviso el teléfono móvil por si algún amigo me avisa algo choto que me distraiga. Y me río solo delante de otra gente como un psicópata cuando veo algo en el teléfono y creo que es normal eso. No, no es normal y altera los vínculos sociales.

Y el “amigo invisible” que siempre me regala un candado o una libretita inmunda, comprada en alguna tienda masiva de berretadas. Odio al amigo invisible, lo odio y quiero que lo electrocuten o lo manden a la guillotina. O que vuelva la silla eléctrica para esta gente. No quiero nada, cuando aparezca mi nombre: poné en una bolsita de nylon transparente un papel higiénico. ¡No me jodan más con regalos que no sé dónde tirarlos!

Y no me llenen el teléfono de emoticones, deseos masificados de felices fiestas y campanitas. Odio también que me manden basuras globales que le mandan a miles de personas. No lo hagan, o contesten ladrando como perro malo. Pero ladren cada vez diferente al cretino que los masificó. Háganlo y verán que el otro ser no entiende y eso es una belleza. ¡Viva el individualismo!

Y no me llenen más de agendas de regalo. ¿Para qué quiero tantas? ¿Qué sentido tiene eso? No quiero una agenda más, no quiero más whisky, no me regalen libros porque no saben lo que leo. Solo escriban una carta en papel, con linda letra y la leeré. De lo contrario, nada, no quiero nada.

Alguno dirá, qué necio, qué asocial, qué enfermo. ¿Sabés una cosa? ¡Decí lo que que se te cante! Pero seguí leyendo, clink caja, por algo te gusta leer lo que escribo, para gozar un poco o para darme con un fierro. En ambos casos, je, je, te mando un besito. Así que ya lo ves, no soy tan jodido como parezco.

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