Viajes

De visita a las tumbas reales

Lambayeque, al norte de Perú, es el pueblo que alberga el museo arqueológico dedicado al Señor de Sipán, gobernante del siglo III.

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La tumba del Señor de Sipán es el primer atractivo turístico de la ciudad.

Perú tiene lugares increíbles para conocer: Lima, donde la gastronomía se vuelve casi una obsesión; las asombrosas líneas de Nazca; la blanquísima Arequipa; Puno y el lago Titicaca; las encantadoras calles de Cusco y por supuesto Machu Pichu, arrullado por un caudaloso río Urubamba. Esta vez es el turno de poner rumbo al norte, para ver las Tumbas Reales.

De paso por Lima y con la aspiración de aprovechar el poco tiempo disponible, hicimos una escapada hasta Miraflores para saborear un almuerzo tardío en Tanta, uno de los atractivos restaurantes "pret a porter" de Gaston Arcurio.

Al día siguiente, casi al alba, arribamos al aeropuerto de Piura, donde nos esperaba el auto alquilado para el periplo norteño y, mientras la ciudad despertaba, partimos en busca del camino que nos llevaría a Chiclayo.

De pura curiosidad nos detuvimos en uno de los pueblos del camino para observar el ir y venir de productores que llegaban cargando mercancías para ofrecer en el mercado. En pocos minutos la calma mañanera se transformó en bullicio, y la calle, abarrotada de personajes variopintos, fue un escenario digno de un cuadro de Brueghel.

A pesar de no ser una copiloto eficiente, ya que suelo estar más atenta a los mercados y los vendedores apostados a los lados del camino que a los carteles indicadores, llegamos a destino sin dificultades, disfrutando mucho del trayecto.

Arribamos a Chiclayo casi al mediodía, entusiasmados con la proximidad de la visita al Señor de Sipan, un antiguo gobernante de Perú del siglo III del que habíamos tenido referencia en un viaje anterior. El hallazgo de sus tumbas reales marcó un importante hito en la arqueología del continente americano porque, por primera vez, se halló intacto y sin huellas de saqueos un entierro real de una civilización peruana anterior a los Incas.

Lambayeque, el pueblo donde se encuentra el famoso museo del sitio, es puro alboroto. Ensordecedoras mototaxis (una especie de toc toc), decoradas de acuerdo con la ideología o el gusto musical de sus dueños, logran que el Che, Fidel Castro, Bob Marley y otros personajes pop se crucen con bastante imprudencia por izquierda y por derecha en un tránsito caótico en el que es difícil animarse a manejar.

El Museo Tumbas Reales es extraordinario: el edificio es una gran pirámide trunca similar a la de los santuarios Mochicas, y el rojo de los muros reproduce el color de las antiguas fachadas. Todo ha sido pensado para recrear el espíritu de los templos Mochicas, ¡y bien que lo logran!

La visita comienza en el tercer piso con un video que introduce a la historia de esta importante cultura precolombina (200-700 d.c.), y permite apreciar mejor los testimonios arqueológicos que incluyen cerámicas, instrumentos de uso cotidiano, estandartes, pectorales, adornos y exquisitas joyas con las que se ornamentaban personajes de alto rango, entre las que me deslumbraron unas espléndidas orejeras de oro y turquesas, símbolo del poderío de señor de Sipán, y varios juegos de collares de plata y oro con cuentas preciosamente trabajadas.

Todos los objetos fueron encontrados antes de llegar a la tumba del Señor de Sipán, que allí se expone tal como fue hallada por los arqueólogos: con un soldado que lo custodia desde arriba, al que se le cortaron los pies para que permanezca en el lugar y, más abajo, el Señor de Sipán ataviado con los ornamentos y posesiones acordes a su máxima jerarquía, enterrado con su mujer principal, con una mujer joven, y con algunos animales, entre ellos un perrito encargado de guiarlo en su tránsito hacia otro mundo.

A lo largo del recorrido el visitante cuenta con la asistencia del personal del museo, bien preparado para satisfacer la curiosidad sobre algunos testimonios de esta antigua cultura de América latina.

Finalizado el paseo y exhaustos por un largo día pleno de experiencias realmente impactantes, regresamos a Chiclayo, para continuar con un paseo que, en esta oportunidad, fue toda una fiesta.

Porque Fiesta es el nombre del magnifico restaurante en el que nos recibieron con deliciosos "abrebocas" de pato y de pescado, un increíble ceviche a la brasa, servido sobre chalas calientes y un plato típico de la región: pato con arroz, cocido en una pequeña olla de hierro que, regodeándose desde el centro de la mesa, nos invitó a raspar su fondo para desprender un delicioso arroz crocante, para terminar con una espuma de dulce algarrobina que coronó el final de la fiesta.

Así como Lambayeque nos impactó con un fantástico museo, Chiclayo nos sorprendió con un restaurante que seguramente está entre los mejores de Perú.

El viaje continuó por un tranquilo paisaje desértico, solamente interrumpido por coloridas mototaxis en la cercanía de los poblados, y llegamos a Máncora con el tiempo suficiente para darnos el primer chapuzón, en un mar cálido que desafiaba con olas bastante bravuconas.

Luego salimos a explorar la movida nocturna visitando Hotelier, Arte y Cocina, un lugar sobre la playa en el que por lo avanzado de la hora éramos los únicos comensales. Fue una excelente oportunidad para intimar con su simpático dueño, hijo de Teresa Ocampo, la Doña Petrona de Perú. ¿Qué más se puede pedir? * cronicucas.blogspot.com

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