VIAJES

Desde la vigorosa Milán a la placidez toscana

Un viaje a la capital de la moda en Italia, con un recorrido por sitios tradicionales y modernos. Después, una visita a la Isla de Elba, que maravilla por su diversidad de playas y belleza natural.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El Duomo de Milán, una imagen característica de la portentosa ciudad.

Solemos llegar Milán a finales de primavera o en los primeros días de otoño, probablemente las épocas más propicias para disfrutar de una ciudad que tiene excelente reputación por las ferias y, que además de ser la capital comercial de Italia, cobija obras dignas de una visita.

Milán posee una de las catedrales católicas más imponentes: el famoso Duomo de Milano, cuyas agujas se elevan con elegancia hasta el que fuera el punto más alto de la ciudad, con la estatua de la Madonina; el Castillo Sforzesco, antigua fortaleza que fuera palacio ducal y que hoy es museo; y Santa María delle Grazie, el convento que atesora en su refectorio la maravillosa obra de Leonardo da Vinci La última cena.

En esta ciudad mi transporte favorito es el tranvía, suelo tomar el quindici en las proximidades de la Universidad Bocconi para observar, sentada frente a la ventana, los palazzos emblemáticos de Corso Italia en algunos de los que divisan estupendos jardines interiores. El viaje finaliza en Piazza Fontana, tan próxima a la Piazza del Duomo que en pocos minutos puedo disfrutar de la visión majestuosa de la catedral, y acariciar el bellísimo mármol rosado que recobró su esplendor con las obras de restauración de los últimos años.

A pocos pasos del Duomo se encuentra otro de mis lugares favoritos: la Galeria Vittorio Emanuele, donde es casi imposible no detenerse frente a las vidrieras repletas de artículos de lujo, ni dejar de admirar la magnífica bóveda de vidrio, debajo de la que se detienen jóvenes parejas para pisar la imagen de un toro muy dotado al que atribuyen el don de la fertilidad.

Por la galería circulan habitualmente turistas variopintos: algunos son apasionados compradores, y cargan con tantas bolsas de marcas exclusivas que no les queda ni una mano libre para inmortalizarse en una selfie, mientras que otros buscan simplemente pasear por ese bellísimo lugar y llevarse de recuerdo las fotos que capturan con el celular.

Por su parte, los milaneses que no parecen dejar la galería a merced de los turistas, conservan un reducto en el que pisan fuerte los locales: el bar Camparino, donde se mantiene viva la tradición del aperitivo en la barra. Una costumbre a la que adherimos alegremente con un Camparino para mí y un Zucca para mi marido. Ambos son de los aperitivos más vendidos y la mayoría de los parroquianos mantiene inalterable su preferencia con una fidelidad similar a la que tienen por el Milan o la Juventus.

El centro histórico de Milán, donde también se encuentran el Teatro de la Scala y la sede del ayuntamiento, es además una de las zonas más fashion de la ciudad. Es un placer caminar por la Via della Spiga y la Via Monteeone, donde además del lujo y la sofisticación de los negocios que exhiben las últimas tendencias, la elegancia de las calles aporta un plus de encanto para que el paseo resulte más placentero.

Todas las firmas relacionadas con la moda parecen dar el presente cerca de la Piazza del Duomo, entre ellas La Rinascente, elegida en 2016 la mejor tienda por departamentos del mundo y en la que hay tanto para ver que una sola visita invariablemente deja gusto a poco. Hablando de gustos, nada mejor que llegar hasta el último piso para gratificarse con los mejores productos de la gastronomía italiana, mientras se disfruta de una espléndida vista de las agujas de la catedral.

Hacia Elba.

Muy cerca de Milán hay pequeñas ciudades como Bérgamo y Pavía que se pueden visitar por el día, aunque esta vez con un poco más de tiempo nos aventuramos hasta la Isla de Elba.

Partimos en dirección a Livorno decididos a hacer del trayecto un relajante paseo. Avistamos el Rio Po, dimos una ojeada a la Ciudad de Génova desde arriba y pasamos por las canteras de Carrara donde, al ver los bloques de mármol a la espera de un destino, recordé al genial Miguel Ángel y su búsqueda del mármol perfecto, aquel en el que imaginaba una obra cautiva que se proponía liberar quitando lo que sobraba.

En Piombino abordamos el Ferry que nos llevó a Rio Marina y, una vez allí, nos alojamos en una confortable casona rural cercana a un pueblo pesquero, donde nuestra primera misión fue investigar el mercado gastronómico local para elegir la mejor pesca del día.

La isla de Elba tiene playas muy diversas y estuvimos en varias, una de ellas con arena negra y agua totalmente transparente, tan solitaria que nos pareció el lugar ideal para hacer picnic, nadar y relajarnos al sol; también frecuentamos las playas de Capo, mucho más concurridas y con buena infraestructura playera.

Seguramente hubiéramos podido conocer muchas otras aunque, entre las que vimos, la más exótica fue la Piaggia delle Ghiaiemcubierta, de piedras blancas con manchas negras similares a las de los perros dálmatas, sobre las que el color turquesa del mar lucia aún más intenso.

La isla tiene paisajes increíbles, pero además de las bellezas naturales posee tesoros que son el resultado de una larga historia de dominaciones, que dejó sus huellas y forjó la peculiar cultura de Elba. En Marciana, el más antiguo de los pueblos la isla, hay testimonios de las conquistas etruscas y romanas, mientras que en Porto Azurro, el fuerte español del siglo XVI conserva aún su porte de vigía.

Sin embargo, el más popular de los sitios históricos es la magnífica Villa dei Molini, donde Napoleón paso sus 100 días de exilio. Allí recorrimos los aposentos que conservan su decoración original, y nos regocijamos con una divertida muestra de caricaturas con episodios de la vida del famoso general.

A juzgar por la belleza y las comodidades del Museo de la Residencia Napoleónica, su reclusión tuvo tantas prerrogativas que hoy provocarían la envidia de más de un político en apuros.

Finalizada la visita nos dirigimos a Marciana Marina. Allí tuvimos la suerte de encontrar a una amiga local que nos aconsejó un paseo por el casco antiguo.

Fue sin duda uno de los itinerarios más pintorescos, porque, mientras trepábamos por un camino escalonado rumbo a la iglesia y nos deleitábamos con el colorido de las casas y las flores, la calle se pobló de voces que tenían una musicalidad diferente. Era la hora en varias señoras hacían un paréntesis en las actividades hogareñas para charlar animadamente con sus vecinas. Algunas cómodamente acodadas en la ventana, y otras sentadas junto a la puerta, mientras sus manos no dejaban de moverse al ritmo de las agujas de tejer. Era una escena entrañable y, aunque estuve tentada de retratarlas, no tuve la osadía de invadir un momento tan privado.

Atravesamos tantas veces la isla que los caminos sinuosos y las vistas al mar Tirreno nos resultaban familiares, hasta que en una de las travesías nuestro auto se detuvo sin remedio.

No hubiéramos podido elegir mejor lugar para tener un problema mecánico, porque todos los que pasaron nos dieron algún consejo para salir del apuro. Finalmente, llegó un joven que sólo dejó de hablar el tiempo necesario para escuchar el ruido del motor, después de lo cual puso manos en el asunto y, con la precisión de un relojero, sacó una correa averiada. Afortunadamente conseguimos contactar a un auxilio mecánico y que le explicara la situación a un amigo que nos esperaba con una opípara cena toscana y que acudió para rescatarnos. Fue un largo día que finalizo de la mejor manera: entre agradables comensales y con un delicioso menú pensado para el lucimiento de los productos de la región.

Abordamos el ferry de regreso en Portoferraio, la capital de la isla, que conserva entre sus tesoros la magnífica fortaleza construida por Cosme de Medici. El viaje fue el descanso que necesitábamos después de unas jornadas muy acontecidas. El día de nuestra partida, no podíamos abandonar Milán sin tomar un aperitivo en los bares del Naviglio, donde los vermut italianos conviven con el Ron cubano, el Tequila mejicano y el Pisco peruano, en cocteles que llevan nombres y entonaciones de origen. Una propuesta que se convirtió en el motivo más popular de encuentro y celebración y, en esta oportunidad, también de despedida. *www.cronicucas.blogspot.com

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