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Nuestra vida de a dos: cuatro mujeres cuentan los desafíos de criar a sus hijos sin una pareja

Sea por separaciones, inseminaciones u adopciones, estas mujeres enfrentan la maternidad en un sistema en el que ser “madre sola” no es nada fácil.

Alejandra y Facundo. Foto:Rosalía Souza
Alejandra y Facundo. Foto:Rosalía Souza

La maternidad no es color de rosas cuando se vive de a dos, y tampoco lo es cuando se decide en solitario. Y esta nota se trata de eso, de los núcleos familiares de madre e hijo o hija. Cuando no hay un otro, ni una otra. Ya sea porque la vida fue por ese rumbo y hubo separación de por medio, o porque el deseo de la maternidad era tal, que ese proyecto se antepuso a lo demás.

 Hay cuentas, rutinas de locos, dolores de panza, emergencias a cualquier hora del día que, si se opta por la monoparentalidad, recaen en una persona. Hay inseguridades y frustraciones. Pero también hay amor, claro, y alegría y juego. Los límites vienen de la mano porque de eso se trata. De la responsabilidad, y de enseñar a crecer lo mejor posible a un niño; a un hijo, a una hija. En ese camino, entre el amor, los juegos y los límites, esas madres también crecen.

A veces, no hay mucho tiempo para pensar en esa cuestión propia. Muchas veces, las horas y los días y las semanas se consumen en una rutina que no para. Hay cansancio, hay estrés, hay enojos, y más miedos. Pero en el medio de todo ese embrollo, dicen ellas, está ese amor. Están esos diálogos que causan risas. Miradas cómplices. Abrazos que vienen cargados de un “sos la mejor mamá del mundo”.

Facundo (9, foto principal), por ejemplo, corre en una plaza mientras su mamá, Alejandra (29), da una entrevista para esta nota. Corre, se hamaca, mira de lejos y, de repente, su correteada apunta hacia donde estamos, abraza a su madre de todas las maneras posibles, me mira y dice: “Ella es la mejor mamá”. Me cuenta que es divertida, que hacen todo tipo de cosas juntos, y que charlan mucho. Alejandra confirma. Al ser los dos, el tiempo fuera de las obligaciones es siempre suyo. Están todo el tiempo juntos.

“Asistimos a transformaciones de la familia, ya no constituida únicamente por la familia nuclear del tradicional modelo heterosexual, con sus funciones maternas y paternas, sino que podemos hablar de las monoparentalidades y las homoparentalidades por elección”, explica María Sol Doria, coordinadora de la Comisión de Psicología de la Sociedad Uruguaya de Reproducción. “Coexisten distintos tipos de familias, pero el amor, el cuidado, el afecto, no dependen de si hay o no dupla conyugal o de su sexo, sino de la salud psíquica y la intervención de quienes asuman los cuidados”. Y de la honestidad sobre el origen del niño. Porque sea cual sea la historia tanto para Doria como para Fanny Berger -psicóloga clínica gestáltica y escritora-, lo importante es hacerla disponible, contarla, hablarla y siempre decir la verdad.

Mano a mano

En la vida de Alejandra hubo un cambio de planes. Es montevideana, pero a los 15 años se mudó a Buenos Aires, sola. Allí trabajó mucho, se enamoró, se mudó en pareja y fue madre. La maternidad, y separarse, alteró todo, porque Alejandra se dio cuenta de que la infancia de su hijo en Uruguay iba a ser mucho más sana. Cuando Facundo tenía dos años, se animó a mudarse, lo que implicó hacer todo por su cuenta. Alejandra prescindió de una ayuda económica con tal de que su ex (de quien es amiga) visitara a Facundo. Así, su hijo y el padre se ven un fin de semana al mes, y durante el verano, Facundo se va a Buenos Aires unos 20 días. El resto del año, son madre e hijo para todo. “Yo soy la de los límites, y con el padre todo está permitido”.

Ecografía. Foto: archivo
Ecografía. Foto: archivo

Otro cambio de planes fue dejar Montevideo por la costa para buscar una vida más sana todavía. Cuenta: “Yo trabajaba en el centro, y cambié de trabajo para readaptar todo para estar más cerca de casa. Va al colegio en la costa, y a lo que estoy sola con él, cualquier inconveniente que surge la única que acude soy yo”.

Después del colegio y del trabajo, Alejandra y Facundo hacen de todo juntos. Van a la playa y al club (juegan juntos al tenis y a él le gusta el surf), meriendan, hablan de cuando Facundo sea ingeniero para construir robots o de algún problema en la clase. Caen fundidos, duermen, y al día siguiente, todo de nuevo.

Alejandra disfruta la vida así, llena de todo eso. Lo único que a veces echa en falta, es encontrar un hueco para estar mal. “No lo ubicás, no tenés mucho tiempo, porque no me gusta que me vea mal, y cada tanto es inevitable”, admite. Sin embargo, añade: “Somos un equipo constante. No lo veo como un niño chico. Aunque algunos digan que no está bien, me gusta la relación que tenemos, de compañerismo, de confianza, de respeto. Él no es ni más ni menos, y eso es lo que quiero enseñarle, para que sea conmigo y con el resto del mundo”.

Un amor así

Lucía contó los días después de la primera inseminación y se hizo un test de embarazo casero, porque con los nervios, la ansiedad por saber si iba a ser mamá, no podía aguantar hasta el examen de sangre. Le dio negativo, pero no se sorprendió. Ya sabía, había escuchado, se había informado, de que en casos como el suyo, mujeres en sus 40 años, la cosa podía demorar más. Incluso a mujeres más jóvenes les costaba más de un intento. No había que frustrarse.

Al análisis de sangre tenía que hacerlo igual. “Yo fui pensando que iba a ser negativo. Las probabilidades eran pocas, había crecido solo un folículo. El Evatest había dado negativo, pero abro el análisis y era positivo. Volví al auto, me senté, respiré varias veces y ahí empecé a llamar a mi madre, a mi padre y a mis hermanos”, recuerda Lucía. “Quedé de una”, repite varias veces. Fue a la clínica en febrero, en marzo empezó a inyectarse hormonas y en abril estaba embarazada de Sofía, que nació ese diciembre, y para Navidad ya estaba en la casa.

A los 25 años, cuando nació su primera sobrina, Lucía supo que algún día, después de su desarrollo profesional y de vivir unas tantas cosas, quería ser madre. A los 35 ya era un plan en serio, pero le pareció que tenía que esperar un poco, porque no estaba ni económica ni mentalmente lista. Tuvo que llegar a los 40, una edad que creía límite, para por fin decidir. Fue a una clínica de reproducción asistida y después de los estudios necesarios (clínicos y psicológicos), se hizo la inseminación con semen de donante anónimo.

Hoy Sofía tiene seis años. Para esta altura, Lucía se adaptó, dice que automáticamente, a la maternidad. El cambio mayor fue mudarse al edificio en el que vive su madre, por cualquier cosa, y lo que más le costó fue no dormir nunca. No se plantea si sería más fácil de a dos. Cree que por ahí podría turnarse para ir a las reuniones del jardín o para ir a buscarla a tal o cual lado, pero que en el día a día, en la rutina, no le pesa. Quería ser madre. “Nunca conocí un amor así. Es maravilloso, plantea dificultades, sí, pero también a las parejas, porque creo que cada cual tiene sus propios desafíos”.

Un cambio de perspectiva

Rosina Ordoqui, que es parte del equipo médico de Fertilab, cuenta a Revista Domingo que después de la Ley de Reproducción Humana Asistida, decretada en 2015, hubo un quiebre significativo en el número de mujeres solas que se acercan al banco de gametos. Pero el boom fue en 2018, con 100 mujeres solas. Por el factor de infertilidad masculina (motivo original por el que se creó el banco en los años ochenta) fueron 55 pacientes, y por parejas homosexuales, 43.

Desde la clínica Gestar, explican que “las mujeres están empezando a priorizar el proyecto del hijo frente al de pareja. Por lo general, son mayores de 35 años y deciden no esperar a la pareja ideal, y además, suele haber detrás una familia continente o amigos que van a estar acompañando el proceso.”

A pesar de su convicción, estos seis años le han enseñado que la sociedad todavía no comprendió los distintos modos de familia. Lo notó en el parto. Sofía nació prematura por cesárea, luego de una preeclampsia diagnosticada tarde. Al nacer, la niña estaba perfecta de salud, pero como era diminuta (1,920 kilos) tuvo que pasar a cuidados intermedios. “El problema era que no dejaban pasar a nadie que no fuera padre o madre. Y yo estaba ahí, recuperándome del efecto de la anestesia, que siempre me pega mal, con vómitos. Mi familia explicaba a los doctores que en este caso no había un padre, que si podía entrar mi padre o mi madre o uno de mis hermanos. Pero no. Hay cierta rigidez que no debería existir porque está diseñada para un modelo de familia que no es único. Creo que los hogares monoparentales no son muy tenidos en cuenta. Te consideran como dos, y en realidad sos una haciéndolo todo”, recuerda. Lucía tuvo que levantarse como pudo para ir a ver a Sofía: “Pero entonces empezó el período más feliz de mi vida, y quizá debí haber denunciado algunas situaciones, pero lo dejé todo atrás”.

Por decisión

“Lo primero es una decisión, con los miedos y todo lo que significa encarar la maternidad, de esta manera, y supongo que desde la gestación también”, dice Ana María (nombre ficticio). Tiene 44 años y un hijo de tres y medio. “No sé si fue algo de siempre lo de querer ser madre. Creo que de niña decía que me iba a casar a tal edad e iba a tener hijos a tal otra. Ahí uno cree que maneja todas esas cosas, que solo depende de la voluntad, y que esa voluntad no va a cambiar”, añade. Después vino la época de estudiar, un trabajo que le encanta y fue pasando el tiempo sin planteárselo. Hasta que un día, en 2013, se volvió un plan en serio, y siempre había visto a la adopción como una opción válida. Fue a INAU, tuvo la primera entrevista, consiguió toda la documentación que le pedían y se anotó lo más rápido que pudo.

Dicen las autoridades que el proceso se ha acortado, pero para Ana María, la espera fue eterna: cuatro años y cuatro meses. El tiempo entre los talleres, las evaluaciones, el entrar al Registro Único de Adoptantes (RUA), y luego aguardar a que hubiese un hijo para ella está lleno de silencios, el más largo de un año y medio, en los que no se tiene ni una noticia de la institución. Un interludio perfecto para que la cabeza se vuelva loca, para que haya enojo, frustración y que incluso se llegue a dudar de la decisión. “Hasta que te llaman de INAU, te dicen que hay una historia para vos, y se te pasa todo”, afirma.

Ya le temblaron las piernas cuando le llamaron para darle los resultados de la última evaluación psicológica, esa que permite entrar al RUA. “Era muy fuerte, porque ahí te dicen si sos adecuada o no para adoptar a un niño. No sé si a las parejas se les hace menos difícil porque se apoyan entre sí, o si a todo el mundo le pasa. A mí alguna vez algún allegado me acompañó, pero pueden ir hasta la puerta, porque si tu proyecto es de monoparentalidad, vos entrás sola a todo”, sostiene.

Nervios, “estar conectada a 220”, ansiedad. Eso predominaba en su cuerpo cuando supo que en unos días le presentarían la historia de un niño. Pero se prometió que iba a escuchar con cautela, para poder pensar bien. Llegó el día. Era ella sentada frente a su dupla de integración (una psicóloga y un asistente social), que le empezó a hablar de un niño, varón de dos años. No sabía su nombre ni su cara. “En algún momento vos te das cuenta de que es tu hijo. Ya había decidido el sí, pero seguí escuchando, hasta que lo dije”, recuerda. Y dar el sí significó conocer su nombre y ver su foto.

Días después se conocieron, y otros tantos más se mudó a su casa. Para los primeros días, Ana María le pidió a su madre, del interior, que se quedara con ella. Pero las dificultades no las ha vivido tanto por el tema de la monoparentalidad, sino por los derechos distintos que tiene una madre adoptiva.

La honestidad ante todo

La psicóloga Maria Sol Doria cree que detrás de la expresión “madre sola”, hay un estigma cargado de una “lástima”. “La monoparentalidad se construye gracias a la capacidad para estar sola con un mundo interno confiable”, explica la especialista en Reproducción Humana.

El estigma, lleva a que incluso las mujeres que se deciden por la monoparentalidad sientan culpa, y a que se la acuse de narcisismo. Para la psicóloga lo que sucede es que la mujer sufre el desafiar una tradición que ser madre era parte de otro proyecto, de la familia que también debía tener un padre. Pero en realidad, añade, “la honestidad y la actitud ética con respecto a la narrativa acerca de los orígenes para estos niños son las claves para la construcción de la filiación y la salud mental”.

Pudo arreglar para que no le descontaran los días que salía antes o llegaba más tarde o faltaba porque tenía que acudir a los talleres o evaluaciones. Pero lo suyo fue circunstancial. No hay días especiales como los hay para los controles de un embarazo. Y en lugar de tres meses de licencia por maternidad, son 45 días. “En mi caso me había guardado días de licencia común para poder llegar a los primeros días del jardín, pero creo que los tres meses son necesarios. No habrá tiempo de amamantamiento, pero somos dos personas que tenemos que generar el vínculo de madre e hijo”.

Todavía les queda un trecho por delante. Los juicios de adopción para que finalmente tenga su apellido, son otra etapa eterna y costosa. Pero en lo que es el hogar, ya llevan un año y medio de quererse. Dice que aunque su vida ya tenía sentido, todo se resignificó. Él aprendió que podía dormir tranquilo por las noches. Antes, tenía temor de que al despertar cambiara todo de nuevo. Por recomendación médica, Ana María empezó a planificar por las noches lo que harían al otro día. “Ahora tiene certeza plena de que es su casa, te das cuenta porque se anima a hacer macanas. Esa seguridad que te da el saber que hagas lo que hagas, esto sigue así”.

Trabajar un vínculo nuevo

Cuando Mariela vio por primera vez la foto de Julieta, se sorprendió: “La vi parecida a mí. Cuando me preguntaron, yo dije que no tenía problema ni con el sexo ni con la etnia; yo no sé si es cosa del destino o si buscaron que se pareciera, pero hasta tenía mis rulitos, y fue emocionante”.

Mariela tiene rulos, pero para conocer a Julieta, se alisó el pelo. Le habían contado que a esa niña de seis años le gustaba jugar con muñecas, e intuyó que tal vez le divirtiera peinar. Era el primer encuentro con su hija, a la que esperó por cinco años, y tenía miedo. “Vos por un lado te imaginás que es como un encuentro de película, que va a venir corriendo, pero sabés que no es así, que vas a tener que trabajarla”, comenta. Y sí: tuvo que trabajar.

Julieta no le demostró antipatía, pero sí mucha reserva. De alguna manera, le advertía que tenía sentimientos y marcaba distancia. Pero si algo había aprendido Mariela en los años de espera de la adopción, fue a trabajar la paciencia. Se sentó junto a Julieta, empezaron jugando a las maestras y de repente, sin insistir en lo más mínimo, las manitos de su hija estaban acariciando su pelo.

Ahora hace dos semanas que se tomaron el ómnibus de Montevideo al interior para vivir juntas. Mariela ya descubrió que a su hija le encantan las papas fritas y el churrasco. Que come de todo, que no toma leche pero le encanta el yogurt. Que es mañosa con el baño y que es la mezcla de una niña dulce y con carácter.

Las dos tienen miedos. Los seis años de Julieta son suficientes para comprender lo que pasa alrededor, para tener inseguridades cuando el pasado fue más inestable que otra cosa. Y los 44 años de Mariela no le aseguran nada. “Hay días que me abraza, me da muchos besos y dice que me quiere mucho. Otros, cuando no se quiere bañar o ante alguna negativa, responde que no quiere la casa. Que quiere irse”. Pero hubo una frase, en ese viaje de ida a su nueva vida, que le calmó el alma: “Estoy feliz y mi corazón está lleno de alegría, porque me voy para una casita y porque tengo una mamá”, le dijo.

También Mariela está aprendiendo a ser esa mamá. Tenía experiencia porque convive con su hermana y su sobrino (8), pero ahora, “cuando las papas calientan”, la responsabilidad es toda suya. Le gusta. Lo disfruta, se siente feliz, la llama “mi niña”. Por ahora, la única regla que le impuso Julieta, fue la del besito de las buenas noches y los buenos días (todos los nombres son ficticios).

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