VIDAS

Fue vendido siendo bebé y ahora busca a su familia biológica: la historia de Pablo Silvera

Tiene 53 años y quiere encontrar a su familia biológica. Tiene varias hipótesis pero la más firme es que fue vendido en el Pereira Rossell en 1967.

Pablo Silvera
Pablo Silvera. Foto: Estefanía Leal

Esta es la historia de una búsqueda: la de Pablo Silvera. Es, también, una historia con dos comienzos. El primero, a principios de los años setenta: es un día cualquiera y alguien toca a la puerta de la casa del barrio La Teja, de Montevideo, en la que Pablo vive con su madre, Donata, y su padre, Ernesto. Donata abre. Es un hombre encargado de un censo de población. Pasa, se sienta en la cabecera de una mesa -es larga, tiene seis sillas- y empieza a hacer preguntas. A un lado está sentado Pablo, entonces de 6 años. Al otro, su madre responde. Embarazos perdidos: seis. Hijos muertos: dos. Hijos naturales: uno. El hombre termina de preguntar, la madre lo acompaña al portón, lo despide y cuando vuelve, Pablo dice: “¿Pero entonces yo soy hijo natural?” La madre explica que la mujer que lo tuvo tenía muchos hijos y no lo podía criar, que si ella no iba a buscarlo al hospital él hubiese terminado en Aldeas Infantiles, que sobre ese tema no preguntara, que no hablara, que así estaba bien.

El otro comienzo de esta historia es en 2019. Pablo tiene 52 años y sigue viviendo en La Teja. Está casado con Marcela y tiene dos hijos, Pablo y Florencia. Está mirando un programa de televisión, Santo y seña, en el que hablan sobre hijos adoptivos y sobre hijos apropiados. Los primeros, adoptados por la vía legal, los segundos, dados o robados. Pablo sabe, desde que tiene 6 años, que él es un hijo apropiado. Y entonces, como una posibilidad o como una duda, piensa ¿por qué no?, y decide que quiere —que necesita— una respuesta.

—¿Por qué quisiste empezar a buscar a tu familia biológica?

—Todos tenemos derecho a conocer nuestros orígenes. Es una mochila que cargo hace 54 años. Solo quiero saber de dónde vengo y terminar de cerrar mi historia. Todo lo que yo tengo se lo debo a mis padres, mis valores, lo que soy. Yo fui el único hijo de mi madre después de perder seis embarazos y de que dos niños se le murieran. Yo aparecí a los pocos días de que se muriera su padre, o sea mi abuelo. Sé que cambió su vida. No tengo nada para reprocharles. Pero no va por ahí la cosa. Quiero completar un círculo. Es difícil; mis padres fallecieron hace años, es como buscar una aguja en un pajar, pero quién sabe.

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Pablo Silvera de niño
Pablo Silvera de niño

Pablo es diseñador gráfico, tiene los ojos marrones, las cejas tupidas, la mirada que es vehemente pero cansada, la nariz puntiaguda, las marcas de la risa en la cara aunque no esté sonriendo, la voz grave, como un pozo. Además de eso, tiene cinco hipótesis sobre su historia y ningún dato concreto: sus partidas de nacimiento dicen que él es hijo natural de Donata y Ernesto.

Las hipótesis: que fue entregado por una partera que vivía en el Cerro y se dedicaba a vender bebés, que es hijo de una familia del barrio que no podía criarlo, que podría ser hermano de sangre de una de sus primas adoptadas, que en realidad él sería hijo de un primo de sus padres que vivía en Las Piedras. La última, que se la contó su madrina, es la más contundente.

Esa dice que la tarde del 20 de noviembre de 1967 alguien llamó al teléfono de la casa de su madrina, que vivía a la vuelta de lo de Donata y Ernesto y era el único que había en el barrio, para avisar que esa noche una mujer de Durazno llegaría a internarse al hospital Pereira Rossell para tener un hijo que no podía conservar y que estaba dispuesta a vendérselo a Donata. Esa historia dice que la mujer llegó a Montevideo, que ingresó al hospital con la cédula de Donata, que Pablo nació en la madrugada del 21 de noviembre y que fue anotado como hijo natural de Donata y Ernesto.

Pablo no cree que esa sea la verdad, la única hipótesis posible. Sabe que todo es demasiado difuso, que puede no haber sido así, que hay piezas que faltan. Sin embargo, sobre esa historia empezó a buscar. Primero lo hizo en Facebook: publicó fotos, de ahora y de niño. Dijo: “Si tuviste un hijo el 21 de noviembre de 1967 en el Pereira Rossell y lo vendiste, comunicate conmigo. Si sabés que tuviste un hermano en esa fecha y tu madre lo vendió, avisame. Si conocés a alguien parecido a mí y que tuvo algún hermano que vendieron en el Pereira comunicate conmigo”.

La gente empezó a escribirle: porque lo encuentra parecido a alguien, porque tiene una historia similar, porque también está buscando su origen y quién sabe, porque quiere ayudarlo, porque no entiende qué hace Pablo hurgando en el pasado.

Entre todos esos mensajes, una vez sucedió. Era agosto de 2020 y estaba en su casa mirando televisión con Marcela cuando le llegó, por Facebook, esto: “Yo conozco a su familia. A una hermana suya. Mi yerno es hija de esa señora”.

Esa señora se llama Beatriz y es de Durazno. Tuvo 14 hermanos pero su madre regaló a tres. Tiene 65 años y 12 hijos. Gracias a Julio, un camionero que se había contactado con él para ponerse a disposición de lo que necesitara, consiguió el número de Beatriz. Hablaron por teléfono. Las historias coincidían en las formas y en las fechas. Le dijo: “Mirá, Pablo, si sos hermano nuestro, da gracias a Dios que no te criaste en nuestra familia, porque yo fui la madre de todos mis hermanos, mi madre no nos quería”. Y Pablo, enseguida, supo que los tenía que conocer.

El 22 de agosto Beatriz y la mayoría de sus hermanos, hijos y sobrinos se reunieron para recibir a Pablo y a Marcela. Esa noche eran más de 30 personas en la casa de Durazno. Se conocieron, se abrazaron, hicieron dos ollas de guiso, conversaron hasta la madrugada, compararon fechas, parecidos, historias. Pablo regresó a Montevideo con la ilusión de que, finalmente, algo estuviese sucediendo.

Pablo Silvera siendo niño
Pablo Silvera siendo niño

Al tiempo, él y una de las hermanas de Beatriz se hicieron un análisis de ADN. Lo pagó Pablo. Le salió $ 12.800. Esperó el resultado durante casi un mes. Mientras, todo —la esperanza, las ganas, la emoción, la ansiedad— crecía en él con la fuerza de un rayo. Con la misma celeridad todo se terminó: el ADN dijo que Pablo no era familia de Beatriz ni de ninguno de sus hermanos.

“Ahí todo se derrumbó. ¿Viste cuando un niño está haciendo un castillo en la arena, lo está por terminar y de pronto se le cae y se le desarma? Así me sentí yo”.

Después de Beatriz hubo otra llamada. Pablo estaba llegando a su casa cuando, del otro lado del teléfono, un hombre que se llama Alfredo, dijo: “Usted no tiene por qué creer lo que le voy a decir”. Y lo que le tenía para decirle fue esto: que su esposa, Claudia, es maestra de la escuela de San Jorge, una localidad del departamento de Durazno y que de casualidad se había enterado, este año, que tenía dos hermanos que no conocía, que Claudia entró en shock pero que después empezó a averiguar. Que una de sus tías le dijo que sí, que su madre había tenido dos hijos más con un estanciero de Durazno, que a uno lo había dado en el Pereira Rossell porque ella trabajaba en Montevideo y que había una señora, una tal Maruja, que vivía en La Teja y a la vez tenía conexión con la madre de Claudia y cada tanto le decía que su hijo era un morochito que vivía en el barrio.

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Pablo Silvera
Pablo Silvera. Foto: E. Leal

Pablo empezó a estudiar teatro el año pasado. Dice que es la forma que encontró para controlar la ansiedad, que crece y se hace, cada día, más incontenible, más indomable. Dice que es mucha información la que ha tenido desde que empezó a buscar a su familia, que son demasiadas posibilidades, demasiadas puertas que se abren. Dice que tiene la esperanza de poder reunirse con algún hermano, sentarse a conversar, conocerse, recuperar el tiempo. Dice que tuvo una infancia muy linda. Dice que su familia era trabajadora pero que nunca dejaron que él tuviera una carencia, que nunca le faltó nada. Dice que la adolescencia sí fue complicada. Que sus padres eran grandes y él no tuvo la rebeldía para hablar de ciertos temas con ellos. Dice que igual nunca se preguntó por su origen antes del 2019, que no era algo que se cuestionara día a día. Dice que ahora, con Claudia y Rafael, tiene otra vez la ilusión de que algo suceda. Dice que va a empezar a escribir todas las posibles historias que podrían terminar de completar la suya.

Al cierre de esta nota Pablo no sabía qué iba a pasar con la historia de Claudia. Intercambiaron fotos y, según él, hay algún parecido, sobre todo cuando eran niños. Según Alfredo, las manos de Pablo y las manos de Claudia son iguales. El sábado viajó a Durazno con Marcela para almorzar con ellos y conocerse personalmente. Se quedó hasta hoy: es el cumpleaños de Beatriz y Pablo quiso ir de sorpresa. Desde que se conocieron, aunque el ADN haya dicho que no, en la familia de Beatriz a Pablo le dicen tío.

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