COMPORTAMIENTO

Del trencito al WhatsApp, copiar es digno de estudio

El ruedo de la pollera, un código particular en el escritorio o una logística digna de estrategias militares. Todo el mundo conoce a alguien que hizo trampa en un examen; hoy quizá son cirujanos, ingenieros o abogados.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Un poco de trampa, otro de estrategia, otro de "solidaridad". (Foto: Google)

LEONEL GARCÍA

El trencito en el dobladillo de la pollera es un eterno favorito para trampear en un examen. Es fácil de disimular ya que no hay nada sospechoso sobre el escritorio, se puede esconder en un instante con un mínimo movimiento de una mano y alcanza con mirar hacia abajo, en actitud reconcentrada, para registrar los conocimientos en letra minúscula, ¡casi una nueva forma de arte! Y, si el profesor es hombre, puede cohibirse de poner mucha atención so pena de quedar, como mínimo, como un voyeur. Claro, es una técnica exclusivamente femenina. Aunque la solidaridad entre pares, liceales en pos de salvar, todo lo puede.

"En mi época, nos sentábamos de a dos en los bancos. Y mi compañera se pegaba los trencitos en la pierna de forma que yo también los pudiera leer. Le hacía una seña y se levantaba la pollera", dice José (57), recordando su cuarto año en un liceo privado del Centro. "Y eran lindas las piernas", sonríe, admitiendo que hacía falta un verdadero ejercicio de concentración para no distraerse de la noble tarea de copiar. Tanta colaboración, sea en Física, Historia o Idioma Español, acabó en noviazgo. El método terminó exportándose a toda la clase. "Y así, copiando, salimos médicos, arquitectos, abogados...", dice José, hoy una voz autorizada en su rubro. Pese a que con los años los crímenes acaban prescribiendo, todos quieren que su travesura permanezca en el anonimato.

Hacer trampa en un examen es histórico y universal. En 2015, un escándalo de copia masiva en la India terminó con 300 personas detenidas por la Policía. En Cuba y en 2014 se detectó que varios profesores "vendían" exámenes de ingreso a la Universidad. En ese mismo año, 34 oficiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos fueron suspendidos por pasarse por SMS las respuestas para una prueba de aptitud... en lanzamientos de misiles nucleares. Mete miedo. Según publicó BBC Mundo en marzo, por Internet se están vendiendo artefactos que parecen relojes digitales pulsera, que en realidad son imitaciones con una pantalla de tinta electrónica o LCD que sirve para mostrar texto, con hasta 4 GB de capacidad de almacenamiento de información. O sea, es una práctica que vive y lucha.

Firmas y códigos.

El parcial final de Sociología de sexto definía el año. Marcela (24) tenía en su casa un as bajo la manga: hojas con el membrete de su liceo en el Cordón. Ya sabía cuáles eran los posibles temas y era cuestión de tener prontas las carillas. "El día del parcial el profe hace lo que nunca: ¡firma las hojas!". El cambiazo, entonces, debió incluir calcar la rúbrica del docente, ¡ya rozaba lo delictivo! Claro: una letra muy prolija (¿qué nervios se podía pasar en la tranquilidad del hogar?) y una firma un tanto extraña dan para sospechar. "Decime la verdad, ¿vos copiaste?". Cualquier delincuente novato lo sabe: ante el juez se niega todo. Salvó, pero mucho menos nota que un examen tan bien copiado merecería.

Uno pensaría que, pasadas las travesuras adolescentes, en la facultad se busca forjar el futuro a conciencia y con seriedad. Ja. Luego de dar un examen muy técnico en la Facultad de Ciencias Económicas, el profesor se dio cuenta de unos apuntes inconfundibles tirados en el piso. Además de tramposo, el estudiante tenía poca materia gris: los trencitos habían sido escritos en hojas con el membrete de la empresa de papá (y papá y el nene tenían un apellido muy identificable). No hubo derecho al pataleo.

Hay tramposos sofisticados, de esos que piden permiso para escuchar "música en el celular", cuando en realidad un cómplice le está respondiendo las preguntas enviadas por SMS o WhatsApp. Hoy un profesor tiene realmente que vivir dentro de un tupper para dejarse engañar por algo así. Y los hay creativos. Fernanda (36) había creado un lenguaje propio originalmente para su diario íntimo, para evitar que lo entendiera su un tanto invasiva madre. Ese mismo código particular —que a la vista semejaba un jeroglífico un tanto naif— era tallado en el banco del aula, y servía tanto para recordar fórmulas químicas como para fechas claves.

Estrategas.

"Hoy ha cambiado mucho la función pedagógica. La copia se justificaba más en cuestiones memorísticas. Y hoy se apunta más a aplicar el conocimiento que a ejercitar la memoria. Por eso hoy no se justifica copiar e incluso hay profesores que favorecen el hecho de que sus alumnos tengan algún apunte al lado. Por supuesto, siempre hay alguno que algún dato se las rebusca para conseguir", señala Luis Correa, psicólogo y director del Liceo Zorrilla Maristas.

La evolución no es solo tecnológica —del trencito al WhatsApp— sino también pedagógica. Hoy se evalúa mucho menos la buena memoria del estudiante que su capacidad de razonar. En eso coincide también Gonzalo Frasca, catedrático de Videojuegos de la Universidad ORT, jefe de Diseño de la empresa noruega We Want To Know, creadora de apps educativas. "Si la respuesta a tu pregunta está en Google, te estás haciendo la pregunta equivocada. Eso lo leí en un tuit y es tal cual. Si lo que aprendés es un dato, eso lo podés encontrar en Internet", afirma. Además, la balanza a la hora de examinar parece seguir estando demasiado inclinada hacia la información más que al conocimiento. Claro: en algunos caso si justifica. "Si yo le estoy enseñando a alguien cuestiones de vida o muerte, como una cirugía o el manejo de una central nuclear, es importante tener frescos conceptos clave", agrega Frasca. Estos conceptos son los más pasibles de ser copiados.

Muy fundamentales parecían ser los conceptos de aquel examen de Derecho de sexto, en un liceo de Ciudad de la Costa. Mariana (27) lo había preparado junto a Diego todo el verano. Era febrero, señal inequívoca que a fin de año habían sonado como arpa vieja. A la hora de la verdad, los nervios por no fracasar de nuevo pudieron con Diego quien —pasado un tiempo prudencial— le robó la hoja de su escritorio a su compañera de estudios que, por una cuestión alfabética, se sentaba al lado. Increíblemente, la profesora ni se enteró de la sustracción ni de la operación rescate que una desesperada Mariana debió hacer de su escrito. "Y para peor, salvó con más nota que yo", cuenta.

Y así como hay burdos copiones, también los hay estrategas, en intrincados planes que requieren cómplices. En 1979, Luis (54) ofició de chasque: recogió la letra de un examen de Matemática "B" de sexto, que un amigo —estratégicamente ubicado— tiró afuera en forma de pelotita de papel. Era importante conocer el terreno: la prueba se hacía en la cantina de un instituto por calle Mercedes, pegada al patio. Luis se tomó un taxi y fue hasta Pocitos, a lo de un profesor particular que resolvió el ejercicio como si nada. El regreso, también en taxi, fue a tiempo y la historia se repitió al revés: bola de papel con destino a la cantina. Con semejante logística involucrada, ¿no hubiera sido más fácil estudiar?

CAMBIAZO DE PERSONALIDAD

Un liceo público de Rivera, en 1989, donde todos iban uniformados. Leticia y Laura eran —son— gemelas idénticas. Una era muy buena en los números; la otra, de terror. El examen era de Física, pura fórmula, números y cálculos. Leticia, la que era un bocho con las cuentas, terminó el examen en la mitad de tiempo y se fue. Laura, que a gatas entendía el concepto de fuerza de rozamiento y que estaba trancada desde el arranque, pidió a los pocos minutos para ir al baño. El cambiazo, en este caso, fue de personas: Leticia, cara igual, físico igual, ropa igual, volvió haciéndose pasar por su hermana para resolver por segunda vez la prueba.

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