Cabeza de turco

¡Toy mundialista!

La cabeza está en el Mundial de fútbol. No hay otra cosa. No sea tonto. No piense en otra estupidez. No se distraiga. ¡Chito! No me distraigo. Mi mente está casi todas la horas del día en medio de la fiebre mundialista. Hago que vivo y respiro.

Es mentira. Estoy pensando a toda hora en eso. Solo el fútbol logra esto. A veces las olimpíadas alcanzan algo de repercusión planetaria pero como acá nadie gana ni una medalla de corcho me importa un pomo. Hasta el periodismo uruguayo contaminado por las vibras energéticas del mundo, se contagia y tiene una potencia —y hasta humor— que acá nunca se advierte. (Moderados, sobrios, ese se cree que es el estilo uruguasho. ¿Quién decretó eso, papi?)

Vamos por partes. Estamos llenos de giles que en el mundo miramos todo lo que podemos el Mundial. Creemos que son héroes los que están allí. Nos convence la mística de lo que creemos que vemos. Nos comemos las publicidades, entramos en la lógica del espectáculo, de la lucha titánica y del relato épico. De esa forma, entre canción y canción, la celeste empieza a ser venerada. Yo me prendo. Mis hijos me empujan. Mis amigos alucinan. Mis padres gritan. ¡Es el circo romano en su apogeo! Con algunas diferencias, claro. Los gladiadores son todos millonarios que tienen la virtud de ser geniales con la pelotita y de hipnotizarnos. O sea, la masa planetaria de proletarios y burgueses (entre los que me incluyo) miramos como 22 millonarios (antes eran aristócratas, hoy son una mezcla posmoderna) juegan al fútbol entre ellos y nos hacen sentir identificados con sus jueguitos. Ya no nos importa más Marcela Kloosterboer en topless. Tenía razón Gabo: las estrellas de este momento en el mundo están en el fútbol.

¿No me digan que no es fabuloso? ¿Con cuántos millonarios del mundo nos identificamos y los admiramos? Solo con estos muchachos, a los que consideramos casi parte de la familia. O sea, la magia, el despliegue físico, el esfuerzo y el talento nos seducen. Lo otro genial es que todos sabemos lo que ha sido la FIFA: una organización cuasi mafiosa donde aún se siguen advirtiendo resquemores hacia ella. Esa organización , justamente ella, es la máquina que arma todo esto (recién ahora con una dirección prolija y digna). Y el mundo se detiene, está en ascuas y todos miramos lo que pasa allí. El ser humano es un bicho curioso. No me digan que no.

Yo soy fanático de Uruguay, lo digo porque me van a relajar por lo que afirmaré, pero siempre me asusta un poco el nacionalismo extremo (y enfermizo) que trae aparejada toda esta avalancha. Ya sé que nos entusiasma y que nos une. Semenjante hazaña no la logra ni Mujica, ni Tabaré, ni nadie. La política —lo lamento— divide. El fútbol nos une. Mejor dicho, la selección nacional porque el fútbol criollo luego es igual que la política (Peñarol y Nacional se gozan en sus derrotas mutuas). Y eso que está el master Tabárez, porfiado como el mejor. Pero es nuestro. Punto.

Nietzsche tenía razón: la envidia es un sentimiento humano voraz. Él la estudiaba desde el "resentimiento", la palabra de origen francés. Y los uruguayos somos resentidos, por eso gozamos que a Argentina se le complique todo lo que se pueda su Mundial (yo soy un fanático de la Argentina siempre, sorry chicos). Y por eso el país se plegó de gozadores que bardearon a Chile por Twitter (allí si me sumé, de necio nomás). ¡Shomo ashí!

Capusotto tiene unos videos de humor sobre la educación dogmática, mostrando en clave de ironía como una escuela en la Argentina se llama "Benito Mussolini" y desde allí se ríe del fascismo mental en que se ingresa en los formatos educativos populistas casi sin darnos cuenta. Deberían verlo. Es burdo pero demuestra el cuidado que hay que tener con semejantes asuntos. ¡Y ni te digo cuando la Política se quiere aprovechar del fútbol! Todo un capítulo que los ingenuos dicen que no engancha y yo creo que tiene conexiones por todos lados. Un día lo explico en serio. Hoy no da. ¡Vamo Uruguay nomá! ¡Y que siga la fiesta!

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