COLUMNA CABEZA DE TURCO

Tóxicos, conspiradores, tácticos y estratégicos

Washington Abdala

ajedrez
Foto: Pixabay.

En la vida todos estos especímenes andan por allí. Los que analizamos “la jugada” no tenemos más remedio que ser “tácticos”, entender la movida y comprender la razón por la que se hace tal o cual movimiento (en fútbol o política, da igual).

Los “estratégicos” son aquellos que pueden divisar un plan y predecir movimientos del adversario. Los discípulos de Sun Tzu algo sabemos de qué trata este asunto. Puede servir para los movimientos militares (en una guerra), para el accionar de un político (en el conflicto por el poder), para saber cómo comportarse en el mediano plazo dentro de un trabajo, o en ámbitos sociales. Da igual, créanme.

Los tóxicos y los conspiradores son todos hijos de una misma familia: gente jodida. Tienen en común que trabajan desde los laterales, no van de frente y solo arman sus movimientos desde lo “miserable” (lleno de estas basurillas por todos lados y en todas las cosmogonías filosóficas).

Es sencillo, a estos últimos hay que rajarles. ¡Rajarles a mil quilómetros por hora! Te matan en vida y te entierran con sus lógicas vomitivas. Son esos que cuando te los encontrás te hablan mal de otro amigo (hasta en un velorio), siempre tienen una tonalidad negativa ante lo que sea (de sus frustraciones construyen odio) y no les sacás un sentimiento jamás. Jodidos.

En política pululan estos especímenes dentro de los partidos. Es probable que se pueda tener amigos afectuosos con adversarios políticos y que con muchos “compañeros” haya un grado de conspiración que haga insoportable la convivencia cotidiana (los políticos profesionales saben a qué me refiero.)

Me pregunto cómo alguna gente logra alcanzar posiciones en política, en las empresas, en ámbitos sindicales, en la sociedad siendo sórdida. Y luego de décadas de procurar entender esto, he llegado a la convicción que los ciudadanos se mueven por percepciones, por rumores, por apenas algunos datos, y ahora con las redes por algunas “imágenes” de quien habla algo, y según como sea nuestra “percepción” nos caerá como nos caerá el fulano de turno. Conocer de verdad a los protagonistas es la clave para no comernos “chucos”, clavos y sátrapas. Conocer en serio al individuo y no al personaje que nos regala.

Hace años que vengo enamorado de la “semiótica política”. Cada vez que puedo, procuro decodificar los mensajes ocultos dentro del mensaje, lo que denota, lo que connota y lo que sale del propio contexto del emisor del mensaje. Mis alumnos saben que los aburro con esto. Es que las imágenes hablan más que las palabras.

Uno mira entrevistas, y con poco esfuerzo, ya sabe si el periodista tironea para algún lado (no siempre, pero sí hay casos obvios) y si el entrevistado es medio berreta o si tiene profundidad sobre lo que hace y dice. Es que todos hemos aprendido a ser espectadores especializados, vemos mucho de todo, y aunque no alcanzamos a conocer “la verdad”, lo que vemos nos permite hacernos idea de la persona que está en una pantalla televisiva o telefónica. Ya no nos comemos el “chuco”.

No crea el lector que la gente es tonta. Minga. La gente cuando vota, expresa todo lo que siente y los votos nunca tienen una única lectura. Lo nuevo del presente es que hay más libertad en el ciudadano, y la fidelidad cae como un ascensor que se desploma entre todos los partidos.

El llamado de atención es fenomenal y les va la vida a todos los partidos políticos si no entienden lo que se viene. Es notorio que llegamos a zona de turbulencia, el gobierno y su partido andan a los tumbos en esa nube, los opositores -si entienden que agarraditos de las manos salen del caos- tendrán su hora. De a poco los focos se empiezan a posar sobre ellos. No deberían errar los dobles. No hay alargue y el partido es contrarreloj.

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