NOMBRES DEL DOMINGO

Del Toro y sus imágenes fantásticas

Un autor visual y narrativo que tiene una fe inquebrantable en el valor del mundo sobrenatural y que compiten hoy en los Oscars con  La forma del agua

Guillermo del Toro

Guillermo del Toro gira sobre su propio dedo un anillo color plata, mientras conversa apasionadamente sobre las odiosas diferencias que pueden producirse entre las personas. Está hablando detrás de sus lentes redondos de cómo La forma del agua, su nueva obra maestra luego de El laberinto del fauno, plantea la discusión de las a veces molestas distinciones hechas entre las personas a causa de raza, sexo u otras cosas, con su historia del romance imposible entre un hombre pez (Doug Jones) y una encargada de limpieza (Sally Hawkins) en las instalaciones secretas donde está cautivo.

El director mexicano agita las manos cuando se expresa en una mesa redonda en esta habitación, la 808 del hotel Hyatt de Toronto, acerca de por qué cree que usando la fábula y la fantasía puede llegar lejos en su afán de subrayar ideas sobre la discriminación y la falta de tolerancia en el mundo actual.

Y lo ejemplifica: "Si yo choco con mi auto y alguien se baja y me dice pinche gordo pendejo, inmediatamente usa la diferencia.... raza, sexo, lo que sea. La especificidad nos separa, pero la generalidad nos une", dice mientras acaricia nuevamente su anillo color plata de gruesa factura.

"Entonces la única manera de hablar sin crispar, la manera más limpia de llegarle al alma a la gente, es la parábola, la fábula, porque anula la especificidad".

Y en los últimos 25 años, usando la parábola, la fábula y la imaginación sin límites, a lo largo de diez filmes "fantásticos" como Cronos, El espinazo del diablo y La cumbre escarlata, este mexicano oriundo de Juárez (desde el secuestro de su padre en México se mudó a California y ahora vive en Toronto) ha forjado un universo de potente fantasía, pero siempre con los pies en la tierra.

La cumbre escarlata
"La Cumbre Escaralata"

El mexicano se toca el dedo anular de su mano izquierda donde reposa el grueso anillo plateado en el que se lee "Miskatonic University 1928".

—Perdona, Guillermo, ¿qué es ese anillo? Parece de una hermandad secreta.

—Este anillo lo mandé a hacer hace un montón de años, como diez u once, porque es el anillo de graduación de la universidad (ficticia) de Miskatonic de una novela que se llama Las montañas de la locura, de H.P. Lovecraft. Este es el anillo de graduación de la expedición que va a la Antártida. Me lo puse en el dedo porque me casé con esa idea, y me lo voy a quitar recién cuando haga la película basada en libro.

Fe en la fantasía.

Desde que hizo su primera película (Cronos, 1993), Del Toro ha estado casado con la idea de hacer cine en el género de lo sobrenatural. Desde su afición por el mundo de los efectos especiales, donde comenzó manejando máscaras látex y moldeando las caras del horror y admirando y aprendiendo de Dick Smith, el genio de los trucos de El exorcista, siempre supo que lo suyo era traer a este plano de realidad lo irreal de la fantasía. Y desde Necropia, su compañía de efectos especiales en los años 80, deseó hacer tangible sueños y pesadillas de otros y, claro, los suyos propios.

"He escogido un género que no es mirado de la misma manera que otros, incluyendo algunos que rozan la preeminencia como el cine negro. Pero nunca he titubeado en mi fe por la fantasía, esto es lo que soy, esto es lo que hago, no es una gripe y no me voy a curar de esto: voy a ir hasta la tumba haciéndolo".

La forma del agua es una cumbre dentro de su cine y del cine en general, porque en su décima película como director ha logrado sintetizar con maestría los dos polos de sus relatos, esa fantasía delirante, pero ajustadísima a una realidad completamente verosímil. Y la historia ocurre en una versión de Estados Unidos de 1962, al interior de un búnker del gobierno que esconde secretos como este hombre pez atrapado en un estanque, que es guiño a El monstruo de la laguna negra, esa película clase B de 1954 que ya es un clásico.

"Cuando tenía 6 años vi a la criatura que nadaba con (la actriz) Julie Adams en esa película. Entre lágrimas, me sentí transportado y pensé que era la cosa más bella del mundo, pero al mismo tiempo pensé inocentemente que ellos, la heroína y el monstruo, podían terminar juntos. Y eso nunca ocurre. Por muchos años traté de hacerle una suerte de homenaje a esa película".

Del Toro quería alcanzar la belleza dentro de la aparente monstruosidad de tal relación. "Lo que para alguien es monstruoso, para otro es bellísimo", dice y recuerda que trató y trató hasta que logró encontrar el foco de la historia de La forma del agua: "Una limpiadora que conoce a un hombre anfibio en un cilindro dentro de una instalación secreta del gobierno y que se lo lleva a casa".

Su anterior película La cumbre escarlata, —un homenaje al terror de Edgar Allan Poe— y La forma del agua están hechas en el corazón de Hollywood, pero con una completa libertad creativa para el mexicano. ¿El resultado? Una poesía visual, un baile permanente de actores, escenarios, damas y monstruos en completa armonía en pantalla. EL MERCURIO / GDA

Retroceder hacia un tiempo perdido.

¿Cuál es el gran mensaje de La forma del agua? Guillermo del Toro habla del año 1962 en Estados Unidos, un año en el cual parecía haber una posibilidad única en la historia de ese país de cristalizar ideales y sueños. Por eso ambientó la trama en esa época. Es todo lo opuesto a lo que pasa hoy en Estados Unidos, con polémicas nacidas desde la cuenta de Twitter del presidente, políticas antimigratorias y hasta la posibilidad de una guerra nuclear. "La idea era mostrar que esa es la época hacia la cual muchos estadounidenses retroceden en su imaginación cuando dicen Hagamos a América grande de nuevo," comenta el director de cine en alusión al slogan de la campaña electoral de Donald Trump. "Ese es el momento en que prácticamente se cristaliza la fantasía del hombre del futuro, el que iba a disponer de jets, autos futuristas, casas cómodas y esposas con peinados perfectos. La idea es que esa fue una gran época para el hombre blanco anglosajón y protestante. Pero si eras otra cosa, si eras distinto a eso, eras malo". En ese contexto, Guillermo del Toro anidó una historia de amor con un sentimiento que desborda la pantalla. Y él lo tenía claro: "La película es una carta de amor al cine. Quería que fuera como si estuviera hecha por Douglas Sirk. Quería una película que homenajeara a películas que nadie recuerda".

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