columna cabeza de turco

Todos somos gente distinta

Washington Abdala

La gente más lúcida puede hablar y escribir para todos los públicos. Es gente que se expresa con sencillez y claridad conceptual. Los grandes escritores (de literatura) no se parecerán jamás a una escuela de pensamiento filosófico alemana, donde uno cree que nos están tomando el pelo cuando describen “la existencia” como una entidad misteriosa e incomprensible (¿se acuerdan del “materialismo dialéctico” con pretensión científica?).

La gente que se cree lúcida escribe y habla de manera “encriptada” porque así nos hacen creer que son lo que no son. Cuando algo requiere demasiado esfuerzo para su comprensión: o el tipo es burro, o es tan inteligente que cree que todos lo somos para seguirle el tranco, y en los hechos, él termina siendo el burro.

Los simplones entienden que los problemas son en blanco y negro, y siempre tienen una frase hecha, o una cita estúpida, para algunos de sus innumerables prejuicios con pose de sabiduría berreta. El mundo está plagado de gente que tiene para todo un dicho: “Si no hay pan, buenas son las tortas” dicen que dijo María Antonieta antes de marchar a la guillotina y nunca se comprobó semejante idiotez.

Los cínicos esconden su sincero sentir en metáforas, o humor negro refinado, quizás de esa forma terminan expresando lo que de manera frontal no osarían emitir. El cinismo en el humor es útil, en la vida real es repugnante. Terminan siendo gente que uno debería evitar.

El Uruguay tiene algún gen que reproduce a los cínicos y a los hipócritas. Lleno de estos renacuajos y renacuajas. Te sonríen, te das media vuelta y te están partiendo la cabeza.

Los dogmáticos no dudan en creer que el mundo gira alrededor de sus pensamientos y todo es una conspiración (o una ratificación) de sus creencias. Los muy afectos a una ideología tienen comprobaciones cotidianas en pequeñas nimiedades de sus existencias. Berretadas.

Los bien pensados nunca creen que el mal existe, que alguien los va a jorobar y que es probable que haya alguna justificación a semejante desmesura. Lleno de gente jodida por allí y lleno de buenos tipos que un día se levantan y los esconden de una piña. Lo vemos a diario. Por eso hay demasiada locura.

Los adictos no reconocen sus adicciones y solo las viven como un “momentum” dentro de sus peripecias vitales. Nos mienten, dicen que ellos pueden largar el vicio cuando quieran y cosas así. Falso, están atrapados y no saben cómo huir del agujero negro de las adicciones en el que ingresaron. Y nosotros no sabemos cómo ayudarlos.

Los “mala madera” (el lector puede usar una expresión más láctea) son gente jodida, abundan en el planeta, no quieren que a casi nadie le vaya bien y están para conspirar y hacer daño. Si se puede tener poco contacto con ellos, mejor. El envidioso es una subespecie de este género inmundo. Gente jodida (el envidioso uruguayo es caso de estudio en las universidades afamadas.)

Los que viajan y viven hablando de sus viajes, a la gente le importa un pepino sus aventuras (excepto a sus amigos de verdad). Contar viajes es embolante. No nos interesa a los humanos la aventura del otro, un ratito puede ser, pero demasiado cansa y empieza a parecerse a un canal de cable para turistas de cruceros.

Los padres que solo hablan de sus hijos son otra categoría insoportable. Que jugó en tal cuadro, que ganó tal copita, que salvó tal examen. ¡Ay! Perdonen pero tomen “Ubicol” en dosis dobles.

En mi época de juventud la gente grababa un “video” de su casamiento y era moda llamar a los amigos a tu casa y ponerles el video y recrear el momento. Era una tortura ochentosa. Por suerte eso no se estila más. ¡Vivan los centennials!

En fin, hay gente para todo. Todos somos insoportables y todos somos fenómenos, depende con quién y si entendemos el mundo que nos rodea. Esa es la verdad.

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