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En la tierra de los bordados tenangos

No son de los destinos más conocidos de México, pero gracias a sus bordados, y la polémica que provocan, el pueblo de San Nicolás y el Estado de Hidalgo se están haciendo un lugar en el mapa.

Estado de Hidalgo, México
Estado de Hidalgo, México

Con una población que no llega a las 2.000 personas, el pueblo de San Nicolás no es precisamente una gran metrópolis con un sinfín de opciones para el viajero que aspira a sofisticación e incontables opciones de actividades, tanto de día como de noche. Pero en San Nicolás hay una tradición que no solo está haciendo conocida a la localidad, sino también generando discusiones acerca de “apropiación cultural”.

San Nicolás queda en el municipio Tenango de Doria, en el Estado de Hidalgo, a unas pocas horas de la capital mexicana y —también— cerca de la costa del Caribe.

Ahí, empapados de la cultura originaria otomí, los lugareños empezaron a bordar tenangos hace unas pocas décadas. Como se cuenta en un medio mexicano, Hoy, fue una manera de intentar hallar un sustento económico. La actividad agrícola entró en crisis y, buscando, una mujer se inspiró en unas pinturas rupestres que había en la cueva del Cerro Brujo, en la Sierra Tepehua, cerca de ahí. La pionera fue, según la misma nota de Hoy, Otilia Cruz, quien ya falleció pero que inspiró a otras personas a seguir bordando.

La importancia que tienen los tenangos actualmente, además de lo que han significado para el orgullo del pueblo, hace que algunos le atribuyan a esos telares un origen más trascendente que la idea de una emprendedora. Para Glafira Candelaria José, quien ha bordado esas imágenes toda su vida, solo puede haber una procedencia. “Diosito” dice, refiriéndose a Dios de una manera afectuosa.

De verdad parece que una fuerza espiritual anima a las figuras que revolotean por las telas que los artesanos de la comunidad otomí producen en esta zona. Además, muchos de los vívidos diseños están inspirados en el torrente de vegetación y de vida silvestre de la localidad: venados, aves coloridas, pumas y zorros.

bordados tenangos
Una explosión de colores.

Durante las últimas décadas, los artesanos que trabajan en San Nicolás y otros poblados concentrados alrededor del pueblo principal de esa región, Tenango de Doria, han convertido ese oficio —ue ejercían para sobrevivir— en una industria artesanal.

Los tenangos, como se les llama a las piezas bordadas, han evolucionado para convertirse en trabajos con infinidad de detalles que llegan a un mercado mundial. Y también a algunos admiradores no tan deseados.

Durante los últimos meses, algunas marcas internacionales han publicitado productos con adornos pertenecientes a la iconografía característica de los otomíes, pero sin mencionar que proceden de Tenango de Doria, ni que tienen un origen en esta cultura.

El eufemismo que se emplea para lo que sucede es “apropiación cultural”. En los poblados de la localidad, donde los niños comienzan a bordar antes de aprender a leer, la gente le llama plagio.

“Es lo que siempre hemos hecho”, afirma Angélica Martínez García, de 37 años. “Mi mamá nos despertaba a las cuatro de la mañana para empezar a bordar. Todos los fines de semana vendía un mantel y gracias a eso teníamos suficiente para comer”.

Ahora, la abundancia de imitaciones de su trabajo en todo el mundo ha provocado que la Secretaría de Cultura de México se queje formalmente ante grandes casas de moda, lo que a su vez ha generado un nuevo debate sobre la forma de proteger la propiedad intelectual de las comunidades indígenas.

Varios artesanos de tenangos han empezado a registrar sus diseños bajo la ley mexicana de derecho de autor. Entre ellos se encuentra Adalberto Flores, quien hace tres años entabló una demanda judicial contra Nestlé por vender una taza de cerámica con imágenes parecidas a las suyas. La compañía negó haber actuado mal y el caso no se ha resuelto.

Marta Turok, antropóloga y experta en arte folklórico mexicano, dijo que algunas de las imágenes podían haberse derivado de pinturas en cuevas o de representaciones de ceremonias de curación que practican curanderos locales, quienes se cuentan entre los primeros artesanos.

Pero el pueblo otomí ha enriquecido sus diseños con nuevas experiencias, entre ellas la migración, dijo otra antropóloga —Diana Macho Morales—, quien ha llevado a cabo investigación en la comunidad. Junto a las imágenes estilizadas de flora y fauna, Macho ha encontrado algunas sorpresas: una jirafa derivada de una campaña de nutrición del gobierno y, también, al Increíble Hulk. Pasado y presente, tradición y contemporaneidad se entrelazan en los hilos que conforman los ya famosos bordados.

Ezequiel Vicente José, un profesor retirado, es uno de los mejores dibujantes de la comunidad. Tiene un estilo distintivo y con frecuencia agrega imágenes de actividades humanas a sus diseños: la siembra de maíz, una boda, el Día de los Muertos, “infinidad de cosas”, dijo.

Vicente piensa que que el oficio podría ser de provecho para más personas si los artesanos se unen y se ponen de acuerdo en los precios y en “cómo mejorar el dibujo”. “No se ha podido por el egoísmo y la envidia” dijo.

Incluso con un enfoque colectivo, los artesanos del pueblo todavía tendrían la limitación de la falta de infraestructura básica. No hay ni un banco en todo el municipio de Tenango de Doria. El camino a San Nicolás está pavimentado pero la mayoría del resto de comunidades están al final de trochas de tierra.

Más allá de los tenangos

No es casualidad que los tenangos sean mucho más conocidos que quienes lo hacen. El Estado de Hidalgo, donde está el pueblo de San Nicolás, es uno de los más pequeños del país, no tiene playas y no hay una movida cultural apabullante.

Pero Hidalgo compensa todo eso no solo con los bordados sino también con propuestas como por ejemplo el turismo de aventura. Se puede ir de caminatas por la naturaleza, cultivar ciclismo de montaña, pesca deportiva, descenso a rappel, tirolesas y escalada en roca. Todo eso es para espíritus (y cuerpos) juveniles, que pueden bancar desafíos como esos.

Los más veteranos o menos aventureros pueden visitar alguno de los “balnearios” de Hidalgo. Se trata de complejos turísticos con parques acuáticos o aguas termales. Entre los que más se destacan está el de Tephe, un balneario apto para toda la familia. También se puede ir a ver los “prismas basálticos”, grandes columnas de piedra que recuerdan a la Calzada de los Gigantes, al norte de Irlanda. Ese paseo atraviesa un pequeño cañón por donde caen las cascadas de agua y rebotan en columnas de piedra que tienen hasta cinco y seis caras.

Prismas basálticos
Los prismas naturales.

Además, el estado cuenta con seis pueblos “mágicos”, llamados así según la Secretaría de Turismo mexicana porque se trata de localidades que tienen “atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes y cotidianidad que emanan en cada una de sus manifestaciones socio-culturales, y que significan hoy día una gran oportunidad para el aprovechamiento turístico”. En Hidalgo, esos pueblos son Huasca de Ocampo, Mineral del Chico, Real del Monte, Zimapán, Tecozautla y Huapichán.

En cuanto a la gastronomía típica, hay unos bocados que son ineludibles en todo el estado de Hidalgo y que tienen hasta su propio museo: los “pastes”, unas empanadas rellenas de papa y puerro que eran el alimento habitual de los mineros ingleses que llegaron a la zona a explotar los yacimientos. Más allá de los pastes, también hay que probar las “enchiladas mineras”, o la barbacoa de carnero: carne envuelta en hojas de la planta maguey que se cocina en un horno de tierra.

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