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La terapia del coro

Cada semana, miles de uruguayos se juntan a cantar en grupo. Es mucho más que música: distensión, liberación y gratificación.

El coro de Arquitectura ya se prepara para el festival Coros y Cortos, en octubre. Foto: Ariel Colmegna.
El coro de Arquitectura ya se prepara para el festival Coros y Cortos, en octubre. Foto: Ariel Colmegna.
Terapia de Miércoles, con el canto sus integrantes cortan la semana y renuevan energías. Foto: Marcelo Bonjour.
Terapia de Miércoles, con el canto sus integrantes cortan la semana y renuevan energías. Foto: Marcelo Bonjour.
Coralinas, dirigido por Carmen Pi, agotó un Teatro Solís. Foto: Ariel Colmegna.
Coralinas, dirigido por Carmen Pi, agotó un Teatro Solís. Foto: Ariel Colmegna.
Drakkar es la excepción a la regla: un coro exclusivamente masculino dirigido por una mujer.
Drakkar es la excepción a la regla: un coro exclusivamente masculino dirigido por una mujer.
Rapsodia, el coro que en febrero compartió escenario con The Rolling Stones.
Rapsodia, el coro que en febrero compartió escenario con The Rolling Stones.

DANIELA BLUTH

Es muy difícil que una vez que empezás a cantar sigas acarreando la problemática del día, sea laboral o personal… Cuando llegás acá todo eso se cortó y se liberó. Y una vez que saliste, ya se vive mucho mejor". "Es una de las únicas actividades que dejan a distintas generaciones hacer lo mismo, madre e hija, abuela y nieta… Y cada cual lo disfruta desde su lugar". "Lo que pasa acá se resume en la palabra empatía, me hace acordar a cuando íbamos a la escuela pública y nos encontrábamos los hijos de diputados, médicos y profesores. Te sentís en condición de igualdad, de acercarte al otro desde bien adentro". "La terapia es cantar y lograr cosas entre todos aun siendo muy diferentes". "Al cantar en un coro toda la persona se involucra para producir una parte de un todo. Es muy fuerte, porque el coro es un ser vivo más".

Las palabras de Adriana Montes de Oca, Germán Panizzolo, Ana Claudia de los Heros y María Castelló suenan con fuerza en el gran salón del Centro Cultural y Recreativo Hijos de Galicia, sobre la calle Enrique Rodó, que todos los miércoles a la noche se convierte en sala de ensayo para los más de 30 integrantes de Terapia de Miércoles, un coro amateur que nació como una iniciativa de los padres del colegio Jean Piaget hace más de diez años. Una de las primeras en llegar es Marcella Turubich, su directora, guitarra en mano. El resto solo trae su voz y se acomoda, cual terapia de grupo, en una ronda de sillas plásticas blancas.

Hoy el coro es abierto a quien se quiera sumar, pero mantiene el nombre y el espíritu de antaño. "Surgió de un brainstorming en el que todos participamos y es muy representativo de nuestro sentir. Pero además tiene que ver con el día que ensayábamos, que siempre fue los miércoles, y con la canción de (Ruben) Rada, Terapia de Murga", recuerda Nicole Hornblas, miembro fundadora y coreuta junto a su madre. A la entonces directora del colegio, rememoran otras veteranas integrantes, aquel rótulo no le gustó nada. Pero ganó la mayoría. Y el tiempo les dio la razón.

La Asociación Coral del Uruguay (Acordelur) cuenta en sus registros con 68 grupos amateurs —la "gran mayoría" de Montevideo— con un promedio de 20 integrantes cada uno. Pero la realidad nacional es aún mayor, asegura su presidenta desde 2010, la coreuta Olga Gabus. Dentro de la Intendencia de Montevideo hay registrados otros 120 coros de la tercera edad con un promedio de 30 integrantes, además de los que funcionan en colegios privados, escuelas y liceos públicos, centros sociales y muchos puntos del interior del país. "Si bien nos hace muy felices ver la cifra de socios que tenemos, es una mínima parte de la gente que canta en coros", asegura. También hay que tener en cuenta que hay directores que tienen varios conjuntos y cantantes que integran más de una formación, los famosos "policóricos", como ellos mismos los llaman.

Y aunque no todos son tan explícitos como Terapia de Miércoles en llevar (buena parte de) su objetivo en el nombre, la mayoría comparte la apuesta de lograr un sonido lo más profesional posible sin sacrificar los encantos del amateurismo: distensión, liberación y —ante todo— gratificación. "En Terapia… hay psicólogos, escribanos, abogados, profesores, amas de casa y todos entienden que es un espacio fundamental para cada uno, no solo por lo que les brinda la música, sino por lo que les brinda el canto colectivo, que está confirmado que genera situaciones de placer y empatía. ¡Les mejora el día! Pueden haber tenido 80 mambos, pero pasan por ahí y vuelven a la casa con otra energía", cuenta Turubich, quien también dirige un coro de adultos mayores en la Asociación Cristiana de Jóvenes, canta en el Upsala, que dirige su marido Jorge Damseaux, y es docente de música en varios liceos públicos.

Cantar en un coro es un acto voluntario, lo cual ya es un buen punto de partida. Tampoco suele haber prueba de admisión o aptitudes. Con las ganas de cantar, basta. "No importa si afinás o no, claro que si afinás es mejor porque va a sonar más lindo, pero cantar es alegría, es vida, es aire… Realmente se siente así", dice Carmen Pi, formada en el De Profundis de Cristina García Banegas y hoy directora de Coralinas, que el miércoles 24 presentó un tributo a Abba en el Solís con entradas agotadas. "No hay coro donde yo haya estado en el que no haya habido emoción. Al cantar, lo que sucede a nivel físico de alguna manera impacta fuertemente en el espíritu. ¿Y quién no es feliz cantando?".

Enseñanza y emoción.

Salvo el del Sodre, con 85 cantantes y dirigido por Esteban Louise, en Uruguay todos los coros son amateur. Ni siquiera los integrantes de De Profundis, la agrupación más profesional dentro del universo de aficionados, percibe un sueldo por cantar. Al contrario, la amplia mayoría de los coreutas paga para hacerlo. Con una cuota social —entre 200 y 500 pesos por mes— cubren los honorarios del director y el alquiler del local de ensayo. En ocasiones, cuando se presentan en público, generan un ingreso para el grupo.

Casualidad o destino, en la música coral hay predominio femenino. Así, armar una cuerda de voces graves puede ser una complicación. La excepción es Drakkar, un coro completamente masculino dirigido por una mujer, Chiara Daniele.

Para Rodrigo Faguaga, director de Rapsodia (el coro que compartió escenario con The Rolling Stones en febrero) "lo más importante" no es dividir entre profesional y amateur, sino según "el objetivo" de cada grupo. "Así, hay coros más lúdicos, otros más grupales, otros más musicales... Cada director tiene su marca. Y eso solo se nota en el escenario".

Este año Faguaga tiene a su cargo cinco agrupaciones —en 2015 fueron ocho—, entre los que se cuentan el coro Promúsica de Treinta y Tres, el de la Escuela Experimental de Malvín y el femenino Panambí. "Cantar baja las barreras", asegura. "Al hacerlo en grupo te exponés y sobre eso construís, entonces generás un vínculo cercano, fuerte e intenso con el otro". Más allá de las diferencias entre los coros, en todos hay historias de personas que llegan tras una separación o un fallecimiento, con problemas emocionales o agobiados por el trabajo. "Eso en Uruguay es típico, mucha gente que busca actividades para desenchufarse o disfrutar termina cantando en coros. Primero lo hacen para desestresarse y después, una vez que están ahí, le toman el gustito y quieren hacerlo cada vez mejor".

En ese sentido, el coro también resulta un espacio amigable. ¿Por qué? Según la cantante Sara Sabah, porque tiene "la capacidad" de ir formando musicalmente a las personas. "Estás cantando tu melodía y escuchando una armonía que sucede al mismo tiempo. Esa situación abre el universo de la percepción musical y genera un lugar de felicidad sin que te des cuenta", explica la exintegrante de la Suite Vocal Montevideo y hoy docente de canto en la EMAD. "Cuando vos estás cantando con otros hay una magia que no se puede explicar, es una hermandad vocal colectiva donde vos dejás tus egos personales de lado para funcionar como un instrumento único".

Justamente, ese sentimiento de pertenencia que genera el coro explica gran parte de su éxito. "Vivimos en una sociedad donde somos tan vergonzosos que en barra nos animamos pero solos nos cuesta mucho", opina Turubich. "Los coros funcionan en el entendimiento de hacer las cosas en conjunto pero cada uno en su rol", agrega Carmen Pi. Así, es frecuente que en los grupos se destaquen personalidades que, en otros contextos, pasarían desapercibidas. "Crecen en este entorno porque se sienten contenidos, apoyados, importantes", dice la directora de Coralinas, que surgió en el colegio San Juan Bautista.

En sus años como presidenta de Acordelur, Gabus ha sido testigo del surgimiento de más de un coro de profesionales que "despejan su cabeza" cantando. "Hay de escribanos, arquitectos... para liberar tensiones es fantástico. ¡Largás todo! Y además es una actividad que estimula la comunicación y el trabajo en equipo. El coro es un instrumento donde cada uno es una tecla. Y no suena si no estamos todos. O al menos suena diferente".

Pasado y presente.

El canto grupal existe desde siempre. "Desde tiempos ancestrales, unido a diferentes tipos de ceremonias, los individuos han sentido la necesidad de expresar sus sentimientos, sus emociones, a través del canto comunitario", señala la española Nuria Fernández Herranz en su tesis doctoral sobre la contribución de los coros al bienestar de las personas. "Las agrupaciones corales amateurs tienen su origen en el siglo XIX y son fruto de un movimiento tanto social como musical que ha ido evolucionando a lo largo de la historia y que ha llegado a nuestros días manteniéndose e, incluso, aumentando su presencia en el mundo entero".

Además, el movimiento coral es una de las pocas manifestaciones culturales que se realiza de igual forma en todo el mundo. "Existen coros, la gente canta en coro en los cinco continentes. Los repertorios podrán ser diferentes, las músicas que interpretan muy diversas, pero el hecho socio-cultural de reunirse para cantar, es común a todos ellos", narra el trabajo.

Y, al parecer, Uruguay no es la excepción. Tras su actuación junto a The Rolling Stones, Faguaga vivió un hecho inédito: convocó a una audición de coreutas y, en lugar de los 20 candidatos habituales, recibió 60. "Novelería hubo, pero eso dura poco. Por suerte, muchos de los que se presentaron hoy siguen cantando".

Algo similar le pasó a Rodolfo Vidal, a cargo del coro de la Facultad de Arquitectura desde 2001, pero sin los Stones mediante. En 2015, los festejos por los cien años de la Facultad —en los que el coro se presentó— generaron una nueva ola de interesados. "Como es difícil integrarse a un grupo que ya tiene mucho repertorio, se generó un espacio nuevo y hoy la Facultad tiene dos coros", cuenta. El primer grupo tiene 23 miembros y el nuevo ya sumó unos 34. "Es un coro abierto en el que conviven varias generaciones, gente de 20 años con otra de 60, empezamos de cero y nos ayudamos entre todos". Para él, dedicado a la música y la danza, el coro es terapéutico en cuanto es una actividad que "habilita" el encuentro. "Pero la terapia que necesito para mí la encuentro en otro lado. Es importante esa diferencia porque la confusión puede generar desencuentros", advierte.

Los martes, en la librería Escaramuzama, además de libros y aroma a café hay gente que canta. Nicolás Ibarburu y Hernán Peyrou dirigen ya dos grupos corales, donde también meten cuchara Sara Sabah y "Pinocho" Routin. "Se inscribió mucha gente, bastante gente joven y voces masculinas, que es lo más difícil de encontrar", cuenta Sabah. "En este proyecto yo trabajo más la parte técnica de respiración y el cuidado del repertorio. Pero el coro es un universo maravilloso en todos los niveles. Que la gente cante junta siempre es una señal de paz. ¿O no? Ojalá cantáramos más".

Cantar y latir al unísono.

Según un estudio realizado en Suecia en 2013, los beneficios emocionales de participar en un coro tienen una justificación científica. Investigadores de la Universidad de Gotemburgo descubrieron que cantar supone llevar un ritmo de respiración más lento de lo normal y que eso a su vez repercute en la actividad cardíaca. Así, cuando el canto es colectivo, los coreutas no solo armonizan sus voces sino que sincronizan los latidos de sus corazones.

"Acoplar el ritmo cardíaco a una respiración lenta tiene un efecto subjetivo y biológico calmante y es beneficioso para la función cardiovascular", decía el informe.

El día que cantaron con los Stones.

A partir del 16 de febrero de 2016 Rapsodia pasó a ser el-coro-que-cantó-con-los-Rolling. Tan inevitable como cierto. "No queremos ser recordados solo por eso, pero nos abrió una puerta y queremos aprovecharla". Aquella noche, en el Estadio Centenario, las voces de los uruguayos sonaron junto a la mítica banda en You Cant Always Get What You Want. Subieron 24 coreutas —en total son 36— y dos directores. "Fue mucha exigencia pero también mucho aprendizaje. Una de las cosas más lindas es que nos dijeron que nos sintiéramos parte de la banda. Y nos lo tomamos en serio", recuerda el director, Rodrigo Faguaga.

Un término con poco marketing.

Pese a su entusiasmo incondicional, los coreutas sienten que su afición es algo así como "la Cenicienta" del universo musical. "La palabra coro no tiene marketing, los gurises lo asocian a un embole... Quizás deberíamos cambiarle el nombre", cuestiona Carmen Pi. "A la gente le genera distancia, cuando en realidad coro es el nombre del instrumento, que tiene tantas formas o expresiones como tipos de música existen", explica Marcella Turubich. "Cuando hablás de un guitarrista puede ser un concertista de música clásica como Eduardo Fernández o un rockero como Christian Cary de La Triple Nelson... puede ser Jimmy Hendrix o João Gilberto en Brasil. Con esto es lo mismo: el coro es el conjunto de voces que interpreta la música que tiene ganas interpretar. Cada coro tiene sus opciones. Hay gente que prefiere música académica de distintas épocas, otra prefiere folclórico rural y otros música pop". En el Upsala, que Turubich integra desde 1991 y tiene una intensa agenda dentro y fuera de fronteras, evaluaron cambiarse de nombre, pero finalmente la idea no prosperó.

Talleres, conciertos, festivales y noticias todas las semanas.

El 3 de setiembre el Coro Polifónico Santa Elena, dirigido por Francisco Simaldoni, brindará un taller de canto coral. El curso tendrá lugar en el salón de actos de la institución y luego habrá un concierto en la parroquia.

El 6 de octubre Rodolfo Vidal junto al Coro de la Facultad de Arquitectura pondrá en marcha una nueva edición del festival Coros y Cortos, que fusiona el trabajo de diversas agrupaciones corales con productos audiovisuales.

El 21, 22 y 23 de octubre se celebrará el Primaverón Coral con actuaciones de coros infantiles, juveniles y de adultos. En Montevideo la sede será la Iglesia de los Vascos. En Canelones, habrá presentaciones en el Politeama.

En noviembre tendrá lugar el primer Festival Nacional de Coros Amateurs convocado por el Sodre. Al llamado se presentaron 60 grupos, de los cuales fueron seleccionados 30, con representantes de Montevideo y el interior.

Los socios de Acordelur pueden participar en todos los festivales que organiza la asociación, además de asistir a talleres de forma gratuita o con descuentos y recibir un boletín con noticias nacionales e internacionales.

NIÑOS Y ADOLESCENTES.

Ser arte y parte de...

Los coreutas que a la vez son docentes dicen que en escuelas y liceos el coro tiene mala fama. Que los niños creen que "es un embole", que los adolescentes sienten que ir "es un pegue", que imaginan a las profesoras "como unas viejas" o hasta dicen que "es para maricas". Sin embargo, también son unos convencidos de que, en estas etapas de la vida, integrar un coro trae más de un beneficio. "Hay gurises que no se insertan bien con sus pares y que en el coro encuentran su lugar. O que en la clase se portan mal o les va mal en todas las materias y en el coro son excelentes, porque encuentran un lugar donde volcar sus inclinaciones personales y artísticas sin estar tan observados", cuenta Carmen Pi, actualmente docente en el San Juan Bautista y el Santa Elena.

Para Marcella Turubich, egresada del profesorado de educación musical del IPA, el coro "es un espacio pedagógico muy importante", sobre todo en la adolescencia. "Es un lugar de inclusión y de identificación, donde no hay un espíritu competitivo sino que prima el espíritu colectivo". Además, a nivel pedagógico "te da para enseñar un montón de cosas que exceden la música", como historia, geografía e idiomas.

También hay coincidencia en que no existen buenas y malas voces, sino que todo pasa "por un tema de oído". Y ahí, es cuestión de entrenamiento. "Los chiquilines tienen más posibilidades de mejorar que un adulto. Al educar el oído, cada uno va a crecer según sus posibilidades", dice Pi, que en clase trabaja todos los géneros, desde música popular uruguaya hasta The Beatles o Bach. "Los acerco a todo tipo de música, no hago lo que esté de moda, eso lo escuchan solos... Mi función es abrirles el oído y la cabeza".

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