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El sueño del inmigrante: reunir a la familia en el nuevo país

Hay miles de inmigrantes en Uruguay, pero solo un puñado de ellos ha logrado el sueño de reunir a toda su familia

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Carol y Tilso Lozano, hija y padre. De Venezuela a Montevideo. Foto: Fernando Ponzetto.

El inconfundible acento musical los delata en la calle. Un talante más bien expansivo, que contrasta con la “grisitud” uruguaya, los distingue. Esas parecen ser las principales características externas del aluvión de inmigrantes venezolanos, cubanos y dominicanos que comenzó a llegar al país en los últimos dos o tres años. Esta corriente se ha diferenciado claramente de los migrantes de origen peruano o boliviano que de manera mucho más callada han ido llegando en oleadas más pequeñas desde inicios de los 2000.

Solo algunos de estos inmigrantes han logrado su sueño, que no es otro que el de reunir a sus familias en esta tierra para empezar una nueva vida. Las dificultades que han debido de sortear son enormes. Para algunos de ellos, sobre todo los cubanos, parecen insalvables por las repetidas trabas burocráticas a las que se han enfrentado y siguen haciéndolo.

Otras comunidades —como los dominicanos—  han conseguido la reunificación familiar pero a costas de un gran sacrificio. Muchos de ellos sobreviven gracias a trabajos precarios o “changas” en interminables jornadas laborales.

Los cubanos que este año llegaron en masa al país, comenzaron a moverse hacia la frontera del Chuy donde han llevado a la ciudad fronteriza al borde del colapso. La exigencia de la visa y las enormes dificultades para obtenerla abarcan a la mayoría del contingente que, según estimaciones oficiales, ha alcanzado este año a las 5.500 personas.

"Veneguayos"

La de los venezolanos es, tal vez, la comunidad que más tiempo lleva en la búsqueda de un nuevo destino, y también la más numerosa. Carol Lozano (31) es venezolana y lleva en el país algo más de cuatro años. Primero llegó su esposo Enrique Molina (32), que ya conocía Uruguay puesto que en su juventud había sido jugador profesional de fútbol y cuando tenía apenas 18 años jugó durante un año en el Club Atlético Rentistas.

“Cuando empezó la escasez de alimentos decidimos que ya no daba para más. Durante un año planificamos el viaje, nos casamos y acordamos venirnos para Uruguay. Primero llegó Enrique y vio las posibilidades que había, después llegué yo”, cuenta Carol.

Desde entonces hasta ahora su situación ha prosperado de manera visible. Con esfuerzo lograron instalar un restaurante en pleno Pocitos, el Papa Rike sobre Benito Blanco, donde ofrecen las típicas arepas y otras comidas venezolanas que los uruguayos comienzan a descubrir.

Carol es contadora pública y si bien durante el primer año de su estadía trabajó en tareas vinculadas a su profesión, cuando lograron instalar el restaurante junto a su esposo se dedicó de lleno a la actividad comercial. “Tuve a mi hijo aquí, y debo decirlo la atención que recibí fue ‘A1’, me trataron muy bien en todo momento a mí y al niño, realmente tienen un muy buen sistema de salud”, comenta con orgullo. “Al poco tiempo pude traer a mis hermanos, somos cuatro, todos tenemos títulos universitarios”, agrega Carol.

Su padre, Tilso Lozano (65), que sigue atentamente la conversación en una mesa del restaurante, asiente y comenta con orgullo: “Mi esposa y yo hemos hecho todo lo posible para que nuestros hijos tengan estudios y lo hemos logrado”. Son oriundos de Puerto Ordaz, en el estado de Bolívar. Don Tilso y su esposa Lilia Lizardy llegaron al país en febrero pasado. “Queríamos conocer a nuestro nieto”, dice Tilso. Pensaban regresar al cabo de un par de semanas, pero la crisis terminal que vive Venezuela hizo que se suspendieran los vuelos comerciales “y nos tuvimos que quedar”. Ahora viven junto a su hija, su esposo y su nieto en un apartamento en Pocitos.

Uno de los problemas más complejos a los que se enfrentaron fue, precisamente, el de la vivienda. “Mis padres están conmigo ahora, mis hermanos cada uno está viviendo en su apartamento. Lo más complicado han sido las garantías, pero gracias a Dios mis hermanos han conseguido trabajo”, cuenta Carol. El restaurante les ha permitido, además, dar trabajo a otros compatriotas que convirtieron a Papa Rike en un pequeño trozo de Venezuela en la transitada calle de Pocitos.

"Qué tú dices"

Jesús Olivares (47) llegó a la frontera uruguaya en enero de este año. Venía junto a un compatriota, Roberto, con la idea de establecerse en Uruguay. Al poco tiempo pudo traer a su esposa de 34 años y a su hija de 17.

“Nosotros en Cuba habíamos escuchado en nuestro programa favorito, que es el de boca en boca como le llamamos, que en Uruguay el gobierno estaba aceptando a todos los cubanos”, cuenta Jesús durante una conversación telefónica con Domingo.

En la ciudad de Chuy encontró un lugar lejanamente parecido a su tierra. Y allí se quedó, actualmente vive con su esposa y su hija en una pensión. Pero al igual que él varias decenas de compatriotas eligieron la ciudad fronteriza. “Qué tú dices”, se ha convertido en un saludo cada vez más popular en ese borde del mapa.

“Así que decidimos venir. Yo llegué en diciembre a la frontera y en enero ya estaba aquí. Lo cierto es que después de que llegué vinieron otros en avalancha y desde entonces no ha habido avances”, dice. Al igual que otros tantos miles de sus compatriotas Jesús intenta conseguir la residencia legal. “Esta mañana misma he estado de vuelta en Migración y me pidieron un nuevo documento más, ahora veré si puedo conseguirlo y vuelta a conseguir una audiencia, esto es muy complicado”, cuenta.

Olivares era en Cuba lo que se conoce como un “cuentapropista”: fabricaba y vendía alimentos en las calles de La Habana. Le gustaría hacer algo parecido en el Chuy, pero la falta de “papeles” le complica todo. “Mi sueño es llevar a mi esposa a conocer Montevideo, a conocer su historia. Todavía no lo he logrado”, dice con cierto desaliento Jesús. Y la razón es bien sencilla: dinero. Jesús y su esposa apenas ganan lo suficiente como para pagar una pensión de 6.300 pesos y la comida. Las condiciones de vida son complicadas para esta familia. “Al principio mi esposa se enfermó, tuvo una depresión muy grande durante dos meses. Una tierra que no conocía, no tenía trabajo, empezaba una nueva vida en esas condiciones. Por suerte ahora está trabajando”, cuenta Jesús.

La situación de Jesús Olivares se repite entre sus compatriotas. O incluso empeora en aquellos que han llegado en estos últimos meses. “Hasta julio todo fluía bastante bien, pero desde que recibimos la visita de la Junta Nacional de Migración cambió todo”, explica Karla Ramírez, de la ONG Idas y Vueltas, que trabaja en el Chuy con los inmigrantes. “Hay mucha desorganización, hay mucha gente sin trabajo que no tiene ni siquiera dónde dormir. Están llegando muchos cubanos desde Montevideo”, asegura la activista.

Según Karla Ramírez la ayuda permanente de la alcaldesa del Chuy, Mayr Urse, ha resultado proverbial. Urse ha procurado buscar refugio para los cubanos que llegan a la frontera y esperan por la regularización de los papeles. “Hay mucha hospitalidad entre la gente del Chuy, son gente maravillosa, pero ya no dan abasto. También hay que destacar todo lo que hace la alcaldesa Urse por tratar de dar amparo a esta gente. Si no fuera por ella, esto sería mucho más difícil”, dice Karla.

Si bien la colaboración de la administración local es reconocida, la ONG echa en falta la asistencia del gobierno nacional, ausente en casi todos los campos. La ciudad de Chuy, por ejemplo, carece de refugios en general para personas en situación de calle, condición en la que llegan casi todos los inmigrantes cubanos.

“El otro día llegó un cubano desde Montevideo, lo mandaban desde el Mides a buscar refugio acá, cuando nosotros no tenemos refugio, de manera que el Mides lo mandó a vivir en situación de calle. El Mides no nos ha brindado nada, el único apoyo que hemos recibido es de la alcaldía”, cuenta Karla Ramírez.

Según las estimaciones de la ONG hay en este momento unos 120 cubanos sin visa en la frontera, pero hay una cifra bastante mayor de cubanos que, como Jesús Olivares, llevan meses tratando de regularizar su situación legal sin éxito.

“Sería muy importante que las autoridades vinieran al Chuy, nos escucharan y vieran lo que está pasando aquí en frontera”, reclama Karla Ramírez.

Dominicanos

Según las estimaciones más recientes hay alrededor de 4.000 dominicanos que migraron a Uruguay en los últimos cuatro años. Menos del diez por ciento de ellos ha logrado reunir a su familia en Uruguay. “Ha sido muy difícil para los dominicanos hasta ahora por todos los trámites que implican las visas”, dice a Domingo la holandesa Rinche Roodenburg, presidente de Idas y Vueltas.

Roodenburg se manifiesta totalmente contraria al sistema de visas. Cree que es altamente discriminatorio, aunque reconoce los esfuerzos de flexibilización que viene haciendo el gobierno uruguayo. “La situación ha ido cambiando para ellos (los dominicanos). Al principio costaba menos establecerse aquí, pero se ha ido complicando por la cantidad de personas que llegan”, apunta Roodenburg.

Domingo contactó a una jefa de familia dominicana, Aura, para entrevistarla. Pero no fue posible concretar un encuentro. “La mayoría de nosotros trabajamos todo el día, muchos tienen dos empleos”, explicaba Aura.

Las condiciones en las que llegan los dominicanos suelen ser muy precarias, según explica la fundadora de Idas y Vueltas a Domingo. “La mayoría llega con una visa, pero muchos otros llegan sin papeles desde otros países —como Perú por ejemplo— y llegan hasta la frontera para entrar en el país. Su situación es más complicada, pueden pasar meses antes de que consigan papeles y entre tanto tienen que sobrevivir. Buscan trabajo, hacen cualquier tipo de changas, lo que pueden para sobrevivir”, señala.

Además, Roodenburg añade que “los dominicanos son muy apegados a sus familias. Sabemos de madres que hablan todos los días por WhatsApp con sus hijos y están viendo cómo hacer para traerlos”.  “Hay mucha tristeza en ellos, también mucha desesperación. Todos quieren tener una vida mejor”, concluye.

Cubanos, dominicanos, peruanos, las comunidades de inmigrantes que eligieron el sur y en concreto a Uruguay como destino, temporal o permanente, viven suertes dispares.  Para muchos de ellos el camino es demasiado empinado. Y son pocos casos, como el de la familia de Carol Lozano, que han logrado establecerse. Casi todos ellos siguen soñando con volver a la tierra que debieron dejar con dolor y desesperación.

en primera persona

El pasado migrante de la mayoría

Sus recuerdos de la isla no eran muchos. O tal vez sí lo fueran, pero él no estaba dispuesto a abrirles la puerta. Recordaba por ejemplo los campos sembrados de amapolas y cerraba los ojos para evocarlos como si viera allí a la misma bella donna. También recordaba la imponente silueta del Etna en el horizonte. O cuando salía con la mamma en la carreta rumbo al campo y veía a los muertos tumbados a la vera del serpenteante camino, lo horrible y lo bello entrelazado en el paisaje sofocante de la vieja Sicilia.
Y también recordaba el viaje. La mayor experiencia de su vida cuando no llevaba más de siete u ocho años en este mundo. El hambre, la sed, el hacinamiento en el barco, él prendido del ruedo del grave vestido negro de la mamma fuera adónde fuera.
Era 1928, el mundo iba cuesta abajo, se había terminado la Gran Guerra pero el horizonte era negro. Hasta que llegaron al puerto de Dakar y allí con los ojos grandes como platos vio el espectáculo de los hombres de piel oscura que se arrojaban a las aguas en busca de los objetos que les tiraban los pasajeros desde la cubierta. Se zambullían y emergían sonrientes con la presa en sus manos. Pero el descubrimiento más importante fue aquel fruto dulce y tierno que le sabía a banquete. Hasta entonces, nunca había visto una banana. Desde ese momento no volvió a pasar hambre a bordo de aquel mundo flotante en el que vivió una segunda vida hasta que, por fin, llegaron al puerto de Montevideo. Nunca lo olvidaría.
Los primeros años de Salvatore fueron muy duros. Sus padres, Giovanni y Vicenza, sólo tenían una cosa en claro: había que trabajar. Así que después de las horas de escuela Salvatore tenía que volver a casa y comenzar a colocar ladrillos para levantar las paredes de su futura casa. Don Giovanni salía a trabajar al puerto y antes le dejaba bien claro con un tiránico gesto hasta dónde tenía que llegar la hilera de ladrillos. La marca era cada vez más alta. Pero así se construyó su casa. El barrio Capurro como casi cualquier lugar de la ciudad era un crisol: tanos, gallegos, polacos, judíos, todos huían de una Europa pesadillesca. Los amigos de Salvatore eran uruguayos y también italianos como él, o españoles, o judíos, o rusos de alguna parte que ni siquiera era Rusia, muchos tampoco hablaban castellano.
Algunos llevaban años, décadas enteras viviendo en esta hermosa ciudad. Habían levantado el estadio de fútbol más grande del mundo, levantarían palacios, diques y represas, hospitales que harían palidecer al escuálido Primer Mundo. Habían traído sus costumbres y folclores, pero empezaban a hablar la lengua común del mate y aunque se les confundían las palabras, algunos como don Giovanni y su hijo Salvatore empezaron a sentirse tan uruguayos que se nacionalizaron y decidieron olvidar su origen italiano con una mezcla de rencor y bronca. Después de tanta hambruna, miseria y muerte, aquí había una tierra que los había recibido con un abrazo cálido y perfumado de jazmines. ¿Cuál es la patria? ¿Dónde empieza y dónde termina?
El tano de la heladería, el judío de la tienda, el gallego del almacén, el turco de las valijas, el polaco de la carpintería, el franchute, el ruso, el negro, el vasco, el ponja y el nochi desde hace un buen rato son parte de las historias más cotidianas. Todos fueron inmigrantes alguna vez, todos fuimos inmigrantes alguna vez. Todos salimos de África, todos dejamos la tribu atrás, todos tenemos recuerdos de lugares que no conocemos y nos pueblan los sueños. Como Salvatore, mi viejo, que sigue el viaje por otras tierras.

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