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Sônia Guajajara, de la aldea a ser la primera indígena brasileña en carrera presidencial

Desafía al sistema, lucha por el medio ambiente y por los derechos de los pueblos originarios. Habla ante la ONU y contra su gobierno. Encabezó los últimos movimientos indígenas de abril y fue precandidata a la vicepresidencia. Su historia.

Sonia Guajajara
Sonia Guajajara, referente en la lucha por los derechos indígenas en Brasil. Foto: Globo / GDA

Sônia Guajajara levanta el puño en alto. De fondo suena un samba y miles de personas gritan “Fora Temer”. Es 2017 y Sônia, una líder indígena de Brasil, está parada sobre el escenario del festival Rock in Río, al lado de Alicia Keys. Keys es una cantante pop estadounidense con gran relevancia internacional, y cedió minutos de su espacio en el escenario para que la indígena hable del medio ambiente y pida por la fuerza del pueblo para que, una vez más, el gobierno no venda el patrimonio universal de la naturaleza a las fuerzas del mercado (el concierto puede verse en su totalidad acá. Sônia Guajajara aparece en el minuto 20.30).

En 2017, el gobierno de Temer lanzó un decreto que extinguía la Reserva Nacional de Cobre e Associados, que protegía 46.450 kilómetros cuadrados de la Amazonia. Con esto, permitía que empresas privadas de minería explotaran áreas con fines comerciales. Una decisión que se tomó sin consulta ciudadana y que afectaba, sobre todo, a las comunidades indígenas de la región, principales protectoras de la naturaleza en Brasil.

Guajajara lleva un vestido en tonos verdes y amarillos, con salpicones de flores rosas. En el rostro, una franja roja atraviesa de una mejilla a otra por debajo de la línea de los ojos, y en la cabeza lleva plumas celestes y blancas. Sônia es indígena brasileña, del pueblo Guajajara del estado de Maranhão, y su ropa, y sus símbolos y su maquillaje, son solo una herramienta para expresar su origen, su orgullo, y su mimetización con el medio ambiente que la rodea. La otra herramienta es la palabra, su discurso firme y en voz alta, ese que la representa a ella, a los suyos y a todos aquellos que creen en la necesidad de salvar la naturaleza, y de respetar los modos de vida de los pueblos originarios.

“Porque no existe un Plan B. Esta es la madre de todas las luchas, la lucha por la madre tierra. El mundo entero necesita venir al frente”, dice la brasileña. Por esta vez, Temer suspende su medida. Pero el limbo entre economía y medio ambiente es constante. En paralelo, y relacionada, está la batalla de estas comunidades por mantener su esencia cuando las han querido conquistar, desde antes de la llegada de los grandes latifundios a Brasil. Los Guajajara, en particular, han sido un pueblo en permanente combate por sus derechos, y a esa fuerza, Sônia la absorbió desde la infancia.

En los últimos días, su nombre volvió a sonar a nivel internacional. Por un lado, porque como todos los años desde 2004, se realizó el Campamento Tierra Libre, en la Explanada de los Ministerios en Brasilia. Fue el primero bajo gobierno de Jair Bolsonaro, y Sônia fue una de las referentes. Días después, estuvo en el Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de la ONU.

Sonia Guajajara
Ante la ONU. Indígenas protestan contra Bolsonaro. Foto: EFE

“Creo que el mensaje debe ser esta urgencia por que se termine el modelo de desarrollo actual, basado en el uso depredatorio de la tierra, y en la explotación de los recursos naturales. Mientras el mundo entero discute el calentamiento global, en Brasil vamos contraflecha, autorizando la flexibilización de las licencias ambientales en nombre de los grandes emprendimientos”, expresó a ONU Noticias.

En lucha

Su nombre legal es Sônia Bone de Souza Silva Santos, pero los suyos, los cercanos, los amigos, la familia, y los de la aldea Guajajara, la llaman “Soninha”. Y Soninha es, para ellos, “un pájaro que vuela buscando conocimiento para traerlo a los pueblos indígenas”, describe su prima Cintia, otra Guajajara. Es la que vio a sus padres pasar mucho trabajo en la roza y trabajó a la par recolectando mandioca, arroz y maíz para ayudarlos, o produciendo harina. Es la niña que creció bebiendo agua del río y la que en los ratos libres viajaba por el mundo entero con los libros que otras personas acercaban a la aldea. Una “sapeca” (traviesa), dicen los que la quieren. “Inteligente”, la define una de sus hermanas.

A Sônia Guajajara le gusta caminar descalza por el monte o por un río de agua trasparente. Le pide a la naturaleza que aguante, que la lucha está en proceso. Pero también es la que pisa firme en Brasilia o Nueva York, donde sea que tenga que estar para decir lo que tiene que ser dicho y seguir con su guerra pacífica. Es la que se enfrenta a Soraya Thronicke, una senadora brasileña, cara a cara, para darle una explicación histórica de por qué sus palabras son racistas, y por qué las manifestaciones indígenas en Brasil son tan necesarias como hace 50 años.

El liderazgo parece llevarlo dentro: empezó a militar por los derechos a sus 20 años y se convirtió en coordinadora de distintas organizaciones, la última es la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil. En 2018 y con esta agenda en la mira, se convirtió en la primera indígena en ser precandidata a la vicepresidencia.

Soninha también es la segunda de ocho hermanos que la ven más con cariño materno que de hermanos y que lloran de emoción cada vez que hablan de ella. Es la madre que perdió a una hija, Itanara, por una epidemia de hepatitis en la aldea. Es la que lloró esa pérdida, pero que aún así encontró la fuerza para luchar por sus otros tres hijos, y por un pueblo entero.

Sonia Guajajara
Sonia Guajajara nació en Maranhao, en la aldea Guajajara. 

Además es una feminista que defiende una ley por la descriminalización del aborto, porque, escribió en Twitter: “A nadie le gusta o desea abortar, pero si las mujeres se deciden por la interrupción del embarazo, necesitan tener sus vidas protegidas”. Dentro de su propia tribu, trabaja por la libertad y los derechos de las mujeres indígenas, y es contraria a la tradición de niñas casándose antes de los 15 años y siendo madres antes de los 18. “Muchas cosas que eran entendidas como culturales, no las permitimos más. Si hay violencia, represión, sufrimiento de una de las partes, no puede ser considerado cultura. Hoy, sabemos que eso es un abuso”, explicó el año pasado en una entrevista con la revista brasileña Marie Claire.

En su niñez, desafió a su propia comunidad, y con 10 años se fue a la ciudad a trabajar de empleada doméstica porque necesitaba comida y abrigo para poder ir a la escuela. Y de adolescente, con sus 15 años, se fue, becada y en camión, a estudiar secundaria a Minas Gerais, un estado a 2.000 kilómetros al sur de Maranhão. La beca se la dio la Fundación Nacional del Indio (Funai) y gracias a eso se formó, más adelante, en Letras y Enfermería. Pero no solo eso, porque ahí, abriéndose camino por el mundo, descubrió dos cosas: la importancia de identificarse con la comunidad a la que se pertenece, y lo lejos e incomprendidos que están los indígenas brasileños.

Salvajes

“Asusta la cantidad de personas que no sabe de la existencia del indio en Brasil. Cuando saben, pocos logran entender a esos pueblos. Muchos creen que no soy más india porque vivo en la ciudad. O miran a los que viven en las aldeas y consideran ese un modo de vida antiguo. Solo ven la tierra a través de la explotación, del capitalismo. También creen que solo hay indígenas en la Amazonia, pero estamos en todas las regiones de Brasil. Somos 305 pueblos y hablamos 274 lenguas”, expresó a Marie Claire.

“¿Sos indio o sos civilizado?”, ha escuchado Sônia a lo largo de su vida. Frases como esa, dichas a la ligera, le mostraron que algo tenía que hacer. “La lucha prioritaria todavía es por la regularización de los territorios. ¿Por qué a nadie le interesa demarcar las tierras indígenas? Porque casi todas están en áreas donde el gobierno tendría que enfrentarse a sectores empresariales, inmobiliarios o al agronegocio (...) Nadie piensa en la contribución de los indígenas para el equilibrio climático”, sostiene. Para Sônia, la palabra “salvaje” no es algo negativo, sino una forma de definir la integración profunda con la naturaleza. Cree que la clave está en entender que los humanos somos ese cosmos. Para su comunidad, su Dios no se manifiesta como un ser superior, sino que es un fenómeno (llamado Maíra) que se expresa en la floresta, en el agua, en la tierra. A ese Dios le canta y lo quiere proteger. Su esencia, como indígena, es la comunión con los otros, y en esos otros está el medio ambiente. “La falta de identidad colectiva deja un vacío en las vidas”, considera, y comenta con el portal Believe.

Están quienes consideran su atuendo, siempre identitario, parte de una “demagogia”, pero para Sônia, tiene más que ver con la pertenencia, con no olvidar nunca quién es. A Believe, también explica: “Incluso con 500 años de contacto con el hombre blanco, seguimos manteniendo una resistencia gigante: disfrutar sin destruir es una de nuestras principales huellas. Queremos que la naturaleza viva para que podamos también tener vida”.

Puntos en su discurso

—“La esencia de los pueblos indígenas es la colectividad, la relación respetuosa con la naturaleza. Valoramos la pertenencia a un pueblo”, expresó a Believe.

—“Lo que creen que es ser salvaje, para nosotros es preservar la vida. Pocos entienden que la naturaleza proporciona todo. No vale tener dinero si no hay agua” (Believe)

“El mundo discute el calentamiento global, en Brasil vamos contramano, autorizando la flexibilización de las licencias ambientales en nombre de los grandes emprendimientos”, dijo a ONU Noticias.

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