VIAJES

Para soñar con las mejores "praias"

Siete playas brasileñas para empezar a imaginar un verano soleado, relajado, placentero y reparador. Desde clásicas a menos transitadas, un recorrido por arenas y aguas del vecino país.

Fernando de Noronha
Fernando de Noronha

Este recorrido arranca en el estado de Pernambuco, en Tamandaré. En el corazón del Nordeste brasileño ese caluroso estado ha tenido por décadas a Porto de Galinhas como imán del turismo. Un balneario de resorts que ha ganado bien su fama, pero que ya tiene tanta que obliga a buscar alternativas, sobre todo pensando en quienes ya lo conocen.

Y ahí aparece Tamandaré, un pueblito ubicado 118 kilómetros al sur, que destaca precisamente por lo que (todavía) no tiene: grandes hoteles y miles de turistas dando vuelta. Al contrario. Su gran tesoro es una larga y paradisíaca playa de arenas blancas llamada Praia dos Carneiros, que está flanqueada por cocoteros y que tiene una fotogénica iglesia en la arena misma. Por más que ya no sea el secreto que fue hace unos años, sigue siendo un lugar que sorprende. En la playa misma hay pequeñas posadas de estilo como Bangalós do Gameleiro o Pontal Dos Carneiros que tiene bungalows, hamacas y palmeras —una auténtica postal casi caribeña— desde los cuales se organizan paseos por los ríos cercanos y tures de esnórquel en piscinas naturales. Más cerca del pueblo de Tamandaré, hay restaurantes como Tapera do Sabor donde se pueden probar platos emblemáticos de la zona, como la moqueca, una especie de guiso de pescado y camarón que lleva leche de coco y se sirve con arroz.

Trairi, Ceará

Ubicado en el estado de Ceará, a medio camino entre Fortaleza y Jericoacoara por la ruta CE-085, el municipio de Trairi se ha mantenido con un bajo perfil, preferido sobre todo por veraneantes que conocen bien la zona y, especialmente, por fanáticos del windsurf, que encuentran aquí un auténtico paraíso: de agosto a diciembre, el viento alcanza hasta 35 nudos casi todos los días. Sin el desarrollo que tienen sus mencionados “vecinos” al sur y norte (lo decimos entre comillas, porque ambos están a varias horas de distancia), Trairi es básicamente un lugar para perderse, donde no hay mucho más para hacer que caminar por extensas playas solitarias, como Flecheiras, Mundaú o Guajiru. En esta última playa está uno de los hoteles más sofisticados de la región: el Zorah Beach, cuyo diseño recuerda un poco el estilo de Bali, en Indonesia. A orillas del mar, tiene piscina, spa y 22 habitaciones —entre suites, bungalows y villas— y acaba de ser elegido como el “Mejor Hotel de Playa de América” en los Boutique Awards 2019. Por cierto, también cuenta con una escuela de kitesurf.

Lopes Mendes, Ilha Grande.

El consejo es este: vaya a Río de Janeiro, pase tres o cuatro días ahí y, cuando quiera playa, trasládese dos horas y media por tierra hasta Mangaratiba o Angra dos Reis, las localidades desde donde zarpan los catamaranes que llevan en una hora a Ilha Grande, un inmenso pedazo de tierra que "flota" en medio del Atlántico. Allí está una de las playas más bonitas de Brasil: Lopes Mendes, una bahía de aguas turquesa y mata atlántica a la que solo se llega caminando por cerca de media hora desde la Vila do Abraao, el pueblo principal -donde se concentran la mayoría de los hoteles y restaurantes- y donde no hay nada más que belleza natural y un par de vendedores de cerveza gelada que se instalan con sus sillas y hieleras de plumavit. Una ídilica franja de arena que justifica por sí sola el largo viaje hasta este lugar, y que se suma a otros atractivos, como las playas de Cachadaço y Saco do Ceu, a las que se llega en barco.

Las playas del Amazonas

Considerado el archipiélago fluvial-marítimo más grande del mundo, Marajó está justo en el punto donde el Amazonas desemboca en el Atlántico. Toma el nombre de su isla principal, un pedazo de tierra de 42 mil kilómetros cuadrados donde se encuentra una gran biodiversidad de fauna, desde yacarés y peces gigantes, como el pirarucú, hasta búfalos, los cuales fueron traídos en algún momento del siglo XIX desde África y que hoy no solo son consumidos, sino también son un curioso medio de transporte para visitantes.  Este es un lugar para explorar. Para llegar, una forma es subirse al catamarán Tapajós Expresso que sale desde el terminal hidroviario de Belém y que en alrededor de dos horas lo deja en el Porto de Camará, en el pueblo de Salvaterra. Allí está la Pousada Boto, una de las mejores de la isla, que sirve de excelente base para ir a sitios como Barra Velha, una solitaria franja de arena rodeada por manglares, o Praia do Pesqueiro, que está en el sector de Souré, donde se suelen formar piscinas naturales.

Fernando de Noronha

Actrices de O'Globo, actuales cantantes brasileños de fama y estrellas del fútbol como Neymar —quien ha llegado en su jet privado directo desde París— han hecho lo que hoy muchos repiten (o sueñan con repetir): sacarse una foto ultraproducida en alguna playa de Fernando de Noronha, y esperar a ver cómo cae una lluvia de likes en Instagram. Este exclusivo archipiélago ubicado a una hora de vuelo de Recife, en el cual se paga progresivamente por cada día de estadía (la llamada “tasa de preservación ambiental”), lleva años figurando en la lista de mejores playas de Brasil y del mundo, gracias a hitos como Praia do Sancho o Baia dos Porcos, la gran postal. Se trata de una hipnótica bahía de aguas transparentes a los pies de los emblemáticos Dois Irmãos, dos cerritos en el agua que conforman un escenario irresistible para cualquier fotografía. Si bien la mejor época para estar aquí es de junio a septiembre, cuando el mar está más tranquilo en esta parte de la isla, en el verano, sobre todo con marea baja, la foto resulta igual de atractiva, tanto como las tortugas y pececitos de colores y hasta pequeños tiburones -este es un paraíso de vida acuática- que se ven sin siquiera meter la cabeza dentro del agua.

Baía Formosa

 Hoy el Estado de Rio Grande Do Norte es una de las estrellas del turismo en el nordeste y una hora en auto más al sur está Baía Formosa, un antiguo pueblo de pescadores que todavía mantiene bastante de esa atmósfera —los mismos botecitos siguen ahí flotando—, aunque ya está comenzando a crecer. En una tranquila bahía flanqueada por un gran acantilado, menos concurrida y de ambiente más sencillo, Baía Formosa es, en rigor, donde están algunos atractivos que se venden desde Pipa, como la visita en buggy a la llamada laguna de Coca-Cola —un ojo de agua que tiene ese color—, o la playa con dunas de Sagi, que mezcla agua de río y mar. Pero también tiene otros lugares como Mata Estrela, una reserva privada donde se encuentra la mayor conservación de mata atlántica del estado y que se recorre a través de distintos senderos.

Trancoso, Bahía.

Quizás no existe lugar que mejor condense la fantasía de playas y relax con la que asociamos a Brasil que la costa del estado de Bahía. En este inmenso territorio se encuentran varias de las playas más emblemáticas del país, como la famosa Morro de Sao Paulo, la isla de Boipeba o... Trancoso. Ubicada a una hora por tierra al sur de Porto Seguro, este lugar fue reducto de hippies en los setenta y, con el tiempo, se transformó en uno de los destinos más chic de Brasil, cuyo mayor símbolo es el Quadrado, una antigua plaza con casas de colores que alguna vez fueron residenciales, pero que hoy funcionan como estilosas tiendas de diseño, restaurantes y cafeterías. La reconversión de rústico a chic es el sello de Trancoso, como lo prueba la exclusiva posada Estrela D'Agua que antes fue la casa de la cantante brasileña Gal Costa y hoy es símbolo del lugar. ¿Y las playas? Varias para elegir, desde la cercana Praia Dos Nativos donde hay varios bares en la arena misma, hasta las aledañas Praia do Espelho, una protegida bahía hacia el norte donde hay varios condominios privados, o la más rústica Caraíva, otra playa llena de estilo unos kilómetros más hacia el sur, donde los caminos son de arena y la atmósfera es aún más hippie y relajada que Trancoso. 

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