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Los silencios de Benjamín

El actor chileno estrenará este año tres películas y una serie dirigida por Juan José Campanella. Pero dice que nada de eso le quita el sueño. Habla de cómo es vivir "aquí y ahora".

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Hoy no pasa todo por elecciones laborales; me importa que la familia esté bien", dice.

Protagonizar la nueva serie del ganador del Oscar, Juan José Campanella, ¿es lo más importante que has hecho en tu carrera? "Siento que es importante —dice, y luego se queda un rato en silencio—. Perdona, es que ando como... No quiero quitarle valor a las cosas, me interesan mucho las personas, pero no me creo ningún gran mega proyecto mundial, ¿entiendes? Ando ultra aterrizado, por no decir pesimista. Está claro que la felicidad no pasa por ahí. Lo bueno para mi ego es poder trabajar con gente talentosa y crecer, pero no me quita el sueño, ¿se entiende?"

—¿Y qué es lo que te está quitando el sueño ahora?

Benjamín Vicuña sonríe nervioso. Luego baja la mirada y pasa un largo rato de silencio. Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Uf. Una pena gigante— dice con la voz entrecortada y desata otro largo silencio. Mira sin hablar, llora en silencio.

—¿Tu hija?

—Es tan complicado, perdona.

—¿Prefieres parar un momento?

—Sí, por favor.

Benjamín Vicuña (36) llega en bicicleta. Su nueva casa en Buenos Aires está a tres cuadras del restaurante Sucre, en Belgrano, donde ha pedido juntarse. Aparece con un remera blanca que dice "aloha", short y zapatillas. En el local ya lo conocen —viene de vez en cuando—, y aunque porfía en dejar la bicicleta en la vereda, le dicen que se la puedan robar. Como es plegable, queda adentro.

La idea inicial es hablar del que promete ser su gran año. Tendrá el estreno de tres películas (El Bosque de Karadima, La memoria del agua y la primera cinta que hace en Argentina, Baires) y una miniserie de Fox y TVN (Sitiados). Además rodará en setiembre La pista de hielo, de Valeria Sarmiento, basada en la novela de Roberto Bolaño, y hará la ficción Entre caníbales, junto a Natalia Oreiro. Considerada la gran apuesta del año en la televisión argentina, por el regreso de Juan José Campanella a Telefé, es también la certificación del estatus de Vicuña allí. Tras su rol en la teleserie Farsantes, por la que fue nominado a un Martín Fierro como Mejor Actor, ahora está en la primera línea de actores de la televisión.

"Llegué acá el 15 de febrero y me metí de cabeza a la preproducción de la ficción con Juan, con ensayos y pruebas de look", dice sobre la serie, que debuta en mayo y que ya tiene asegurada exhibición en 17 países, entre ellos España, Italia, Israel y Colombia. Es un thriller político sobre una mujer (Oreiro) que a los 17 años fue violada por cuatro hombres y que 20 años después busca vengarse; el problema es que se enreda sentimentalmente con un político (Vicuña), que es el subsecretario de Cultura y probable candidato presidencial. La producción promete intrigas políticas, asesinatos, abuso de poder y corrupción gubernamental. Una mezcla que suena conocida. "Es una historia que tiene que ver con el mundo político y hay referencias claras a series que me encantan, como House of Cards, Homeland o Scandal, que tienen que ver con conspiraciones y abuso de poder, pero instalado en una realidad cercana: Argentina".

—La política está muy revuelta con el caso Nisman. ¿Hay guiños en la serie a la contingencia?

—A veces la realidad supera a la ficción, pero creo que no se va a quedar corta. Lo que sucede acá es complejo, con una polarización, una rabia cruzada y con poderes antagónicos: los medios como Clarín, por un lado; el poder del Estado por otro, y la gente que sufre por esta lucha son la clase media y la más humilde. El asesinato de Nisman, porque fue un asesinato, te habla de cómo el hambre de poder puede llegar a cegar. Es una olla a presión en un año electoral, y yo soy cuidadoso, por ser extranjero, pero puedo mirar con cierta distancia. Rescato cosas de este gobierno (el de Cristina Fernández), cómo se cuida a quienes vienen a trabajar acá, y la salud, la cultura, el matrimonio igualitario. Pero, por otro lado, es una definición: cuando se instala por largos años el mismo poder, aparecen quistes de corrupción, y eso debilita la confianza.

Vicuña ha adherido a los dos gobiernos de la presidenta de su país, Michelle Bachelet y, aunque reconoce un desencanto por algunos sonados casos de corrupción en la cúpula chilena, admite que volvería a votarla. No obstante, niega los rumores de que podría haber sido ministro de Cultura de su administración. "No había ninguna chance. No me parecía que un actor fuera ministro de Cultura. Creo que no tengo las condiciones. No tengo el apetito político ni la vocación".

La nueva casa del actor, su pareja, la modelo Carolina Ardohain, y sus tres hijos (Bautista, de siete años; Beltrán, de dos años, y Benicio, de cinco meses) está en el sector de Núñez, muy cerca de los Bosques de Palermo, donde sale a andar en bicicleta o a pasear con los niños. Es un barrio tranquilo, lejos del centro y cercano a Aeroparque: razones que pesaron para el cambio.

—¿Qué te motiva hoy?

—Suena a mucho, pero modificar vidas a través de historias. Nuestro trabajo está vinculado a una cosa súper frívola: la imagen, con la exposición y lo mediático. Pero, así como soy eso, también está esto otro, y ahí es donde habito.

—¿Eres cristiano, católico?

—Yo ya no sé qué soy a estas alturas.

—¿Tu familia sí lo es?

—Sí. Y yo tengo tradiciones católicas, estudié en un colegio católico, pero también tengo la libertad, después de lo que me ha pasado en la vida, para creer y no creer y sentir toda la rabia que puedo sentir ante muchas cosas. Entonces, si bien tengo fe, y creo que hay algo más grande, tengo muchas críticas: quiero que se acabe el celibato, que se hable de adopción homosexual, que la Iglesia Católica se modernice y salga a la calle. Hablo como si me sintiera parte de la Iglesia, y la verdad es que no voy a la iglesia los domingos, pero sí, inconscientemente, fue donde me refugié para las grandes tempestades. Como todos los que tenemos tradición católica, cuando nos enfrentamos a los grandes miedos, te aferras a esos pilares.

En el restaurante suena jazz de fondo, y Vicuña dice que con algunas entrevistas comienza a recordar momentos de su vida. Que en esta se siente como con el psicólogo. Originalmente, la idea era hablar solo de trabajo, pero él ha entreabierto la puerta para contar más. Aunque habitualmente, dice, es pudoroso.

Intenta no ver ni leer mucho lo que se publica sobre él cuando no tiene relación con su trabajo. Es un modo de cuidarse que tiene desde hace tiempo. En sus comienzos afirmó haberse sentido víctima de prejuicios por estudiar teatro en la Universidad de Chile y venir de una familia con buena situación económica. ¿Cómo ve eso a la distancia? "¿Viste Birdman cuando el tipo encara a la crítica y habla de la necesidad que tienen todos de calificar? Miro para atrás y me doy cuenta de que pude vivir procesos de angustia o de rollos que al final no sirven de nada. Uno madura y nunca les di demasiada importancia; así como no me creí el actor revelación, tampoco me creí el prejuicio de ser actor de teatro y aparecer en TV".

—¿Tenías un plan para tu futuro laboral y te liberaste de él?

—Quizá de más chico sabía lo que no quería, más que lo que sí quería. Pero hoy no pasa todo por esas elecciones. Cada vez me importa más que el alma esté bien, que la familia esté bien.

—Después de este año, ¿hacia dónde quieres ir, en tu vida y en tu carrera?

—Mi ideal ahora es no planificar nada. Poder vivir el aquí y el ahora, hacer una cosa a la vez, aprender y seguir creciendo. Concentrarme en eso y no tener expectativas, porque van de la mano de la frustración y de lo que no llegó. 

"Honrar" a su hija para que "todo tenga sentido".

El año pasado, Benjamín y su esposa, la modelo Carolina "Pampita" Ardohain, vendieron el apartamento que tenían en las torres Le Parc Alcorta. Con la mudanza reaparecieron los recuerdos de su hija Blanca. Hace poco se cumplieron dos años y medio de su muerte, a los seis, por una neumonía hemorrágica. Y aunque él no la nombra, está presente en parte de la conversación. Vicuña habitualmente sonríe, pero no ahora.

En aquel entonces, su refugio fue el trabajo. "Uno como actor puede evadir y vivir otras vidas. Y me pareció que fue una manera inteligente y productiva para construir y alejarme. Puse ahí el foco", dice, y vuelve a emocionarse. Los ojos se le ponen vidriosos. Hay un largo silencio. El actor nunca había querido hablar públicamente de ese dolor.

Hace unos días, el director Matías Bize estuvo en Argentina realizando la posproducción de la cinta La memoria del agua, que se estrenará el 27 de agosto, y que tiene un cruce con la vida de Vicuña: se trata de una pareja que entra en conflicto tras la muerte de un hijo. "Cuando me enteré de ese proyecto, conseguí el número de Matías y le dije: Quiero ser parte. Porque me conmueve, me emociona y porque te puedo ser útil. No sé cuántos pueden hablar con autoridad sobre un tema tan complejo, y de paso quiero honrar".

—¿Por qué meterse en un proyecto tan duro?

—Para sentirme vivo. Hace dos años, paradójicamente estaba haciendo comedia. Fue la forma que tuve para evadir lo que estaba viviendo. El gran problema es cuando uno siente que nada vale la pena, que la vida no tiene sentido.

—Hablaste de "honrar". ¿Te refieres a tu hija?

—Sí (silencio).

—¿Y por qué hacerlo a través de un trabajo?

—Porque sí, para que tenga un sentido todo. Para tener memoria y nunca olvidar. Es una manera de mandar mensajes lo más lejos posible. Mi forma de amar abstracta, más linda que todo, por lejos.

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